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CARABINAZOS

Es probable que una estocada bien tirada fuese más de temer que un carabinazo. Según los estudiosos de cuestiones militares, en tiempos de Napoleón uno de cada seis cartuchos era defectuoso. Si había demasiada humedad aumentaba la proporción y una cuarta parte de la munición resultaba inútil. Igual pasaba con pistolas y fusiles en combates prolongados. Además, a unos cien metros las posibilidades de marrar el tiro ascendían a un 95 %.  Más limitada todavía era la eficacia de las armas de fuego en el siglo XVII. Otra cosa ocurría, como es natural, con los disparos a bocajarro. El carabinazo  era, en el siglo de Lope, Velázquez y Calderón, un recurso muy al uso y muy del gusto para aquellos españoles de poca paciencia, para resolver asuntos particulares, cuadrar cuentas con recaudadores de millones, entrevistarse con alguaciles,  alejar y no alojar compañías de soldados de los pueblos, espantar rebaños, vengar impertinencias, establecer equitativos turnos de riego, de...

BASTONES ESTOQUE

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Ya no pasea nadie con bastones estoque. Eran, al parecer, unos objetos de uso corriente en tiempos de nuestros abuelos y bisabuelos. Dos razones favorecían su difusión. En primer lugar el hábito de llevar bastón y, después, la inseguridad en calles y caminos. La costumbre de portar armas de distinta naturaleza estaba muy extendida hace menos de cien años. Incluso era conveniente, para andurrear por ahí con un mínimo de seguridad, contar con unas nociones de boxeo al estilo inglés o con la suficiente pericia en la esgrima de palo y bastón . Si se iba acompañado por un razonable número de criados, asistentes y fámulos bien fogueados, nada había que temer. El bastón estoque representaba, sin embargo, una buena opción, de uso universal, tanto entre caballeros como entre hampones. Se entregaba como trofeo en certámenes deportivos, como en 1905 cuando, según la revista Gran Vida , en un campeonato de "lawn tennis" -que tuvo lugar en Barcelona- uno de los triunfadores, apellidad...

MAESTROS ARCABUCEROS

En el siglo XVI llegaron a España, por orden de Carlos V, dos armeros alemanes. Fueron quizás los primeros en  fabricar cañones en Madrid. Uno se llamaba Simón Macuarte, conocido como Simón de Hoces, y el otro, su cuñado, Pedro Maese. Aquél firmaba sus obras con dos hoces, de ahí el apellido, y el segundo -para diferenciarse- en vez de dos, colocaba tres hoces como marca. Simón tuvo dos hijos que siguieron en el oficio: Felipe y Simón, éste sirvió como artífice a Felipe III. Marcaban, por su parte, arcabuces también con dos hoces, como su padre, pero poniendo el nombre al lado. Al parecer, Simón inventó la llave de patilla. Arcabuces, carabinas y escopetas, aunque de menos calidad que los de los reyes, se difundieron entre los españoles de aquellos tiempos. Algunas veces estaban tan mal aviados que reventaban los cañones con la consiguientes desgracias y quebrantos. Servían para la guerra y la caza. También para defenderse o resolver asuntos a mano airada. A veces, apostados detrá...