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EL ANILLO EN LA MANO O CUANDO LOS CAMPOS ALBERGABAN MILAGROS, PRODIGIOS Y AVENTURAS

El Padre Francisco de Bilches, jesuita y rector del Colegio de San Ignacio de Baeza, escribió a mediados del siglo XVII, Santos y santuarios del Obispado de Jaén y Baeza. En esta obra leemos la vida de santa Eufemia. Defiende el autor, frente a otros estudiosos y hagiógrafos, que la Santa era natural de Cástulo, población cercana a Linares, famosa por sus minas desde muy antiguo, y no muy alejada de Baeza. Al tratar sobre la familia de la Santa, que vivió en los tiempos de las persecuciones romanas, Francisco de Bilches no puede evitar describirla con los rasgos que constituían las familias de lustre del siglo XVII. Él, cosa que a todos nos pasa, escribe como veía el mundo. Así, sus padres eran de linaje noble y cristianos “y como ellos eran, así salió la hija”. Llevaba Eufemia una vida decorosa y, sin caer en rasgos precoces de devoción, que se sepa, se dedicaba “sin hazer caudal de la abundancia de su casa […] cosas de manos por su voluntad, que no es bien que estén ociosas las seño…
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EL MÁS INERME

Alfonso García Valdecasas publicó en Escorial, en 1943, “El hidalgo”. Es una reflexión sobre la hidalguía y la figura del hidalgo, en contraposición a otros modelos o tipos, o arquetipos, sociales, dentro de la línea de pensamiento de Ortega del que fue discípulo el autor. Hay un párrafo en dicho escrito que conmueve y que me hace reconocer situaciones vividas y estudiadas. Se refiere García Valdecasas al lazarillo y al hidalgo: Sus amos sucesivos (el ciego, el clérigo, el fraile mercedario, el vendedor de bulas, el capellán, el alguacil...) son otros tantos bellacos que quieren explotarle. Al lazarillo no le remuerde de burlarles o vengarse de ellos. Les gana en donaire y picardía, no es inferior moralmente. Pero aparece el hidalgo con su andar sosegado, su cuerpo derecho, su buen talante, su espada que no cambiaría por todo el oro del mundo. Alejado de su lugar de origen, donde estaban las raíces de su hidalguía es un mutilado social, no tiene misión, no tiene obras, es el más inerm…

EL VISITADOR GENERAL DE TINTES DEL REINO

Se llamaba don Luis Fernández. Ejerció el oficio de visitador general de tintes del Reino cuando acababa el Antiguo Régimen. Inició su tarea cuando reinaba la devota, ilustrada y cazadora majestad de Carlos III, padre de sus pueblos. Supongo que las obligaciones de este oficio, consistirían en fiscalizar y contrastar la calidad de los tintes para evitar fraudes y desengaños. Nada más dieciochesco y de mayor utilidad pública. Los tintes, antes de que los químicos alemanes democratizasen las posibilidad de vestir ropas de colores, eran caros y escasos, frecuentemente de origen exótico. Me pregunto si el colorido de majas, currutacos y chisperos goyescos debió algo al rigor y a los desvelos de nuestro visitador. Tenía que saber mucho del añil, del índigo, la grana o la cochinilla. Vivió don Luis cuatro reinados -no cuento el del Intruso-, sobrevivió a la guerra y quizás admiró secretamente los colores de coraceros, dragones y mamelucos. En aquellos días de revoluciones y reacciones, abra…

UNAS NOTAS SOBRE EL MARQUÉS DE SALAMANCA

Paso las horas, en estas tardes de verano, con las memorias de don Fernando Fernández de Córdoba, un militar de los tiempos de Isabel II. Este personaje, de interesante biografía, estuvo unos años al servicio del futuro marqués de Salamanca. Fue en los tiempos de la unificación de Italia y de la caída del Rey de Nápoles. Entre sus muchos negocios, Salamanca era contratista de la construcción del ferrocarril en Roma, durante el pontificado de Pío IX. La empresa concesionaria era de capital francés. Fernández de Córdoba fue llamado por Salamanca para ejercer un alto cargo en estos negocios romanos. Aunque nuestro general no disimula en sus recuerdos cierto desdén hacia la clase media, relativizó sus escrúpulos aristocráticos con el eficaz lenitivo de un sueldo de 24.000 duros anuales que era mucho dinero en aquella época. No era hombre de empresa pero sí de mundo, con desenvoltura, relaciones y acceso a los más altos despachos y salones. Así, reconoce que su cometido “tendría ante todo …

SOBRE TRUCHAS Y BARBOS.

El caballero portugués Bartolomé Pinheiro da Veiga, estuvo en Valladolid en tiempos de Felipe III, cuando esta ciudad fue Corte. Don Pascual de Gayangos publicó en la Revista de España las notas que tomó de su estancia allí*. Llamó mucho la atención de Pinheiro la gran cantidad de truchas que, procedentes de Burgos y de Medina de Rioseco, se consumían en Valladolid. Decía: “nunca llegué yo a comprender, ni se puede concebir, como en ciertos días, la mitad de la población las come y se alimenta casi exclusivamente de ellas, como si fueran pescado de mar.” Algunas truchas pesaban varios arreldes, un arrelde equivalía a unos dos kilos, “y no pocas son espantables a la vista por lo crecidas”. Menciona un ejemplar que regaló el duque de Lerma a los frailes de San Pablo que, servida en un gran tablero, dio para que comiesen ochenta frailes. Muchos parecen. También menciona el viajero portugués la afición a los barbos que podían ser, algunos buenos ejemplares, de tres o cuatro arreldes. Ten…

LA DUQUESA DE CHEVREUSE LLEGA A MADRID

El 30 de noviembre de 1637 la duquesa de Chevreuse, gran conspiradora y después frondeuse, llegó a la Corte de España. Fue hospedada y regalada, dice el autor de unos avisos*, por los marqueses de los Vélez. El seis de diciembre se presentó en Madrid de manera pública y todos se lanzaron a las calles para verla. Fue un acontecimiento memorable y de mucho lucimiento, "saliéndola a recibir toda la nobleza y despoblándose Madrid para verla entrar y aun Sus Majestades vieron la entrada por unas celosías que pusieron en unas puertas del Buen Retiro". El vecindario, todo alborozado y soliviantado. Fue acompañada por grandes y títulos de Castilla como el Almirante, el Condestable, los duques de Híjar, Villahermosa, Alburquerque, Pastrana y Peñaranda, además de los condes de Alba, Veragua y Santa Cruz. Muchos más títulos y caballeros escoltaron el coche donde la de Chevreuse viajaba con las marquesas de Mirabel y de las Navas y la condesa de Santisteban. Iba, según testigos, "…

SOBRE HUERTAS Y HORTELANOS

Recientemente he publicado en Zibaldone, de The Objective, un artículo que habla de huertas antiguas -y no tan antiguas- y de hortelanos. Creo que puede ser del interés de los ilustrados lectores de Retablo de la Vida Antigua que, por lo general, han tenido siempre un probado interés por el campo. Aparecen algunos datos sobre utillaje agrícola, variedades de frutas y aspectos relativos a las labores que se hacían en las huertas. 
Aquí está el enlace:
https://theobjective.com/elsubjetivo/elogio-de-huertas-y-hortelanos/

MARIDILLOS

En los siglos XVII y XVIII había mujeres, para soportar los fríos, se ponían bajo las faldas unos hornillos de barro con una rejuela que recibían el jocoso nombre de maridillos. En vez de ascuas llevaban, en su interior, una pieza de hierro que se calentaba previamente al fuego. Así se evitaban accidentes e incomodidades con los tizones. En realidad, con tan sencillo ingenio, guardainfantes y tontillos y demás vestuario acampanado, hacía las funciones de la castiza mesa camilla en los fríos inviernos barrocos. Todo esto lo escribo al leer, en esta tarde de clausura -como fraile travieso castigado en cárcel episcopal- una relación de precios de 1622 en la que se indica: “maridillos ordinarios,  seys maravedis”. Se labraban en Alcorcón y se vendían en muchas partes del Reino.

NADIE TENÍA DINERO

En los tiempos antiguos lo normal era ser pobre. No mísero, que tampoco era raro, sino nada más que pobre. En unas épocas más que en otras. Fueron muy malos, de estar a dos velas, los años del siglo XVII. España, la verdad sea dicha, fue poderosa pero nunca rica. Ricos eran los holandeses pero no los españoles. Aunque campeamos invictos por Europa durante más de siglo y medio, aquí nunca estuvimos muy sobrados de mercaderías, abastos y reales. Azorín reflexionó al respecto. Contaba como una gitanica entró en la casa de un personaje principal de la villa de Madrid. Cantó, bailó e hizo sus gracias ante la familia del caballero. Al terminar, lo suyo era agasajarla con una propina pero, quién lo diría, nadie tenía un real en la faltriquera. Ni la señora de la casa, ni el escudero, ni las criadas a las que se les pidió prestado. Llegó el caballero a sus casas, teniente en el Cabildo -no se indica si lo era del corregidor, del alcalde mayor o de otro oficio-y tampoco tenía un maravedí. Est…

DE ROGATIVAS Y DEVOCIONES CONTRA LA PESTE

Ante la amenaza de epidemia se recurría a dos medios. En primer lugar, los concejos tomaban medidas preventivas para evitar la expansión del contagio; después, y esto no era menos importante, se decidían las de carácter espiritual, representadas por las penitencias y rogativas. En Jaén durante el siglo XVII, se recurrió al amparo de la Virgen de la Capilla y de los santos especializados contra la peste: san Sebastián, San Roque y san Nicasio. De san Sebastián se decía en Alcalá la Real que era “patrono e defensor de cloración de los aires e pestilencia e reparador de las ruynas”.La popularidad de estos santos queda demostrada por la existencia de muchas ermitas que, bajo su advocación, se erigieron en la provincia. Era, en muchos casos, la consecuencia de votos pronunciados por los concejos al superar alguna epidemia. Estos votos, que obligaban al mantenimiento del culto en dichos santuarios y a una fiesta anual, a veces se olvidaban para ser otra vez reanudados, en medio del espanto …