HACIA EL ESCORIAL

 


Los reyes iniciaban su último viaje con la caída del Sol. Entre las ocho y las diez de la noche abandonaban Palacio y los portaban en andas, entre lutos, cera, música triste y campanas que doblaban a muerto. Así, legua a legua, se acercaban a El Escorial entre resplandores de hachas y tinieblas. Rumores de Clero, Órdenes, Grandes, mayordomos, gentileshombres de la boca y de la cámara y monteros de Espinosa. Salían a los caminos a verlos pasar y, a veces, paraban en los pueblos. Al amanecer, entre las seis y las siete, llegaban al Real Sitio. Retornaba el Sol, padre y espejo de reyes, y asistía al ceremonial por tragaluces y ventanales. Se depositaba el cuerpo al mediodía. Y ahí terminaba todo, ni más ni menos.

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