LA GENTE, LA CALLE Y EL AUTO DE FE DE 1680
El 30 de mayo de 1680, día de la Ascensión, se pregonó el Auto de Fe en distintos puntos de Madrid. En la Puerta de Guadalajara "fue tan grande el concurso de gente y de los coches que concurrieron, que el mismo deseo de verle estorbaba a la muchedumbre el cumplirle". Las aglomeraciones y atascos llevaron a ordenar que, desde la víspera del día del Auto y durante las procesiones, no circulasen caballos ni coches. Además de las muchas desgracias que podían producirse por el excesivo tráfico, las cuestiones de precedencia en las calles provocaban conflictos protocolarios que, con facilidad, derivaban en situaciones violentas. Fueron, además, días de mucho calor.
Durante las primeras horas de la mañana del 30 de junio, se concentró mucha gente en las calles. Éstas se habían cerrado y se levantaron tablajes y nichos para presenciar la procesión de los ciento veintitrés condenados hacia la Plaza Mayor. Tuvieron que retrasar la salida hasta las siete de la mañana por "el concurso, así de los cortesanos como de los forasteros que vinieron atraídos de tan proclamada novedad". A las tres de la madrugada, en esa noche de espanto, repartieron entre los penitenciados los sambenitos y demás vestiduras y después les dieron el almuerzo. En el teatro, graderío y tablajes de la Plaza Mayor hubo también cierto desorden. Algunas localidades "hallándose ocupadas de personas a quien no les pertenecían las gradas de los asientos, las despejó el señor marqués de Malpica con sus alabarderos". Cabe pensar que con protestas de los expulsados, por tener que sufrir tal desaire y además en público. Y esto se ejecutó de manera precipitada, incompleta y quizás descompuesta para no hacer esperar al Rey y personas de mucho rango por lo que "no se pudo lograr con punto su cuidado".
El sermón, muy largo, fue pronunciado por el dominico fray Tomás Navarro, calificador de la Suprema y predicador del Rey. Dice el autor de la relación, José del Olmo, que se escuchó bien, a pesar del "mormullo de tanto pueblo" pues "no hay voz tan valiente que pueda sujetar tan invencible auditorio ni contrastar el rumor de los que por distantes no perciben lo que escucha y preguntando lo que no oyen se estorban unos a otros lo que pretenden". Ni tampoco hay, creo yo, fiel católico capaz de no perder el hilo en semejante muestra de oratoria sagrada. Sí estaba atento el pueblo cuando los inquisidores perdonaron, en el último momento, a unos condenados a muerte. Todos prorrumpieron en aplausos. Durante las ejecuciones, ya acabado el Auto de Fe, "la multitud de gente fue tan crecida que no se pudo guardar el orden y así se egecutó sino lo que convino, lo que se pudo".
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