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Mostrando las entradas etiquetadas como la cara antipática de la Ilustración

CAMPOMANES, LOS OFICIOS, LAS GALAS Y EL TRABAJO

Es innegable que los ilustrados españoles tenían razón en buena parte de sus críticas. A pesar de todo, en ocasiones, se excedían en sus censuras y mostraban cierta soberbia. Condenaban el ocio como condición propia de la vida noble. Así, Campomanes afirmará: "el vivir ociosamente con el sudor de nuestros hermanos es un gravísimo pecado moral y político". Es verdad. El desprecio al trabajo no podía ser aceptable, ni por razones morales ni por sentido cívico. Sin embargo, no todas las ocupaciones contaban con la simpatía o la aprobación de nuestro ilustrado. De esta forma, consideraba dentro de la categoría de ciudadanos aplicados a los militares, a los empleados en el gobierno civil, a los profesores públicos,  a los agricultores, a los criadores de ganado, a los comerciantes y a los artesanos. Los demás, supongo que con excepción del clero secular, debían ser conceptuados como inútiles y tratados como vagos. Deberían además, como precio de su pereza y compensación a la socie...

VIAJAR EN COCHE NO ERA PARA JOVELLANOS

Jovellanos tenía a veces un carácter un tanto descontestadizo. Veamos su opinión sobre los viajes en coche de caballos. No les podía negar ciertas ventajas: "es ciertamente una cosa muy regalada", decía, pero "no muy a propósito para conocer un país". La causa: "la celeridad de las marchas ofrecen a la vista una sucesión demasiado rápida". Además, "el horizonte que se descubre es muy ceñido, muy indeterminado, variado de momento en momento y nunca bien expuesto a la observación analítica". C.S Lewis, otro gran conservador, coincidirá, en cierta medida, con las apreciaciones de Jovellanos cuando, en Surprised by Joy (1955) ,  afirmó que uno de los efectos más deplorables de los transportes modernos es que acababan con las distancias -"uno de los dones más preciados que hemos recibido"- y que un joven de su tiempo viajaba cientos de kilómetros con una sensación de liberación menor que la que experimentaban sus abuelos en un viaje de quin...

EL OTRO SIGLO XVIII

El campo no era lugar seguro en el siglo XVIII. Es evidente que los casos de asaltos, contrabando y bandolerismo marcaron el tono de la vida en caminos y despoblados. La inexistencia de unas fuerzas de seguridad profesionales y dependientes de la Corona, las imperfecciones de las leyes reales y de los mecanismos procesales, además del miedo -o la tolerancia en algunos casos- de caciques, regidores, alcaldes y escribanos perpetuaron esta situación. Éste panorama tardó mucho en cambiar. Fueron necesarias la consolidación del Estado liberal, la fundación de la Guardia Civil y la adopción del telégrafo. Y, con todo, costó mucho. Los crímenes, en general, fueron muy frecuentes en la España rural de tiempos pasados. Otra cuestión es la imagen idealizada que, tantas veces, se tiene del pasado. No fue sólo un siglo de ilustrados y gabinetes. Hubo un XVIII bronco y peligroso. Escribo al respecto, y sirva de muestra, sobre algunos...

COCINA PARA CAMINANTES

Moratín no tenía buena opinión de la cocina popular. Menos todavía de la que se dispensaba en las ventas. Advertía a Juan Antonio Melón, en 1825: "Guárdate de los hartazgos de callos, huevos duros, tarángana, sardina frita, chiles, pimientos en vinagre, queso y vinarra, que tanto apeteces por esos ventorrillos, rodeados de moscas y mendigos y perros muertos". Buena pitanza, sin duda, para levantar una partida. Da lo mismo  la facción, obediencia o bandera. O para conducir, con buen ánimo, una yunta. Es más, sería todo un festín en aquellos años. Dieta inapropiada, lo debemos admitir, para paladares refinados y digestiones achacosas. A Moratín, afrancesado y doliente, no le podía gustar tal minuta. Tampoco se dejó llevar por la nostalgia, en materia culinaria, durante su mal llevado exilio en Burdeos. Su rechazo a los huevos duros y a las sardinas aparece en alguna carta más.

PERSECUCIÓN DE VAGOS

Fue propia de la mentalidad ilustrada la defensa de la ética del trabajo y la persecución de la vagancia. En siglos anteriores, los mendigos -siempre que no fuesen vagabundos o desconocidos- no eran considerados como parásitos ni, necesariamente, como maleantes. Había, incluso, una ociosidad respetable a la que aspiraban todos los que tenían pretensiones nobiliarias. Con el siglo XVIII todo comenzó a cambiar. Así, en 1771 el corregidor de Mancha Real, Reino de Jaén, fue la pesadilla de Tomás de Ávila. Era éste un mozo de veintidós años de edad al que el Corregidor "mal instruido de algunos vecinos" apresó y puso a buen recaudo "haviéndole agregado al real servicio". Dispuso el representante de la autoridad real que se convirtiese en soldado. El motivo era considerar a Tomás de Ávila "en la clase de vago y mal entretenido". La madre del susodicho negó, ante la Real Chancillería de Granada,  tal acusación pues, muy al contrario, el potencial recluta era ...