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ESPINOS ALBARES

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Por estos pagos se les da el nombre de majoletas. Son las bayas del espino albar, de un rojo esplendoroso y heráldico, anuncio de los días cortos y pobre mercancía  de vendedores callejeros que, antaño, las llevaban en cestas de mimbre muy viejas. Sabían a campo de otoño, a fruta pasada y a dulzura de octubre. A estas alturas, ya en noviembre, deben de quedar pocas en las ramas por los vientos y las aguas. Iba yo, hace años, a ver este regalo de Dios a la cara norte de Jabalcuz, a dos leguas de mi ciudad, entre alhucemas y enebros. Kipling menciona el espino albar, en su Puck, vinculado a la vieja Inglaterra que quiso recobrar en su retorno. También era planta de la predilección de trovadores y demás espíritus poéticos y caballerescos del siglo XIII.

DE LO PROSAICO DE LA GUERRA

En Algo de mí mismo   Kipling destacaba la importancia de situar bien las letrinas en los campamentos. Lo había aprendido en la Guerra de los Boers. Era natural esta preocupación. Las bajas causadas por el tifus, el cólera y otros males podían superar a las originadas por los combates. Dos siglos antes el conde de Montemar aconsejaba construir las letrinas a unos 300 pasos de las últimas tiendas del campamento. Las llamaba, con toda corrección,  lugares comunes. Además recomendaba "que cada quatro días en verano, y cada ocho en invierno se renueven, cubriendo los hechos, y se castigará al soldado que no fuere a ellos con el cuidado que merece; por ser cosa de que depende la salud del Campo." No podemos dejar de resaltar la finura demostrada por el militar para referirse a ciertas miserias humanas con el nombre de hechos . Hay realidades que las personas bien educadas, como nuestro Conde, no tienen -necesariamente- que llamar por su nombre. Aconsejaba además: "estos lug...

UN CONSEJO DE CÁNOVAS PARA TIEMPOS DE PENURIA

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Hace unos meses recordábamos un consejo de Ortega para afrontar la crisis. Ahora aportamos otro, éste de Cánovas, recogido en El solitario y su tiempo. Aunque, en su realismo y sentido común, entreverado de moderado pesimismo, carezca de la aristocrática elegancia y, hay que reconocerlo, del matiz snob que, en cambio, tenía el del filósofo, ambas afirmaciones no son necesariamente incompatibles. He aquí la exhortación de Cánovas a nuestros bisabuelos y tatarabuelos y que no convendría olvidar en estos tiempos de penuria: "trabajad, inventad, economizad, ahorrad sin tregua; no contraigáis más deudas, no pretendáis tanto adquirir como conservar, no os fiéis sino de vosotros mismos, dejando de tener fe en la fortuna" . No está nada mal y, aunque parezca atrevida la comparación, recuerda al Mary Gloster de Kipling. Además  recoge buena parte de la visión del mundo y de las virtudes de la injustamente denostada clase media del XIX.