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Mostrando las entradas etiquetadas como Monarquía

HACIA EL ESCORIAL

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  Los reyes iniciaban su último viaje con la caída del Sol. Entre las ocho y las diez de la noche abandonaban Palacio y los portaban en andas, entre lutos, cera, música triste y campanas que doblaban a muerto. Así, legua a legua, se acercaban a El Escorial entre resplandores de hachas y tinieblas. Rumores de Clero, Órdenes, Grandes, mayordomos, gentileshombres de la boca y de la cámara y monteros de Espinosa. Salían a los caminos a verlos pasar y, a veces, paraban en los pueblos. Al amanecer, entre las seis y las siete, llegaban al Real Sitio. Retornaba el Sol, padre y espejo de reyes, y asistía al ceremonial por tragaluces y ventanales. Se depositaba el cuerpo al mediodía. Y ahí terminaba todo, ni más ni menos.

LA PARENTELA DE ALFONSO VIII

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CABRERA EN LONDRES

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Galdós en La campaña del Maestrazgo lo describe entre riscos y barranqueras. Azorín también lo evoca, en su "bregar afanoso y valeroso", en dicha comarca, alerta en un paisaje "áspero, luminoso, entre tomillos, cantuesos y espliegos". Desasosegado. Tramando acciones y golpes de mano, admirador de Napoleón, dado a crueldades, cortesías y actos generosos. Insensible o muy hecho al dolor ajeno y al propio, mandaba fusilar a los prisioneros sin reparo alguno. Tuvo mucho del carácter excesivo de los románticos y conoció el infierno, no a través de juegos literarios en gabinetes sino por la terrible y aleccionadora experiencia de la guerra y nada menos que en El Maestrazgo. Defensor de la Tradición y legitimista, tenía en poco las antiguas jerarquías estamentales, católico y pecador, no parecía dado a las triduos y novenas. Cuando acabó la guerra se exilió no en Austria o en Rusia sino en Inglaterra y casó bien, con Marianne Catherine Richards, una inglesa de buena ca...

ALFONSO XIII EL SPORTMAN

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En 1905 Alfonso XIII viajó a Inglaterra. Con motivo de su visita a Windsor, un periódico local - The Windsor Chronicle- no dudaba en elogiar a Don Alfonso: "El Rey de España es un sportman como no hay igual en Europa. Es un maravilloso y diestro jinete, un excelente automovilista, un hábil tirador de rifle y revólver; un soberbio esgrimidor y un excepcional boxeador, según el estilo inglés, para la propia defensa". Fueron alegres aquellos años eduardianos. _______________________ La fotografía es posterior, de los tiempos de Primo de Rivera, y procede de BNE (CC). Un documento de Alfonso XIII en plena actividad deportiva en  http://www.rtve.es/alacarta/videos/archivo-real-alfonso-xiii/alfonso-xiii-jugando-polo/2833071/

LA SEMANA SANTA DE FERNANDO VII

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Fernando VII  era católico, como todos los españoles, pero sin grandes efusiones de devoción. La reina doña Josefa Amalia de Sajonia, jovencísima, recién llegada de un convento alemán, hizo todo lo posible por avivar -sin demasiados progresos- la convencional religiosidad del monarca. Muerta la Reina en 1829, con unos veintiséis años, Don Fernando afirmó rotundo:"¡no más rosarios!". Casó después con Doña María Cristina, de genio más alegre, pero el Rey no aligeró demasiado sus obligaciones religiosas. Lo demuestra su apretada agenda durante los días de Semana Santa según la Tabla de las festividades de la Real Capilla ( Madrid 1832). No convenía, por lo demás, mostrar ligerezas ante apostólicos y realistas, que acusaban al Rey de tolerante en exceso y, a los que le rodeaban, de criptoliberales. Don Fernando iniciaba la Cuaresma recibiendo la ceniza de manos de un prelado. Le acompañaban en la ceremonia Grandes, embajadores, el mayordomo mayor y el capitán de Guardia...

DE LAS OBLIGACIONES DE LOS REYES

En los cabildos municipales de las ciudades con voto en Cortes se hablaba, y mucho, de política. No faltaban graves asuntos sobre los que discurrir: los males de la Monarquía, la quiebra de las arcas reales, el estado de las cosas de Flandes e Italia, la pobreza, que era mucha, las lluvias que no llegaban y los pobres que se morían  por los caminos. Esta gavilla de pesadumbres lastraba como plomo las conciencias de los regidores. Y no siempre los confesores, a los que se les consultaba sobre cuestiones muy serias para el porvenir de la república, eran indulgentes. Hubo dominicos en Jaén que denunciaban desde los púlpitos -y muy claro- la insufrible presión fiscal, la carestía y la miseria de los más desgraciados. El pueblo no votaba pero hablaba , sin demasiados melindres, por las calles y en papeles puestos en las puertas de las iglesias. La censura y el descrédito podían recaer en sus dirigentes naturales y la dignidad de aquellos hidalgos, descendientes de tales, no casaba bie...

LA VIEJA MONARQUÍA

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Españoles de otro tiempo en los Picos de Europa Todo pasa y nada dura para siempre. Es verdad. Sin embargo, a veces, un don se revela en la Historia. Es la permanencia. Su tiempo no se mide por años sino por generaciones, pontificados y reinados. Un tiempo de vivos y de muertos. Ahí sigue la vieja Monarquía. La que hizo a España a fuerza de grandeza y desengaños. Ahí sigue el Reino -bajo el cielo absoluto de un día del Corpus- cargado de gloria y desventuras. Y la vida por delante. Viva el Rey

RITUALES REGIOS

No desdeñemos lo simbólico en la Monarquía. Lo recordaba Julián Marías en La España Real (1976-1981): "Cuando se dice que el Rey es un símbolo, si se sabe lo que se está diciendo, se le está concediendo grandísima importancia, porque un símbolo es una cosa muy seria". Es verdad y no es fácil de entender. Las monarquías tienen sus arcanos , desvelados -en parte- por lo simbólico. "Un hombre es sus gestos" decía Ortega y éstos, en las instituciones centenarias, se expresan por medio de la liturgia y del ritual. Esta obligación no exige grandes dispendios ni desmesuras. En la tradición española los rituales de coronación han sido, a lo largo de la Historia, muy austeros. Según Luis Díez del Corral,  los reinados se han sucedido, durante siglos, sin grandes ceremonias de coronación o unción. Las insignias reales españolas, estudiadas por  Percy E. Schramm, eran pocas, de gran sencillez y rara vez ostentadas por los reyes. No eran dados a ir por los pasillos de Palaci...

LOS MARTES DE DON FELIPE

Baltasar Porreño decía que Felipe II, para  mostrar su desdén hacia supersticiones y miedos vanos, salía de viaje los martes, mandó jurar al príncipe Don Felipe, en Lisboa, un martes y cuando nació éste, un martes de 1578, "no hizo menos fiesta que sí huviera nacido en Domingo, o Jueves; y el mismo Rey se casó la primera vez en Martes, digo se desposó con la Princesa Doña María". Era, además, enemigo de judiciarios y pronósticos. El gobierno del mundo no admitía fantasías.

FELIPE II, LOS ESPAÑOLES Y LA TAUROMAQUIA

En 1527, hubo toros en Valladolid para celebrar el nacimiento de Felipe II. El conde de las Navas, en El espectáculo más nacional, cita distintos festejos que contaron con la presencia del Rey como los celebrados en Toro (1551), Benavente (¿1553?), Sevilla (1570), Badajoz (1580), Lérida (1585), Valencia (1585), Valladolid (1592), Segovia (1592), Tordesillas (1592) y Burgos (1592). Consta en una relación citada por Navas que "...el  príncipe Phelipe la primera vez que entro en Toro" fue agasajado por el marqués de Alcañices con una corrida  de"ocho toros buenos y ubo buenas lanzadas". Fue el 19 de septiembre de 1551. Es sabido, además, que Felipe II dio largas y demostró tener mano izquierda para no aplicar, con todo su rigor, las disposiciones papales que proscribían la tauromaquia. Escribiría a Roma para que tales prohibiciones no tuviesen efecto pues los españoles -que no tenían remedio- no podían pasar sin estos festejos. Sus fieles vasallos llevaban la taurom...

FLORES DE LIS

Venerables flores de armorial. Lises heráldicos hermanados con las escarapelas blancas de capotes y sombreros. Enseñas de facción y de causas perdidas. Lises pálidas y murientes, exaltadas por Emilio Carrere que -decadente y bohemio- evocaba a Alfonso XII como un lis borbónico, "marchito, perdido por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos". Yo tengo un hondo y reverencial respeto por estas flores desvaídas. Perdidas en el tiempo entre aromas de cera y olvido.

LA TABLILLA DE LA MONJA

El 5 de junio de 1677 Carlos II visitó el sepulcro de sor María Jesús de Ágreda. Lo acompañaban Don Juan José de Austria, el Patriarca de Indias, el  condestable de Castilla, Medinaceli y otros personajes principales. La relación escrita del viaje, obra de Francisco Fabio -editada dicho año en Sevilla-, afirma que, al abrir la caja , se desprendió una fragancia suavísima. Llevaba ya muerta doce años y conservaba el rostro -según el cronista- apacible, hermoso y entero. Carlos II besó su mano y dijo: "Por ti vivo yo, madre mía". Entregaron al Rey una tablilla sobre la que escribía la Monja. La recibió con unción. Se dice que la mandaba buscar cuando tenía que firmar los más graves decretos. ¿De qué madera sería?. De pino, de olmo, de nogal o quizás de algún árbol llegado de Indias. Poco importa. Piense el lector que sobre esa tablilla se sostuvo el cuerpo, maltrecho y ruinoso, de la gran Monarquía de España.

LA DEVOCIÓN Y LA CORTESÍA

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Cerramos el año con una historia de grandeza y desdén. Sor Margarita de la Cruz era hija del emperador Maximiliano I y de Margarita de Austria. Ingresó en el Monasterio de las Descalzas Reales -a los 18 años- el 25 de enero de 1584, profesó el 25 de marzo de 1585 y murió el cinco de julio de 1633. En su personalidad se unen la brillantez de la Casa de Habsburgo y el desprecio hacia el mundo. A pesar del paso de los siglos no dejan de sorprendernos estos personajes que, pudiéndolo tener todo, decidían apartarse de todo -salvo de Dios- entre los muros de un monasterio. La ejemplaridad de la vida y la muerte de sor Margarita servía a la Monarquía tanto como las compañías que se batían en los campos de Europa. Don Francisco de Quevedo le dedicó, con motivo de su muerte, un soneto que Pablo Jauralde Pou considera deslumbrante: " ¡Oh cuán cesáreas venas, cuán sagradas/ frentes se coronaron con tu velo!/ Y espléndido el sayal venció en el suelo / púrpura tiria y minas de oro hilada...

UNA ALCOBA DE CIRIOS

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El reinado de Alfonso XII inició, con la Restauración, el primer período de estabilidad de la España contemporánea. Tras la detestada y desprestigiada Isabel II, es justo reconocerlo,  Don Alfonso   no dejó mal recuerdo .  Fue un rey magnánimo, de buena voluntad  y joven.  A pesar de reinar más de once años nunca dejó de ser un monarca llegado del exilio. El exiliado es una sombra, decían los romanos, y el destierro siempre imprime carácter. No era, sin embargo, un hombre triste y le faltó, en muchos de sus comportamientos, la gravedad que corresponde, y se espera, de los reyes. Mucho más necesaria que la llaneza y el gracejo. Podría haberse recluido en los recovecos del Palacio de Oriente como un príncipe shakesperiano o un Austria taciturno, hastiado del mundo y atormentado por el destino del Reino. Cuadra más con la imagen del Rey que lo que se contaba de sus andanzas y aventuras. Su memoria, a pesar de todo, queda redimida por su buen corazón y por d...

ARTE TORMENTARIA

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Cuando Carlos V entró en Valladolid en 1522, acabada ya la guerra de las Comunidades, trajo un buen tren artillero compuesto, entre otras, por las siguientes piezas: Un trabuco llamado Magnus Draco, con cabeza de serpiente o de dragón. Tenía grabado el retrato de Felipe el Hermoso y sus armas. Era de 26 palmos de largo y la boca de un palmo. Dos tiros famosos, El Pollino y La Pollina, de 16 palmos de largo y palmo y medio de boca. Otro tiro tenía por nombre Espérame que allá voy, de 17 palmos de largo y casi dos de boca. Dos tiros llamados Santiago y Santiaguito, eran de 26 palmos de longitud y con la boca de un palmo, adornados con los lises del Rey de Francia. Quizás fue capturado a los franceses en alguna jornada y fueron rebautizados al uso de España. Otro tiro se llamaba  La Tetuda, de 17 palmos   de largo y casi dos de boca. El nombre -lo tengo por cosa segura- debía de ser invención de soldados Y para acabar,  El Gran Diablo, con 18 palmos...

HABSBURGO

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Patrick Leigh Fermor reflexiona sobre los Habsburgo en   El tiempo de los regalos . Algo nuevo, decía, se introdujo en la dinastía con el matrimonio de Felipe el Hermoso y Juana la Loca. No fue sólo la unión de reinos, estados, señoríos y ciudades sino también la entronización de la solemnidad:  el ritual monárquico , las vestimentas negras y "la altanera puntillosidad española". Siglos decisivos aquéllos, "cuando las quijadas largas y delgadas y los labios inferiores colgantes dominaban en ambas capitales e infantas y archiduques eran casi intercambiables", entonces "las capas oscuras con cruces escarlatas de Santiago y Calatrava empezaron a mezclarse con los vistosos penachos y las prendas acuchilladas de los lansquenetes". Para muchos la entronización de los Habsburgo supuso la ruina de España, el origen de nuestra implicación en los terribles laberintos de la política continental. Los procuradores de Cortes lo sabían bien y así lo manifestaban. ...

GANAR A VARAS EL CIELO

Tercio de varas, vara de corregidor, vara de alcalde mayor, varas de alguaciles, vara alta de justicia, meterse en camisa de once varas -españolísima afición- toros vareados, varetazo -que es lo que te propina el toro con la pala del asta- una vara de bayeta negra para las exequias reales, vara o garrocha, la vara del Conde Duque, la vara de cochinos que pasa -alegremente- camino de la montanera, dar la vara, vareadores de aceituna, cabo de varas, vareto, que es el ciervo joven, la vara de mimbre, varilarguero o picador de vara larga, recibir un varapalo, envarado como hidalgo pobre y solemne. En fin:  la vara y lo español. Gracián en El Héroe , elogia, creo, a Felipe II "el bueno, el casto, el pío, el celoso de los Filipos españoles" que "no perdiendo un palmo de tierra ganó a varas el cielo". Ganar a varas el cielo: conquistar la Gloria casi metro a metro, bregando, estragado de batallar para al final, muy al final, salvarse. No es desdeñable aportación teológic...

LA MAJESTAD Y LA QUIETUD

La majestad no reside en la riqueza, ni en los palacios. Tampoco en el boato. No es fácil saberlo por ser la majestad un misterio. Y los misterios, de acuerdo con su naturaleza, se resisten a ser desvelados. La majestad es, además, un don que la sangre real no siempre depara. Quizás una de sus moradas sea la quietud. Es la sencillez hermanada con la grandeza Recordemos a Felipe IV, vestido con la ropilla negra y, sobre el pecho, el Toisón. Sostiene el gobierno de la Monarquía sin cetros ni armiños, a solas con su grandeza y su quebrantada conciencia. Sobre estas cuestiones escribo en Suma Cult ural

MÁS SOBRE ARTILLERÍA ANTIGUA

Felipe IV estuvo en Jaén los días 11 y 12 de abril de 1624. Recorría Andalucía por aquellas fechas. La idea del viaje fue del conde duque de Olivares. Las ciudades con voto en Cortes mostraban cierta resistencia en autorizar la concesión de nuevos servicios. Algunos caballeros veinticuatro se había tomado muy en serio la necesidad de reformar la Monarquía. La presencia regia, pensaba don Gaspar de Guzmán, serviría para limar asperezas y suspicacias. Se repartirían promesas, advertencias y mercedes -hábitos, juros y otros premios- para que se diese al Rey lo que pedía. Con el fin de dar lustre a la llegada del Rey, el Cabildo municipal acordó la compra de seis arrobas de pólvora para las salvas de honor. Se prepararon los ocho morteros que había en el Castillo de Jaén  Se añadieron también cincuenta mosquetes.  Mucho hubo que afanarse en aderezar los morteros pues - al menos esa es mi impresión- llevaban mucho tiempo inactivos, allí medio olvidados. La pólvora era cara y, ademá...

FELIPE II Y EL SOL DEL CORPUS

Felipe II gobernando imperios, apartado del mundo, entre memoriales y cartas. A  vueltas con el tiempo y con los grandes espacios.                                                  *** "Jamás dexó las horas de sus santos exercicios, y devotas oraciones, y andaba en las procesiones del Santísimo Sacramento la cabeza descubierta: estando en Córdova en una de ellas le suplicaron se la cubriese por el excesivo calor del Sol; y él respondió: este día no hace mal el Sol; aludiendo a lo que havía dicho el Emperador su padre, que ni el Sol del día del Corpus, ni el sereno de la noche de S. Juan ofendían a nadie". Baltasar Porreño, Dichos y hechos del rey Don Felipe II, 1639