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DE LA CORTESÍA DEBIDA AL CLERO (1817)

En el tratado de urbanidad de Santiago Delgado de Jesús, editado en 1817, se enumeran las cortesías debidas a los sacerdotes. Siempre se les cederá en la vía pública, el mejor puesto o asiento y, por supuesto el lado derecho o la acera. Si el sacerdote iba acompañado de dos seglares se le reservaba el lugar central. Al hablar con ellos era obligado se mantener la cabeza descubierta hasta que el sacerdote, con insistencia, concediese la debida licencia para ponerse el sombrero. Se considera correcto besarle la mano siempre que lo permitiese. No es admisible tolerar, en ausencia de un sacerdote, palabras que lo desacrediten o desprecien o "contra el estado en general y sus establecimientos, leyes y autoridad; sobre ser descortesía general, se hace sospechoso en la fe". Se trata de un texto editado en pleno reinado de Fernando VII y esta última advertencia no es ninguna broma.

LA SEMANA SANTA DE FERNANDO VII

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Fernando VII  era católico, como todos los españoles, pero sin grandes efusiones de devoción. La reina doña Josefa Amalia de Sajonia, jovencísima, recién llegada de un convento alemán, hizo todo lo posible por avivar -sin demasiados progresos- la convencional religiosidad del monarca. Muerta la Reina en 1829, con unos veintiséis años, Don Fernando afirmó rotundo:"¡no más rosarios!". Casó después con Doña María Cristina, de genio más alegre, pero el Rey no aligeró demasiado sus obligaciones religiosas. Lo demuestra su apretada agenda durante los días de Semana Santa según la Tabla de las festividades de la Real Capilla ( Madrid 1832). No convenía, por lo demás, mostrar ligerezas ante apostólicos y realistas, que acusaban al Rey de tolerante en exceso y, a los que le rodeaban, de criptoliberales. Don Fernando iniciaba la Cuaresma recibiendo la ceniza de manos de un prelado. Le acompañaban en la ceremonia Grandes, embajadores, el mayordomo mayor y el capitán de Guardia...

EL SANTO ROSTRO Y FERNANDO VII

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El Santo Rostro es, según la tradición, uno de los tres pliegues del paño que secó el rostro de Cristo en la calle de la Amargura. Se custodia en la Catedral de Jaén y fueron muchos los peregrinos que, durante generaciones, vencieron leguas, fatigas y peligros para adorarlo.  En noviembre de 1823, vencidos los liberales, Fernando VII retornaba a Madrid tras su obligada estancia en Cádiz.  Se supo del paso del monarca por La Carolina, cerca de Despeñaperros y, a instancias del obispo de Jaén, don Andrés Esteban y Gómez, y de las fuerzas vivas locales, se decidió trasladar hasta allí la reliquia para que fuese adorada por las reales personas. La decisión tenía cierto trasfondo político. Nada mejor podía simbolizar la alianza del Altar y del Trono, tan grata para los realistas. Además, durante esos días, se acusaba a  Rafael de Riego   de haber intentado robar la reliquia. Una fechoría, decían, no consumada por un milagro. El Santo Rostro, que había sobrevivido al pil...