HACIA EL ESCORIAL

 


Los reyes iniciaban su último viaje con la caída del Sol. Entre las ocho y las diez de la noche abandonaban Palacio y los portaban en andas, entre lutos, cera, música triste y campanas que doblaban a muerto. Así, legua a legua, se acercaban a El Escorial entre resplandores de hachas y tinieblas. Rumores de Clero, Órdenes, Grandes, mayordomos, gentileshombres de la boca y de la cámara y monteros de Espinosa. Salían a los caminos a verlos pasar y, a veces, paraban en los pueblos. Al amanecer, entre las seis y las siete, llegaban al Real Sitio. Retornaba el Sol, padre y espejo de reyes, y asistía al ceremonial por tragaluces y ventanales. Se depositaba el cuerpo al mediodía. Y ahí terminaba todo, ni más ni menos.

VÍTORES POR LA INMACULADA

España cerraba la Edad Media, abría el gran siglo XVI y la defensa de la Inmaculada Concepción movilizaba espíritus y devociones. Fue en aquellos años cuando se fundó la Santa Capilla por don Gutierre González Doncel. De su fe inmaculista y de su intención dan fe los estatutos de la Institución en los que hace constar que “la Santa Capilla fue fundada y edificada por mí dentro de la Iglesia Parroquial de Santo Andrés de la ciudad de Jaén, a mis propias expensas y gastos, y me pareció tuviese invocación de la Concepción de Nuestra Señora Santa María”. Los estudios de doña Soledad Lázaro Damas aportan sobradas pruebas del temprano culto a la Inmaculada en Jaén, impulsado por obispos como don Alonso Suárez, en cuyo tiempo se instituyó la Santa Capilla, o por el obispo don Pedro Pacheco al que Carlos V mandó acudir a Trento, donde se decidió la gran estrategia para frenar a los protestantes y reformar lo que fuese necesario para mayor gloria de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Fue don Pedro, según fuentes italianas, citadas por la Real Academia de la Historia, un hombre pequeño, de poca barba, sagaz y limosnero, afectuoso y con gran afición a las conversaciones cultas y capo qua nel concilio della natione spagnola e dell`imperiali del regno di Napoli. Tras esta apariencia inerme se ocultaba un hombre de una pieza, aristocrático de linaje y temperamento, puntal seguro de la causa imperial, irreductible frente al partido francés y de dureza demostrada en las difíciles controversias del Concilio. Allí, bien aconsejado por teólogos franciscanos que estaban a sus órdenes, se batió con energía por la devoción inmaculista pues fue el primero que abordó su defensa el 28 de mayo de 1546 y consiguió que, en el decreto dedicado al pecado original, se dejase claro que la Virgen María estaba libre de éste. Que Dios bendiga su memoria pues sirvió como los buenos. Durante el XVII la causa de la Inmaculada fue sostenida en Jaén con igual o mayor ímpetu, si cabe, que en el siglo anterior. Se pronunciaron innumerables sermones, se llenaron las calles con procesiones generales y se fundó, bajo la advocación de la Inmaculada, el Convento de las Bernardas por el obispo de Troya, don Melchor de Soria Vera. Además, según don Manuel Caballero Venzalá, se publicaron en Jaén, sólo en 1651, cuatro tratados a favor de la causa inmaculista. Mucho se esforzaron por la Inmaculada los dos cabildos, el catedralicio y el municipal, y los vecinos de Jaén de todo estado y condición. Cada vez que en Roma se ganaban posiciones a favor de la Inmaculada, la ciudad se alborozaba en jornadas de luminarias y repiques. Un día grande fue el 17 de noviembre de 1617 cuando el Cabildo Eclesiástico tuvo noticia del decreto Sanctissimus Dominus noster, ganado en Roma gracias a los desvelos de la Monarquía de España, y que permitía la opinión libre y a favor de la Inmaculada Concepción de María. Para celebrarlo se organizó, para el siete de diciembre, una procesión general en la que la Virgen de la Capilla fue trasladada a la Santa Capilla de San Andrés. Cuatro años después, recién nacido el reinado de Felipe IV, el Cabildo municipal ordenó a sus procuradores de Cortes, don Martín Cerón de Benavides y don Juan Palomino Hurtado de Mendoza, que , en todo momento y bajo cualquier circunstancia, amparasen la causa inmaculista. Asimismo, en el Jaén de 1640, hubo actos de desagravio a la Inmaculada, ante la noticia de unos pasquines ofensivos que habían puesto en Granada. La llegada del obispo Moscoso y Sandoval también supuso un sólido impulso a esta devoción. El 8 de diciembre de 1645, ordenó “a todos los que entraren en esta Santa Iglesia” defender, bajo juramento, la Inmaculada Concepción de María, En 1650 y 1659, leemos en don Luis Coronas Tejada, el Cabildo municipal se pronunció una vez más a favor de dicho misterio y, en 1656, con motivo de la autorización de Alejandro VIII del patronazgo de la Inmaculada para España, hubo en Jaén procesiones y fiestas, al igual que en 1661, por la publicación de la constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum de Alejandro VII, que establecía el ocho de diciembre como día de la Inmaculada Concepción. En la Santa Capilla la devoción a la Inmaculada Concepción de María ha tenido continuidad a través de los siglos. En la fe de las viejas y modernas generaciones, en las mandas piadosas de patronatos y testamentos, en la sagrada luz de las velas y en las salves de los sábados cuando se tañía “con tiempo, antes que todos los días”. Entonces se cantaba la antífona solemne: In Conceptione Tua Virgo inmaculata fuisti. 
 Ángel Aponte Marín.
Publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, Jaén, diciembre de 2021.

EN DÍAS CERCANOS AL CORDONAZO DE SAN FRANCISCO

En las caserías antiguas de mi tierra giennense es fácil encontrar, junto a las fachadas y puertas, altos y viejos laureles que, en los atardeceres de estos días, tienen un aire solemne, de ruina antigua. Quizás los plantaban ahí por herencia de los romanos que atribuían a esta planta un carácter protector contra los rayos. Hay plantas u objetos que atraen o rechazan el rayo. José María Castroviejo mencionó en La montaña herida cierto tipo de cardos que protegían de estos fenómenos naturales y su amigo Álvaro Cunqueiro decía, por haberlo oído de toda la vida, que los rayos se sentían asimismo, según ciertas circunstancias, atraídos o rechazados por los tesoros. También el hierro, fuente de muchas prevenciones entre los antiguos, se usaba como amuleto contra estos poderes fulgurales. En muchos pueblos estaba extendida la costumbre de poner tijeras abiertas dentro de las casas, en forma de cruz, cuando había tormentas y también para evitar otros males. Junto a estas creencias, la tradición cristiana contaba con devociones, campanas, oraciones y conjuros para salvaguardar a las gentes de centellas, rayos y exhalaciones. Sobre este asunto escribí hace unos días un artículo que, si ustedes quieren, pueden leer en The Objective. Creo que puede ser una buena idea en estos días, todavía cercanos al cordonazo de san Francisco, tiempo de truenos y lluvias.

SOBRE LOS BAÑOS DE MAR

En estas tardes de verano paso el rato con antiguos tratados y guías para bañistas. En todos se mencionan mil prevenciones y advertencias. Don Ventura de Bustos y Angulo, médico y dentista de Madrid, cuyo lema era «en el bañar no conviene prevaricar», estimaba en sus Baños de río, caseros y de mar (1816), que los chapuzones estivales eran útiles para templar los ardores del sol, «que tanto vician y alteran los humores». Otros tratadistas aseguraban que servían para aplacar los espíritus fuliginosos o de la naturaleza del hollín, propios de la estación. SEGUIR EN THE OBJECTIVE

DEVOCIONES Y ROGATIVAS PARA LOS MALOS TIEMPOS

En tiempos antiguos los remedios sanitarios eran pocos y de escasa eficacia. Había médicos, cirujanos, algebristas y barberos sangradores -aprobados o no por el Real Protomedicato- abnegados y heroicos, pero sus sangrías, sanguijuelas, parches, eméticos y refrigerantes poco podían hacer ante contagios que acababan con pueblos enteros. En tales circunstancias, o ante la eventualidad de llegar a éstas, era obligado volver la vista hacia los altares y recurrir a los remedios espirituales. EL ARTÍCULO COMPLETO EN: THE OBJECTIVE

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