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Mostrando las entradas etiquetadas como Inquisición

LA GENTE, LA CALLE Y EL AUTO DE FE DE 1680

El 30 de mayo de 1680, día de la Ascensión, se pregonó el Auto de Fe en distintos puntos de Madrid.  En la Puerta de Guadalajara "fue tan grande el concurso de gente y de los coches que concurrieron, que el mismo deseo de verle estorbaba a la muchedumbre el cumplirle". Las aglomeraciones y atascos llevaron a ordenar que, desde la víspera del día del Auto y durante las procesiones, no circulasen caballos ni coches. Además de las muchas desgracias que podían producirse por el excesivo tráfico, las cuestiones de precedencia en las calles provocaban conflictos protocolarios que, con facilidad, derivaban en situaciones violentas. Fueron, además, días de mucho calor. Durante las primeras horas de la mañana del 30 de junio, se concentró mucha gente en las calles. Éstas se habían cerrado y se levantaron tablajes y nichos para presenciar la procesión de los ciento veintitrés condenados hacia la Plaza Mayor.  Tuvieron que retrasar la salida hasta las siete de la mañana por "el con...

LA LEÑA DEL REY

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José del Olmo, alcaide y familiar del Santo Oficio, escribió una relación del Auto de Fe del 30 de junio de 1680. Además, dirigió la construcción del teatro, tablados y gradas en la Plaza Mayor de Madrid, donde tuvo lugar este suceso terrible y barroco. Un mes antes, el 30 de mayo, jueves y día de la Ascensión, lo pregonaron por la Villa y Corte. Cuando lo hicieron en la Plazuela de Palacio, los reyes estaban "estaban a la vidriera" y, así, asistieron a esta solemnidad. Carlos II adelantó esa tarde su vuelta a Palacio desde el Retiro, donde visitaba a su madre Doña Mariana de Austria.  Esto se consideró cosa de mucho mérito. Al acercarse la fecha del Auto de Fe, el 28 de junio, terminaron las obras del teatro en la Plaza Mayor. Fue cuando la compañía de Soldados de la Fe salió de su cuerpo de guardia, en las casas del Tribunal de Corte, y se dirigió a la Puerta de Alcalá para recoger la leña con la que quemarían a los condenados a muerte. La había mandado depositar allí el ma...

"SI JUSTICIA OVIERA EN EL MUNDO" (DEL HIJO DE UN MÉDICO CONFESO)

El licenciado Juan de Carmona, vecino de Montilla, era médico y confeso. Hacia 1575 el Santo Oficio procedió contra su hijo, llamado Antonio de Silva. Por el apellido parece que era de origen portugués. En una conversación, "tratando de conversos", dijo: "si justicia oviera en el mundo que el Papa, Rey, obispos y arzobispos avian de ser confesos, más que andava el mundo al revés y que lo mejor que el Rey tenía era traer una brizna". No le faltaba orgullo de casta a Antonio de Silva y no siempre se podía estar callado. Aunque las paredes oyesen. Respecto a la brizna de sangre judía de Felipe II, debía de referirse al linaje de Doña Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico. Era asunto conocido en aquellos siglos. Alguien escuchó esta afirmación y fue denunciado. Desconozco cómo acabó todo.

MENUDENCIAS DEL SANTO OFICIO

No todo eran grandes autos de fe y condenados a la hoguera. El Santo Oficio tenía que resolver, con frecuencia, casos de poca monta originados por opiniones y afirmaciones arriesgadas, formuladas por gente corriente, que podían considerarse heréticas. En estos casos, las penas impuestas por los inquisidores solían ser leves, aunque con dolorosas consecuencias, y consistían en penas de destierro, cárcel, multas y azotes. En ocasiones, todo acababa con una reprensión y con el miedo metido en el cuerpo de por vida. Cabe pensar que, en la mayoría de los casos, se trataba de afirmaciones pronunciadas a la ligera, de manera temeraria y ante un público impresionable y no siempre bien intencionado. El Santo Oficio, sin embargo, hilaba fino en estas cuestiones pues, como bien indica Julio Caro Baroja, en el siglo XVI no era necesario haber leído o tener noticia de Lutero para opinar igual que él, en ciertos aspectos, y había que evitar la normalización de tales opiniones en el ámbito cotidiano....

DE LA COMUNIÓN FRECUENTE EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

En los siglos XVI y XVII no siempre se veía con buenos ojos la comunión diaria. Fue una práctica desaconsejada, entre otros, por  san Juan de Ávila . Con tres o cuatro veces al año, decía, era más que suficiente para la gente corriente y advertía con claridad: "no les suelte la rienda a comulgar quantas vezes quisieran; que muchos comulgan más por liviandad que no por devoción y reverencia". También mantenían gran reserva al respecto las  Constituciones Sinodales de Jaén de 1624.  Recibir la comunión con demasiada asiduidad, sin ser clérigo, podía ser indicio de erasmismo, iluminismo, quietismo e incluso luteranismo. O, sencillamente, de tomarse demasiado a la ligera lo más alto.   San Ignacio de Loyola   recomendaba en sus  Ejercicios Espirituales  la comunión frecuente - cada ocho días- aunque no sin un riguroso examen de conciencia y una estricta disciplina de los sentidos y potencias del alma. Estas prudentes recomendaciones no le evitaron cua...

EL AGUINALDO DE LOS INQUISIDORES

Decían que eran largos e inciertos pero los pleitos contribuían a animar los lentos días del Antiguo Régimen. Los que vivían en aquellos tiempos los iniciaban y, con mucha probabilidad, no veían en este mundo su desenlace pero eso era lo de menos. Lo mismo que se legaban títulos, mayorazgos y censos, también se heredaban, con absoluta naturalidad, pleitos. No había institución notable o familia medianamente rancia que no contase con un nutrido historial de litigios resueltos y de otros por resolver o iniciar. En las tardes de invierno, junto al brasero, se urdían posibles recursos, poderes y alegaciones, se urdían estratategias y se recordaban victorias sobre primos ambiciosos o, también, se rumiaban derrotas nunca atribuidas a la falta de razón sino a las intrigas y desidias de solicitadores y escribanos.   Uno de estos pleitos fue el mantenido por el Tribunal del Santo Oficio de Córdoba contra el Deán y Cabildo Catedralicio de Jaén. Según la Inquisición, diferentes bulas y ...

SOBRE PATRONAZGOS Y PAISANAJE EN EL SIGLO XVIII

En el Antiguo Régimen las relaciones de poder y la influencia social se fundamentaban en unos sólidos vínculos personales.  El patronazgo se articulaba a partir de una serie de deberes derivados, con mucha frecuencia, de la pertenencia a un determinado linaje y de una común procedencia geográfica. Ejercer una notoria protección por razones de parentesco y paisanaje, en perjuicio de otros si era necesario, no era una conducta reprobable sino, al contrario, digna de elogio. No dejaba de ser un comportamiento propio de sociedades en las que el Estado, las leyes y el propio concepto de ciudadanía eran débiles. El lectoral don Juan Julián de Titos , en 1793, alababa la conducta del obispo de Jaén don Agustín Rubín de Ceballos*. Al ser éste nombrado inquisidor general, hizo de su casa en Madrid, en tiempos de Carlos III,  "el asilo y refugio de todos los del Reyno de Jaén, así para sus necesidades, como para sus pretensiones". Ejercía su protección sin trabas, no castigaba a los p...

SOR MARTINA DE LOS ÁNGELES Y EL SANTO OFICIO

Sor Martina de los Ángeles y Arilla (1573-1638) nació en Villa Mayor, Zaragoza. Fue monja dominica y tuvo fama de santa y milagrera. Su biografía está repleta de mortificaciones terribles, de actos piadosos, desmesurados y extravagantes. Una pura expresión de la religiosidad barroca en su versión más excesiva. A finales del siglo XVIII el Santo Oficio, siempre con la desconfianza por bandera, prohibió ciertas estampas en las que sor Martina aparecía "con aureolas, y el Padre Eterno sobre su cabeza, en otras Christo y María Santísima, a sus lados, llenándola de resplandores". Los señores inquisidores mandaron también recoger "todas las Cruces, Cuentas, Piedras, tierra de su Sepulcro, que se divulgaron como reliquias"*. En la historia de su vida, escrita en tiempos de Carlos II por fray Andrés de Maya, se dice que cuando sor Martina rezaba el Rosario y las oraciones de la Pasión "cada palabra que dezía, se convertía en una Flor hermosísima; y un Angel, que ten...