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MANTOS POR LA NAVIDAD

En 1588, el año de la Invencible, Juan Pérez de Aranda fundó un patronato en la Santa Capilla de San Andrés de Jaén. Dejó a la Institución un molino de aceite, unas tiendas y unas casas en la calle San Clemente y otras más cerca de la sacristía de la Iglesia Mayor. Con el remanente de lo que pudiesen rentar y una vez pagados los gastos inexcusables, se debían comprar tantos mantos como fuese posible para viudas, doncellas de hábito honesto y, desde 1632, parientas del fundador que cumpliesen tales condiciones. La tarea de seleccionar y escrutar a las opositoras o posibles beneficiarias correspondía a la Junta de Gobierno de la Santa Capilla que debía llevar adelante tal misión con discreción y “sin nota de escándalo”. Después se efectuaba el correspondiente sorteo -cada año en una parroquia distinta- del que estaban exentas las emparentadas con el fundador del patronato. Los mantos se otorgaban y distribuían entre san Andrés y Pascua de Navidad. El proceso de elección y sorteo, no exen...

LA MONTERA Y LAS ESTACIONES.

En el muy ilustrado blog Indumentaria y vida cotidiana en España , del que tanto aprendemos, consta que las monteras, con la que se cubrían las molleras nuestros antepasados, tenían la copa más o menos alta dependiendo de la estación. Nos preguntamos cuáles serían las medidas adecuadas, para no desentonar en estrados y paseos a partir de fechas como la de hoy, cuando entra la primavera. Respecto a esta prenda, en Jaén hay un dicho muy antiguo, que roza lo herético: “Cuando Jabalcuz trae montera llueve quiera Dios o no quiera”. Jabalcuz es un monte de unos 1.600 metros de altura, cercano a ciudad, y la gente antigua le daba el nombre de montera a los nubarrones que entraban por sus cumbres, procedentes del suroeste y cargados de aguas como las que diluvian sobre tan ilustre concejo. Desconozco si el Santo Oficio tomó alguna vez cartas en el asunto por la afirmación, casi herética, del refranillo. Por afirmaciones más moderadas se vieron algunos en un auto de fe.

PARA VESTIR COMO UN CABALLERO (1761)

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En enero de 1761, contrajeron matrimonio en la parroquia del Sagrario de Jaén don Diego Eleuterio Sanz y Atocha y doña Francisca Quiteria Fernández de Velasco y Carrillo de Monroy. Doña Francisca Quiteria nació hacia 1731. Casarse a los treinta años hace dos siglos y medio no era tomarse las cosas con demasiada prisa, de hecho, doña Francisca Quiteria tuvo tiempo para todo y fue afortunada, al menos en lo que a su larga vida respecta, pues conoció la mayor parte del siglo XVIII y las dos primeras décadas del XIX. Vivió bajo los reinados de Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII y fue testigo, ya octogenaria, de la invasión de Napoleón y hasta del pronunciamiento de Riego pues todavía vivía y tenía mando en plaza en 1823. Hay que decir, además, que fue señora muy linajuda -bien lo sabemos gracias a los estudios de don Enrique Toral y Peñaranda- pues era  descendiente de Antona García de Monroy, que levantó Toro a favor de la Reina Católica, del obispo...

DEL MARQUÉS DE LOS VÉLEZ

Los tres Vélez  fue el último libro escrito por Gregorio Marañón . Esta obra melancólica, solemne y, me atrevería a afirmar, desengañada estudia tres generaciones de la Casa de Vélez. Fueron estos Fajardo señores de mucho mando en el Reino de Murcia desde los años bajomedievales, cuando en España se mataban unos a otros sin faltar a la cortesía y había tragedias que espantarían al mismo Shakespeare. En el libro, don Gregorio, que se sabía ya cercano a la tumba, trata con especial dedicación la personalidad de don Luis Fajardo, II marqués de los Vélez. Fue hijo de don Pedro Fajardo y de doña Mencía de la Cueva y Toledo, nieto, por tanto, de los duques de Alburquerque . No le faltaban antepasados esclarecidos, desde luego. Don Luis Fajardo, nacido hacia 1508 y hombre de guerra, sirvió a Carlos V y a Felipe II. En su juventud se jugó la vida, a cuerpo gentil, frente a los piratas berberiscos que, aún siendo gente de cuidado, le cogieron miedo pues lo conocían como "El ...

COMULGAR EN EL SIGLO XVII

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En las Constituciones Sinodales del Obispado de Jaén, mandadas aprobar y redactar en 1624 por el cardenal y obispo de Jaén don Bartolomé de Moscoso y Sandoval, se recogen algunas disposiciones, creo que interesantes, relacionadas con la comunión. Aportan una valiosa información sobre religiosidad, hábitos y mentalidades vigentes en la España del siglo XVII*. En dichas constituciones se expresa una evidente intención de limitar, en los oficios religiosos, toda manifestación de pompa y vanidad particulares por parte de los fieles.  Así, para recibir dignamente los Sacramentos, "y en especial el sacrosanto de la Eucharistía, es de gran importancia humillarse profundamente en el acatamiento de Dios, no solo interior, sino también relacionado con el vestido y en toda suerte de ornato". Se ordenaba, de manera muy explícita, que "ninguna persona para comulgar o confesar lleve almohada en que hincarse de rodillas, no tenga guantes , ni espada " y si -una vez amonestad...

ALPARGATAS

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Es difícil encontrar un calzado más humilde y con mayor antigüedad.  Podía ser de lona o de lienzo muy basto, con suela de esparto, cuya producción en España está documentada nada menos que por Estrabón, o de cáñamo. Su factura era tan arcaica como la de las abarcas. En el siglo XVII las alpargatas eran confeccionadas por los cordoneros y, como es natural, por los alpargateros. Tengo noticias de esa época relacionadas con la venta en Jaén de alpargatas "de cerro", a dos reales; de estopa, a real y medio; de "alpargates finos pulidos blancos" a dos reales y un cuartillo y, para acabar, "alpargates pequeños para muchachos" a 28 maravedíes. En Granada, hacia 1622, las alpargatas recias de hombre recibían el nombre de "hechizos" y se vendían a dos reales; las había también en "de diecisiete sogas y doze pasadas" a 56 maravedíes; se elaboraban otras llamadas "chiquillos", de diferentes tamaños y precio hasta llegar a los de 36...

MÁS SOBRE AFEITES BARROCOS

Quevedo escribía a doña Inés de Zúñiga y Fonseca, condesa de Olivares, y le describía algunas de las calidades que debía tener una mujer ideal. Decía no tener predilección por blancas o morenas, pelinegras o rubias "solo quiero que, si fuere morena, no se haga blanca; que de la mentira es fuerza más andar sospechoso que enamorado". Quevedo no era amigo de tintes. Zahería sin cuartel a los que ocultaban sus canas, ya fuesen hombres o mujeres. Tampoco era partidario de los afeites y maquillajes a los que tantas españolas se aficionaron -y hacían bien- en siglos pasados. Respecto a los chapines decía: "son afeite de la estatura y la muerte de los talles, que todo lo igualan".

ROPA DE GALEOTES

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El triste atavío de los condenados a galeras constaba, según se recoge en Guzmán de Alfarache , de dos camisas, dos pares de calzones de lienzo, una almilla colorada, un capote de jerga y un bonete colorado. Una almilla era un jubón de abrigo, con mangas y ajustado al cuerpo. Sobre esta prenda iba el capote. A todos, antes de amarrarlos al banco, se les rapaba la barba y la cabeza como remedio -ineficaz- contra piojos, pulgas y otros insectos que poblaban esos tristes paraderos. Por su buena relación con el cómitre, el personaje de Mateo Alemán pudo mejorar su estampa con "un vestidillo a uso de forzado viejo, calzón y almilla de lienzo negro ribeteado, que por ser verano era más fresco y a propósito". Esto le permitiría al pícaro mejorar su estado de ánimo y, de paso, agudizar su ingenio para salir de tan complicado destino. La buena presencia siempre ayuda en cualquier trance. Para resguardar, de mala manera, a los forzados del sol y de la lluvia, se cubrían los bancos c...

VESTIR COMO UN REACCIONARIO

En una obrilla titulada Los percances de un carlista, de D.M.B Aguirre (1840), se describen las vestimentas de un carlista y de un partidario del Estatuto Real. El carlista, acérrimo y arruinado por sus donativos a la Causa, se llamaba don Pantaleón. Según el autor vestía "con trage bastante anticuado". Don Canuto Remolacha,"servil más ilustrado", era partidario del Estatuto Real  y se presentaba "con trage más elegante pero exagerado en estremo: gran lente; grandes picos en el cuello de la camisa; gran alfiler en la chorrera; peluca muy rizada". Otro personaje, también devoto de Don Carlos, llamado don Eleuterio, aparece con calzón corto, zapato con hebilla y casaca de moda. Todas estas prendas se asociaban al Antiguo Régimen . Lo estirado, rígido, acartonado y grotescamente anticuado se muestra como rasgo común de los adversarios del esparterismo y,  en general, del liberalismo progresista.  En la obra citada se rep...

ROQUE, APRENDIZ DE ARCABUCERO

Nació Roque hacia 1642. Era hijo de Francisco Muñoz, de Jaén. En 1655, a los trece años, entró como aprendiz de arcabucero y cerrajero bajo el magisterio de Bartolomé Gutiérrez. Recién pasados los veinte, si mostraba formalidad y aplicación, sería oficial. Durante ocho años, el aprendiz recibiría alojamiento, vestido, calzado, médico y botica. Mientras, Roque, pícaro o cumplidor, estudiaría el arte de componer perrillos, percutores, ánimas y engranajes.También, si se daba el caso, de adobar cerraduras y relojes de iglesia. El día en que acabase su formación recibiría un traje nuevo compuesto por ferreruelo, ropilla, calzones de paño dieciocheno de la tierra, jubón de bombas, medias de estambre, camisa de tiradizo, pretina y zapatos, además de su ropa ordinaria.  El paño sería bien áspero, los zapatos un tanto tiesos, hasta que estuviesen domados, pero el jubón de bombas, creo yo, le daría a Roque formalidad y buen porte. No debía de ser cualquier cosa esa prenda. Algunos añadían, e...

ZAPATOS BLANCOS

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Los llamados zapatos blancos, gran lujo de los elegantes del siglo XVII, estaban confeccionados con cuero de ciervo o de gamo y no con piel de caballo o asno. Estaban cosidos a correa y eran propios de soldados y gente de milicia. Como las plumas en los sombreros. En las Constituciones Sinodales del Obispado de Jaén de 1624, ordenadas por el obispo don Baltasar de Moscoso y Sandoval, se advertía, en relación a los penitentes que participaban en las procesiones, que "ninguno que tenga el rostro cubierto pueda llevar espada, ni daga, ni zapatos blancos" bajo multa de un ducado. Recordemos, además, que al Conde Duque le calzaron botas blancas cuando lo amortajaron.

MÁS SOBRE EL ATAVÍO DE LA GENTE DE COLETA

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El Padre Coloma conocía bien el mundo taurino. No siempre lo trataba con  benevolencia aunque no deja de percibirse en su obra el rescoldo de una vieja afición. En su obra  Pilatillo  aparece Frasquito Muñoz, conocido como  Desperdicios. Un personaje de ficción que no debe confundirse con el torero Manuel Domínguez, célebre por su desgarro y entereza. Coloma, con pocos paños calientes, describe a  Desperdicios , al de la novela no al de verdad, insisto, como "parte infinitesimal de un Paquiro o de un Redondo, que muy bien podía ser un pillo de playa, un pelón del matadero, o un recluta de presidio". No está mal el plantel de posibilidades. Los pelones de matadero debían de ser tipos de cuidado, de incierta y aperreada vida -sería asunto de interés escribir sobre ellos- pero no nos detengamos y volvamos al Desperdicios de Coloma "preso en unos calzones negros tan ajustados que parecían de punto, con faja de lana encarnada, chaquetita corta gris con...

LA CAPA DE VAN - HALEN

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En su viaje a Rusia, iniciado en 1818, el general don Juan Van-Halen dio muestras sobradas, muy a la española, de altanería y altivez. Agustín Mendía cita un suceso al respecto: "Entonces entraron en la Polonia Prusiana; allí empezaron a encontrar mejores postas y a ser mejor servidos en las posadas. Pero el frío iba cada vez más en aumento. Mr. Koch notó que la capa de Van-Halen, (la misma que le cubrió Patricio Domingo al escaparse de la inquisición) era insuficiente para defenderle de sus rigores. El general, por un impulso de amor propio, que Mr. Koch calificó de orgullo castellano, quiso persuadirle que prefería la que llevaba a sus mejores abrigos, y que los españoles (cosa que por otra parte no deja de ser fundada) aguantan un clima riguroso, quizás mejor que los de otros países, como lo han demostrado en muchas ocasiones". Agustín Mendía,  Dos años en Rusia, obra redactada a la vista de las memorias y manuscritos originales del general D. Juan Van-Halen , Vale...

EL GUARDAVÍAS

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Ruinas del apeadero de San Julián cerca de Despeñaperros (Vilches, Jaén)  El ferrocarril o la aparición de nuevos oficios. Uno de éstos era el de guardavías. Dickens escribió un relato de fantasmas titulado así, El guardavías. Precisamente una reciente entrada del excelente y muy erudito blog Obiter Dicta se centra en el accidente ferroviario sufrido por el autor inglés y que, probablemente, dio lugar a la inquietante desolación del citado cuento.   El guardavías de este relato tenía su caseta en un lugar lóbrego, batido por el aire helado, donde siempre olía a tierra, muy adecuado para las apariciones de un espectro atormentado y agorero. Es muy recomendable lectura, más propia de noviembre o diciembre que de estos días de junio. Quizás para que no se dejasen impresionar por noches oscuras como boca de lobo o almas en pena , el oficio de guardavías era muy adecuado para tipos bragados y fogueados, como los soldados licenciados, según recomendaba don Mariano M...

SOBRE ZAPATOS DEL SIGLO XVII

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EN UNA RELACIÓN DE PRECIOS de 1681 del Concejo de Quesada, en Jaén, se establecía que cada par de zapatos de hombre de tres suelas y "hasta onçe puntos" costaría nueve reales y los de a dos suelas hasta siete reales. Debían de ser los llamados zapatos frailescos utilizados por la gente corriente, también conocidos como toribios, quizás por estar confeccionados con piel de vacuno engrasada, como sugiere Miguel Herrero, también denominados"zapatos de quebranta terrón".  Era, junto a las abarcas, de factura antiquísima, el calzado de los labradores y villanos, en el mejor sentido, que aparecen en las comedias de Lope de Vega. Su producción quedaba a cargo de modestos zapateros de obra gruesa. También en Quesada se vendían zapatos de mujer "de tacon y palillo" a ocho reales y "los de muchachos de çinco puntos de tres suelas" a seis reales.  El punto era la medida utilizada para las correspondientes tallas. Si los zapatos llevaban plantas de becer...

GENTE DE COLETA

Gente de coleta se llamaba a los toreros. Sánchez de Neira en su Diccionario taurómaco (1896) define la coleta como una trenza de pelo que el torero se dejaba crecer y que se cubría con redecillas o cofias, sustituidas a inicios del XIX, por moñas de seda negra o lazos. Luis Coloma describe en Pilatillo, no sin abierta hostilidad, a un personaje de ambiente taurino: "traía la cara afeitada, enormes chuletas en ambas sienes, y coleta hecha trenza bajo el sombrero". Era un adorno extendido también entre militares y marinos de guerra. Recuerdo haber leído algo al respecto en las espléndidas novelas de Patrick O´Brian sobre la Armada Británica.  Los miembros de las Reales Guardias Españolas estaban obligados, según refiere Alcalá Galiano en sus recuerdos, a "tener el pelo cortado a raíz, por la frente, formando lo que se llama cepillo, a llevar por detrás coleta más o menos larga, y usar chupa, calzón corto y espada ceñida". Era obligación fastidiosa para los más cuidad...

LA ROPILLA DEL HIDALGO

Aparecen  con frecuencia en la literatura y en las fuentes documentales. Fueron muy numerosos en Asturias, Cantabria, Vizcaya e incluso en Galicia, donde la antigüedad del linaje casaba bien con lo menguado de la bolsa. Los hidalgos de la mitad sur de España contaban con mayor caudal, eran en muchos casos titulares de mayorazgos y de tierras, aunque tampoco faltaban los que, sin mayores respetos humanos, declaraban ser pobres. Puedo citar algunos casos en Jaén entre 1635 y 1640.  No había mayor muestra de orgullo que este desdeñoso reconocimiento pues poco tenía que ver la riqueza de cada uno con ser o no hombre de obligaciones. Describo parte de la indumentaria de uno de estos hidalgos de poca o ninguna  hacienda. Se llamaba don Juan Martínez de Atocha y testó en Jaén en 1696. Dejó a su hermano,  llamado don Martín de Atocha, "el vestido nuevo con su golilla que se compone de ropilla de bayeta de Flandes negra, calzón y mangas de tafetán doble y la espada que tengo...

GUANTES DEL SIGLO XVII

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No eran los guantes prenda rústica. Había que saber llevarlos, con gracia y cortesía. Recuerda Baltasar Porreño un hecho de Felipe II: "Entró a hablar a Su Magestad un Caballero, y hizo su razonamiento con un guante calzado en la mano; oyóle el Prudente Rey, y le dixo: Quitaos el guante, y venidme a hablar mañana". No podía sufrir Don Felipe, al que Dios tenga en su Gloria, tales llanezas. Y tenía razón. Veamos los precios de distintos tipos de guantes por los años en que se ganó Breda: los de cabritilla de Valencia, aderezados con almizcle costaban unos tres reales. Los blancos adobados con jazmín, dos reales y medio. Si llevaban cintas éstas se pagaban aparte. Más o menos lo que un jornal. Para aderezar los guantes se vendían unos polvillos de ámbar, almizcle, algalia y aguas de olores "fundados sobre flores", a diez reales la onza y a 26 maravedíes el adarme.

LA CAPA DE LOS ESPAÑOLES

Dejó escrito Ángel Ganivet a finales del XIX: "no hay prenda más individualista ni más difícil de llevar que la capa" y sobre todo "cuando es de paño recio y larga hasta los pies". Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas afirma: "Sabido es que, así como en nuestros días ningún hombre que en algo se estima sale a la calle en mangas de camisa, así en los tiempos antiguos nadie que aspirase a ser tenido por decente osaba presentarse en la vía pública sin la respectiva capa. Hiciese frío o calor, el español antiguo y la capa andaban en consorcio, tanto en el paseo y en el banquete cuanto en la fiesta de la iglesia". Llega a considerar dicho autor que el decreto de 1822, por el que se prohibía a los españoles el uso de la capa, tuvo el mismo valor que una victoria en el campo de batalla pues "abolida la capa desaparecía España". Antes, los ilustrados trataron de recortarla y prohibir la libre circulación de los embozados. Recuérdese la impopular di...

VESTIDOS DE GOLILLA

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Me permito aportar un dato más sobre la mentalidad española de siglos pasados. Escribe un jesuita de mediados del XVIII: "Los toledanos andan vestidos de golilla, aun los zapateros y otros oficiales y sus mujeres andan con mantos de seda y creo que no hay ciudad en España, donde los concursos y procesiones sean con más lucimiento, sin mezcla de rústicos, capas pardas y polainas...usan aquellos de espadas y dagas muy lucidas y con las golillas y vestidos de nobleza o terciopelo, hay sastres que parecen títulos". "Sastres que parecen títulos". Posible conversación de sastrería toledana, murciana, turolense o de cualquier parte del Reino: "se acabó la jornada señores, dejemos tijeras y bayetas, espere su encargo en buena hora el señor racionero y ciñamos la espada que vamos de procesión. El tiempo es oro, dicen, pero mañana será otro día. Y más largas serán la horas del purgatorio si no cumplimos como buenos". ¿Eran burgueses estos personajes?. No parec...