CAMPOMANES, LOS OFICIOS, LAS GALAS Y EL TRABAJO
Es innegable que los ilustrados españoles tenían razón en buena parte de sus críticas. A pesar de todo, en ocasiones, se excedían en sus censuras y mostraban cierta soberbia. Condenaban el ocio como condición propia de la vida noble. Así, Campomanes afirmará: "el vivir ociosamente con el sudor de nuestros hermanos es un gravísimo pecado moral y político". Es verdad. El desprecio al trabajo no podía ser aceptable, ni por razones morales ni por sentido cívico. Sin embargo, no todas las ocupaciones contaban con la simpatía o la aprobación de nuestro ilustrado. De esta forma, consideraba dentro de la categoría de ciudadanos aplicados a los militares, a los empleados en el gobierno civil, a los profesores públicos, a los agricultores, a los criadores de ganado, a los comerciantes y a los artesanos. Los demás, supongo que con excepción del clero secular, debían ser conceptuados como inútiles y tratados como vagos. Deberían además, como precio de su pereza y compensación a la sociedad, pagar quinientos ducados al año.
Otros oficios los clasificaba, no sin desdén, como "mujeriles". Era el caso de los sastres, los confiteros, los manguiteros, los peluqueros, los zapateros de lo fino, los peineros, los medieros, los colchoneros, los botoneros y los regatones de frutas y pescado. Decía: "vemos con vergüenza los miembros velludos de un atleta empleados en manejar una aguja, rizar un peluquín y confitar una pera" y se escandalizaba cuando constataba que "no hay oficio mujeril que los hombres no se hayan hecho dueños". Era injusto y un tanto reaccionario en dichas apreciaciones, alejado de lo que habría defendido un liberal. Quizás no apreció que estas actividades, lejos de ser la causa de la pobreza del Reino, eran la consecuencia de la relativa prosperidad de los españoles en la etapa final del Antiguo Régimen.
Este fondo elitista afloraba cuando comprobaba que hasta las gentes más modestas lucían o vestían telas, galones, bordados o alhajas de oro; "hasta la baja plebe brilla por todas partes cargada de este rico metal". Proponía , en cambio, que los trajes con oro y piedras preciosas quedasen sólo para uso de los grandes y títulos y que el estado llano se conformase, como mucho, con la seda. No imaginamos a los jornaleros del campo con tales galas, pero sí a las clases populares, urbanas y goyescas, con prendas de cierto lujo discreto para los días grandes y festivos. Estaban en su derecho. Y a todos nos conviene, ahora igual que en tiempo de Campomanes, oxigenar la vida de vez en cuando, aunque sea con una pera confitada.
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