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COMER Y DORMIR CON ORDEN Y CONCIERTO (SEGÚN SAN IGNACIO DE LOYOLA)

San Ignacio de Loyola pensaba, con lógica de soldado, que para servir bien había que contar con buena salud. Estaba el Santo en Roma cuando escribió al padre Miguel Ochoa, un jesuita al que no dejaban vivir por su gracia para sanar a los enfermos. Le daba cuenta a san Ignacio de cómo acudían a él los dolientes "que habían dependidos no pocos dineros con los médicos", eran curados "sin pagar blanca" y era tanta "la turba que viene, que no le podría decir". Al parecer sanaba con la imposición de manos. De ello daba fe nada menos que el Padre Polanco, hombre de mucho mando y fama en la Compañía. De manera paradójica, el jesuita taumaturgo no tenía buena salud. Decidió san Ignacio velar por él y lo mandó a Tívoli para que reparase fuerzas. También le dio unas recomendaciones para conseguirlo. Son muy sensatas: comer bien, dormir lo suficiente y, sobre todo, con orden y concierto. También en esto se descubre al militar pues uno nunca deja de ser el que fue algú...

LAS ESTATUAS DEL AUTO DE FE DE 1680

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A las tres de la madrugada del 30 de junio de 1680 comenzaron a repartir corozas, hábitos y sambenitos. Escribió José del Olmo, en su relación del Auto de Fe , sobre la salida de las cárceles secretas hacia la Plaza Mayor:  "Inmediatamente salieron veinte y un reos condenados a relajar, todos con la coroza y capotillos de llamas, y los pertinaces con dragones entre las llamas, y los doce de ellos con mordazas y atadas las manos." A los condenados a muerte arrepentidos los agarrotaban, a los otros, a "los pertinaces", los quemaban en el brasero.  Las corozas eran capirotes de una vara de largo, más o menos. En éstas se representaba, mediante ciertos distintivos, la naturaleza de los delitos de cada uno. Los sambenitos, en forma de capotillo, podían tener un aspa o media aspa. No todos los condenados llevaban estas tristes prendas. Cincuenta y cuatro judaizantes reconciliados llevaron "sambenitos de media aspa y otros entera" con sus correspondientes velas ...

LA GENTE, LA CALLE Y EL AUTO DE FE DE 1680

El 30 de mayo de 1680, día de la Ascensión, se pregonó el Auto de Fe en distintos puntos de Madrid.  En la Puerta de Guadalajara "fue tan grande el concurso de gente y de los coches que concurrieron, que el mismo deseo de verle estorbaba a la muchedumbre el cumplirle". Las aglomeraciones y atascos llevaron a ordenar que, desde la víspera del día del Auto y durante las procesiones, no circulasen caballos ni coches. Además de las muchas desgracias que podían producirse por el excesivo tráfico, las cuestiones de precedencia en las calles provocaban conflictos protocolarios que, con facilidad, derivaban en situaciones violentas. Fueron, además, días de mucho calor. Durante las primeras horas de la mañana del 30 de junio, se concentró mucha gente en las calles. Éstas se habían cerrado y se levantaron tablajes y nichos para presenciar la procesión de los ciento veintitrés condenados hacia la Plaza Mayor.  Tuvieron que retrasar la salida hasta las siete de la mañana por "el con...

LA LEÑA DEL REY

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José del Olmo, alcaide y familiar del Santo Oficio, escribió una relación del Auto de Fe del 30 de junio de 1680. Además, dirigió la construcción del teatro, tablados y gradas en la Plaza Mayor de Madrid, donde tuvo lugar este suceso terrible y barroco. Un mes antes, el 30 de mayo, jueves y día de la Ascensión, lo pregonaron por la Villa y Corte. Cuando lo hicieron en la Plazuela de Palacio, los reyes estaban "estaban a la vidriera" y, así, asistieron a esta solemnidad. Carlos II adelantó esa tarde su vuelta a Palacio desde el Retiro, donde visitaba a su madre Doña Mariana de Austria.  Esto se consideró cosa de mucho mérito. Al acercarse la fecha del Auto de Fe, el 28 de junio, terminaron las obras del teatro en la Plaza Mayor. Fue cuando la compañía de Soldados de la Fe salió de su cuerpo de guardia, en las casas del Tribunal de Corte, y se dirigió a la Puerta de Alcalá para recoger la leña con la que quemarían a los condenados a muerte. La había mandado depositar allí el ma...

CAMPOMANES, LOS OFICIOS, LAS GALAS Y EL TRABAJO

Es innegable que los ilustrados españoles tenían razón en buena parte de sus críticas. A pesar de todo, en ocasiones, se excedían en sus censuras y mostraban cierta soberbia. Condenaban el ocio como condición propia de la vida noble. Así, Campomanes afirmará: "el vivir ociosamente con el sudor de nuestros hermanos es un gravísimo pecado moral y político". Es verdad. El desprecio al trabajo no podía ser aceptable, ni por razones morales ni por sentido cívico. Sin embargo, no todas las ocupaciones contaban con la simpatía o la aprobación de nuestro ilustrado. De esta forma, consideraba dentro de la categoría de ciudadanos aplicados a los militares, a los empleados en el gobierno civil, a los profesores públicos,  a los agricultores, a los criadores de ganado, a los comerciantes y a los artesanos. Los demás, supongo que con excepción del clero secular, debían ser conceptuados como inútiles y tratados como vagos. Deberían además, como precio de su pereza y compensación a la socie...

LAS EMPANADAS DEL VIRREY

Las empanadas y pasteles eran habituales en los fogones españoles, tanto en los populares como en los de más alto rango. En otra ocasión, mencionamos la desconfianza que inspiraba su relleno pues se acusaba a pasteleros, figoneros, venteros y mesoneros de hacer pasar las acémilas por ternera y los grajos por palominos. Martínez de Mata, el célebre arbitrista, acusaba, con especial rigor, a los franceses, muy numerosos entre los pasteleros, de ejercer tales prácticas. Era muy de la época zaherir a unos y a otros, a todo tipo de oficio, profesión, estado y condición. También se sirvieron empanadas y pasteles en la mesa de Don Rodrigo Díaz de Vivar Sandoval y Hurtado de Mendoza, duque del Infantado, embajador en Roma y virrey de Sicilia.  Se conserva parte de su libro de despensa, en concreto las cuentas de enero de 1654, cuando estaba en Mesina. En dicho registro se anotaban las libranzas de salarios y gajes, así como los gastos de cocina, botillería, luz, lavandería y demás. D u...

FAROLILLOS DE PAPEL

Los españoles de los siglos XVIII y XIX llamaban asambleas a las reuniones sociales celebradas, antes o después de cenar, en casas de cierto tono.   No tenían nada que ver con cuestiones políticas, algaradas ni acciones reivindicativas. La frecuencia de estos encuentros podía ser diaria. Asistían hombres y mujeres aunque, una vez metidos en conversación, se separaban en dos círculos bien diferenciados. Allí hablaban de todo, circulaban los chismorreos y se relacionaban unos con otros. Los españoles tenían cierta afición a la vida nocturna, aunque dentro de un orden. Al salir, ya tarde, los que no disponían de carruaje, volvían a sus residencias acompañados por uno o más criados de hacha. Su misión era alumbrar la calle durante el trayecto de vuelta y así evitar tropezones, boñigas y barrizales. También se buscaba la protección frente a maleantes y golfos o evitar las posibles molestias de transeúntes borrachos. Algunos anfitriones, al menos en el primer tercio del siglo XVIII, a la...