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LA MUERTE MEDIEVAL DEL REY DON FERNANDO

  Fernando Magno, rey de León, se sintió morir, cuando guerreaba en Valencia en el otoño de 1065. Decidió que era hora de volver a León. Tras un largo viaje en el invierno medieval, llegó el veinticuatro de diciembre de ese año. No lo esperaban palacios ni campamentos sino la sepultura. Esa nochebuena estuvo la iglesia de San Isidoro  iluminada por candelas, oraciones, cánticos y solemnidades mozárabes. Amaneció el día de Navidad, el Rey oyó misa y comulgó en las dos especies, como hacían los seglares del siglo XII. En brazos de sus fieles, volvió a palacio. Los que poco tiempo antes meneaban las armas y vestían lorigas llevaban a su Rey, muriéndose a chorros, ligero como pavesa al viento. Durante los dos días siguientes, Don Fernando se preparó a bien morir. El tránsito debía hacerse de manera pública, serenamente, sin veladuras, improvisaciones ni ocultaciones, ante todos. Así era la muerte medieval Así era la muerte medieval y así ha sido hasta no hace tanto. Volvió el Rey ...

CARTAS CAÍDAS DEL CIELO

Hubo un tiempo en el que se enviaban cartas desde el Cielo. Una de éstas, "a nombre de Cristo", llegó hasta Vincencio, obispo de Ibiza en el siglo VI. La consideró tan verdadera que la hizo pública en el púlpito para general conocimiento y asombro de los fieles. Recoge el caso Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles que, además, menciona otros ejemplos de comunicación epistolar desde las alturas como la carta del Redentor a Abgaro de Edessa y otra que decían remitida por la Virgen a los ciudadanos de Messina. Todos estos prodigios y extravagancias fueron muy del gusto de la época, saturada de herejías y, en particular, de los gnósticos, aunque, según don Marcelino, la carta difundida por el obispo de Ibiza parece más obra de un cristiano muy influido por el fariseísmo, por su especial insistencia en respetar los domingos y en cumplir con ciertos rituales alimentarios. No hay que pensar que todos creían en estas historias y fantasías. La Iglesia ha sido sie...

TAMBIÉN LOS ANIMALES SE ACOGÍAN A SAGRADO

Los cementerios y las cercas de los templos, hasta treinta pasos alrededor, concedían inmunidad a los perseguidos. El presbítero don Antonio de Lobera y Abío, a mediados del siglo XVIII, trató el asunto que, entonces, era fuente de enconadas polémicas y diferencias entre los regalistas y los partidarios de que se respetase la inmunidad de los lugares sagrados. Menciona el presbítero el caso de un jabalí que, perseguido por "El Rey Don Sancho El Mayor de Navarra, y Castilla, gran cazador", se refugió en las ruinas de un templo que estaba bajo la advocación de san Antonio Mártir. Se amparó la criatura junto al lugar donde estuvo el altar mayor y eso le salvó la vida pues cuando se dispuso el Rey a lanzarle un venablo, su real brazo “quedó de tal fuerte entorpecido que no lo pudo menear”. Todo estaba bien claro: el jabalí estaba acogido a sagrado y gozaba de la protección divina que, al fin y al cabo, todos somos hijos de Dios. Después - tras apuros, rezos y ruegos- recuperó Don...

MORTAJAS DE CABALLEROS

A veces, cuando iban a amortajarlos, bajo los tafetanes y los paños finos encontraban cilicios y estameñas que, en silencio, habían vestido durante años. Así, don Juan Manuel, señor de Belmonte de Campos, guarda mayor de Juan II, mandó en 1459 ser enterrado con el hábito dominico “que trage toda mi vida”. __________________  Un extracto de su testamento en Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, eds. M.A. Ladero Quesada y C. Olivera Serrano, Universidad Carlos III de Madrid, 2016.

SAN MARTÍN

Día grande del santoral medieval, último cobijo, con su veranillo, antes de los rigores de la estación, paso obligado en el camino hacia la Nochebuena. Su día iniciaba, antes de la reforma del calendario y según algunos estudiosos, la Cuaresma invernal, un período de purificación que terminaba en Navidad. Somos devotos de San Martín por su cortés acción de compartir su capa con un pobre, aterido de frío por hielos de otro tiempo. En su gesto está marcado el camino a seguir por todo caballero cristiano.

LA EMPRESA DEL SEÑOR DE BEAUMONT

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Isabel, reina de Inglaterra, era hija de Felipe el Hermoso de Francia. Vivió en la primera mitad del siglo XIV. Mal casada con Eduardo II, se le hizo la vida tan insufrible en las Islas, por ingratitudes y celadas, que decidió retornar a Francia en busca de amparo. Fue muy bien recibida y agasajada por su hermano el rey Carlos Capeto pero, pasado el tiempo, razones de Estado y mezquindades cortesanas le hicieron ver que debía buscar otro cobijo. Siempre ha sido así con los reyes desterrados y caídos en desgracia. Mucho le quedaba por penar y padecer a tan gentil reina. Hubo de recurrir, entonces, a quien con más generosidad y valor estuviese dispuesto a hacer valer su derecho. Encontró una espada a su servicio en Jean de Hainaut, señor de Beaumont, hermano del conde de Hainaut, que le dijo:  “ciertamente señora, ved aquí a vuestros caballeros que os seguirán hasta la muerte aunque todo el mundo os falle. Haré todo lo que pueda para acompañaros a vos y a vuestro hijo a Inglat...