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EL QUE VIENE DE BUENOS ES BUENO

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Leandro Fernández de Moratín pasó en Francia el verano de 1787. Fue su primer viaje a esa monarquía, como secretario de Cabarrús y bajo la protección de Godoy. París, poco antes de la Revolución, era un hervidero de ideas, de expectativas y de ánimos irritados. El 28 de agosto escribió a Jovellanos: “me parece que estaba aquello a punto de dar un estallido”. Más adelante, en su segundo viaje, verá con el horror propio de un hombre del Antiguo Régimen en qué paraba todo eso. Desde París, escribió una carta a su tía, doña Ana Fernández de Moratín que, por lo que deduzco, le había dado unos consejos para que no se dejara llevar por la disipación de París. Moratín la tranquilizó y describió la honorable y virtuosa compañía con la que contaba en su estancia: “esta ciudad, con todos los medios de corrupción que ofrece, no parece que altere en nada la austeridad de mis principios”. Recordaba también el ejemplo de su padre y “la honradez y el amable candor de mi abuelo”. Remataba su argume...

ILUSTRADOS, ROMÁNTICOS Y ABURRIMIENTO

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Rüdiger Safranski en su Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán  analiza, entre otras muchas cuestiones, la relación de los románticos con el aburrimiento. Aporta precedentes al respecto. Era un estado de ánimo, según Montesquieu, unido a los poderosos: "Su grandeza les obliga a aburrirse". A esto alegaba que "Todos los príncipes se aburren: una prueba de esto es que van de caza". Rousseau, en la misma línea argumental, declaraba: "El pueblo no se aburre; lleva una vida activa [...] El azote de los ricos es el aburrimiento". Ya en pleno romanticismo Eichendorff asociaba el aburrimiento a la vida urbana. La glorificación de la pobreza y de la vida de aldea no era nada nuevo, sino una idea defendida por los que vivían en ciudades y no sin un notorio desahogo económico. La visión española del asunto es más realista y más sombría. Así Jovellanos, en su  Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y sobre su origen...