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EN DÍAS CERCANOS AL CORDONAZO DE SAN FRANCISCO

En las caserías antiguas de mi tierra giennense es fácil encontrar, junto a las fachadas y puertas, altos y viejos laureles que, en los atardeceres de estos días, tienen un aire solemne, de ruina antigua. Quizás los plantaban ahí por herencia de los romanos que atribuían a esta planta un carácter protector contra los rayos. Hay plantas u objetos que atraen o rechazan el rayo. José María Castroviejo mencionó en La montaña herida cierto tipo de cardos que protegían de estos fenómenos naturales y su amigo Álvaro Cunqueiro decía, por haberlo oído de toda la vida, que los rayos se sentían asimismo, según ciertas circunstancias, atraídos o rechazados por los tesoros. También el hierro, fuente de muchas prevenciones entre los antiguos, se usaba como amuleto contra estos poderes fulgurales. En muchos pueblos estaba extendida la costumbre de poner tijeras abiertas dentro de las casas, en forma de cruz, cuando había tormentas y también para evitar otros males. Junto a estas creencias, la tradic
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SOBRE LOS BAÑOS DE MAR

En estas tardes de verano paso el rato con antiguos tratados y guías para bañistas. En todos se mencionan mil prevenciones y advertencias. Don Ventura de Bustos y Angulo, médico y dentista de Madrid, cuyo lema era «en el bañar no conviene prevaricar», estimaba en sus Baños de río, caseros y de mar (1816), que los chapuzones estivales eran útiles para templar los ardores del sol, «que tanto vician y alteran los humores». Otros tratadistas aseguraban que servían para aplacar los espíritus fuliginosos o de la naturaleza del hollín, propios de la estación. SEGUIR EN THE OBJECTIVE

DEVOCIONES Y ROGATIVAS PARA LOS MALOS TIEMPOS

En tiempos antiguos los remedios sanitarios eran pocos y de escasa eficacia. Había médicos, cirujanos, algebristas y barberos sangradores -aprobados o no por el Real Protomedicato- abnegados y heroicos, pero sus sangrías, sanguijuelas, parches, eméticos y refrigerantes poco podían hacer ante contagios que acababan con pueblos enteros. En tales circunstancias, o ante la eventualidad de llegar a éstas, era obligado volver la vista hacia los altares y recurrir a los remedios espirituales. EL ARTÍCULO COMPLETO EN: THE OBJECTIVE

TAMBIÉN LOS ANIMALES SE ACOGÍAN A SAGRADO

Los cementerios y las cercas de los templos, hasta treinta pasos alrededor, concedían inmunidad a los perseguidos. El presbítero don Antonio de Lobera y Abío, a mediados del siglo XVIII, trató el asunto que, entonces, era fuente de enconadas polémicas y diferencias entre los regalistas y los partidarios de que se respetase la inmunidad de los lugares sagrados. Menciona el presbítero el caso de un jabalí que, perseguido por "ElRey Don Sancho El Mayor de Navarra, y Castilla, gran cazador", se refugió en las ruinas de un templo que estaba bajo la advocación de san Antonio Mártir. Se amparó la criatura junto al lugar donde estuvo el altar mayor y eso le salvó la vida pues cuando se dispuso el Rey a lanzarle un venablo, su real brazo “quedó de tal fuerte entorpecido que no lo pudo menear”. Todo estaba bien claro: el jabalí estaba acogido a sagrado y gozaba de la protección divina que, al fin y al cabo, todos somos hijos de Dios. Después - tras apuros, rezos y ruegos- recuperó Don

SOBRE LA RECLUSIÓN DE UN CLÉRIGO EN EL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA

 En el invierno de 1987 o quizás de 1988 -no lo recuerdo con exactitud aunque da igual-  publiqué en Ideal , un breve artículo que, entre mis papeles, he recuperado. No el recorte de prensa, que tengo por ahí perdido, sino el texto mecanografiado. Tal y como lo escribí, con toda la ingenuidad, la precipitación y el entusiasmo de los pocos años, lo reproduzco en Retablo de la Vida Antigua: Un dato inédito sobre el Santuario de la Virgen de la Cabeza. <<El Santuario de la Virgen de la Cabeza ha sido, a lo largo de la historia, un símbolo de la vida de Andújar y como tal ha participado de forma directa en el acontecer de la mencionada ciudad. En estas líneas no vamos a hablar de la romería ni del culto mariano, sino de un aspecto interesante y desconocido del Santuario. El 17 de noviembre de 1661, ante el escribano público Ramos de Ulloa, un clérigo llamado Juan López de Almodóvar, presbítero y vecino de Andújar, declaró estar en la Cárcel Eclesiástica de Jaén “en razón de haberse

EL ANILLO EN LA MANO O CUANDO LOS CAMPOS ALBERGABAN MILAGROS, PRODIGIOS Y AVENTURAS

El Padre Francisco de Bilches, jesuita y rector del Colegio de San Ignacio de Baeza, escribió a mediados del siglo XVII, Santos y santuarios del Obispado de Jaén y Baeza. En esta obra leemos la vida de santa Eufemia. Defiende el autor, frente a otros estudiosos y hagiógrafos, que la Santa era natural de Cástulo, población cercana a Linares, famosa por sus minas desde muy antiguo, y no muy alejada de Baeza. Al tratar sobre la familia de la Santa, que vivió en los tiempos de las persecuciones romanas, Francisco de Bilches no puede evitar describirla con los rasgos que constituían las familias de lustre del siglo XVII. Él, cosa que a todos nos pasa, escribe como veía el mundo. Así, sus padres eran de linaje noble y cristianos “y como ellos eran, así salió la hija”. Llevaba Eufemia una vida decorosa y, sin caer en rasgos precoces de devoción, que se sepa, se dedicaba “sin hazer caudal de la abundancia de su casa […] cosas de manos por su voluntad, que no es bien que estén ociosas las señor

EL MÁS INERME

Alfonso García Valdecasas publicó en Escorial, en 1943, “El hidalgo”. Es una reflexión sobre la hidalguía y la figura del hidalgo, en contraposición a otros modelos o tipos, o arquetipos, sociales, dentro de la línea de pensamiento de Ortega del que fue discípulo el autor. Hay un párrafo en dicho escrito que conmueve y que me hace reconocer situaciones vividas y estudiadas. Se refiere García Valdecasas al lazarillo y al hidalgo:  Sus amos sucesivos (el ciego, el clérigo, el fraile mercedario, el vendedor de bulas, el capellán, el alguacil...) son otros tantos bellacos que quieren explotarle. Al lazarillo no le remuerde de burlarles o vengarse de ellos. Les gana en donaire y picardía, no es inferior moralmente. Pero aparece el hidalgo con su andar sosegado, su cuerpo derecho, su buen talante, su espada que no cambiaría por todo el oro del mundo. Alejado de su lugar de origen, donde estaban las raíces de su hidalguía es un mutilado social, no tiene misión, no tiene obras, es el más inerm

EL VISITADOR GENERAL DE TINTES DEL REINO

Se llamaba don Luis Fernández. Ejerció el oficio de visitador general de tintes del Reino cuando acababa el Antiguo Régimen. Inició su tarea cuando reinaba la devota, ilustrada y cazadora majestad de Carlos III, padre de sus pueblos. Supongo que las obligaciones de este oficio, consistirían en fiscalizar y contrastar la calidad de los tintes para evitar fraudes y desengaños. Nada más dieciochesco y de mayor utilidad pública. Los tintes, antes de que los químicos alemanes democratizasen las posibilidad de vestir ropas de colores, eran caros y escasos, frecuentemente de origen exótico. Me pregunto si el colorido de majas, currutacos y chisperos goyescos debió algo al rigor y a los desvelos de nuestro visitador. Tenía que saber mucho del añil, del índigo, la grana o la cochinilla. Vivió don Luis cuatro reinados -no cuento el del Intruso-, sobrevivió a la guerra y quizás admiró secretamente los colores de coraceros, dragones y mamelucos. En aquellos días de revoluciones y reacciones, abraz

UNAS NOTAS SOBRE EL MARQUÉS DE SALAMANCA

  Paso las horas, en estas tardes de verano, con las memorias de don Fernando Fernández de Córdoba, un militar de los tiempos de Isabel II. Este personaje, de interesante biografía, estuvo unos años al servicio del futuro marqués de Salamanca. Fue en los tiempos de la unificación de Italia y de la caída del Rey de Nápoles. Entre sus muchos negocios, Salamanca era contratista de la construcción del ferrocarril en Roma, durante el pontificado de Pío IX. La empresa concesionaria era de capital francés. Fernández de Córdoba fue llamado por Salamanca para ejercer un alto cargo en estos negocios romanos. Aunque nuestro general no disimula en sus recuerdos cierto desdén hacia la clase media, relativizó sus escrúpulos aristocráticos con el eficaz lenitivo de un sueldo de 24.000 duros anuales que era mucho dinero en aquella época. No era hombre de empresa pero sí de mundo, con desenvoltura, relaciones y acceso a los más altos despachos y salones. Así, reconoce que su cometido “tendría ante todo

SOBRE TRUCHAS Y BARBOS.

El caballero portugués Bartolomé Pinheiro da Veiga, estuvo en Valladolid en tiempos de Felipe III, cuando esta ciudad fue Corte. Don Pascual de Gayangos publicó en la Revista de España las notas que tomó de su estancia allí*. Llamó mucho la atención de Pinheiro la gran cantidad de truchas que, procedentes de Burgos y de Medina de Rioseco, se consumían en Valladolid. Decía: “nunca llegué yo a comprender, ni se puede concebir, como en ciertos días, la mitad de la población las come y se alimenta casi exclusivamente de ellas, como si fueran pescado de mar.” Algunas truchas pesaban varios arreldes, un arrelde equivalía a unos dos kilos, “y no pocas son espantables a la vista por lo crecidas”. Menciona un ejemplar que regaló el duque de Lerma a los frailes de San Pablo que, servida en un gran tablero, dio para que comiesen ochenta frailes. Muchos parecen. También menciona el viajero portugués la afición a los barbos que podían ser, algunos buenos ejemplares, de tres o cuatro arreldes. Ten