LA LEÑA DEL REY
José del Olmo, alcaide y familiar del Santo Oficio, escribió una relación del Auto de Fe del 30 de junio de 1680. Además, dirigió la construcción del teatro, tablados y gradas en la Plaza Mayor de Madrid, donde tuvo lugar este suceso terrible y barroco. Un mes antes, el 30 de mayo, jueves y día de la Ascensión, lo pregonaron por la Villa y Corte. Cuando lo hicieron en la Plazuela de Palacio, los reyes estaban "estaban a la vidriera" y, así, asistieron a esta solemnidad. Carlos II adelantó esa tarde su vuelta a Palacio desde el Retiro, donde visitaba a su madre Doña Mariana de Austria. Esto se consideró cosa de mucho mérito.
Al acercarse la fecha del Auto de Fe, el 28 de junio, terminaron las obras del teatro en la Plaza Mayor. Fue cuando la compañía de Soldados de la Fe salió de su cuerpo de guardia, en las casas del Tribunal de Corte, y se dirigió a la Puerta de Alcalá para recoger la leña con la que quemarían a los condenados a muerte. La había mandado depositar allí el marqués de Ugena, corregidor de Madrid. Cada soldado tomó un haz y la compañía partió hacia Palacio. Llegados allí, el capitán don Francisco de Salcedo subió al cuarto de Su Majestad por la puerta del retrete. Llevaba en su rodela una fajina, preparada "con el aliño y proporción más decente". Recibió la leña el duque de Pastrana y se la entregó al Rey que "por su propia mano la entró a mostrársela a la reina nuestra señora doña Luisa María de Borbón". Después la devolvió a Pastrana que la encomendó al capitán y le advirtió "que Su Majestad mandaba que la llevase en su nombre y fuese el primero que se echase en el fuego". Volvió el capitán a la Plazuela, puso la fajina en la bengala y los de la compañía amarraron las suyas a picas y mosquetes hasta depositarlas junto al brasero. La leña del Rey se guardó aparte en el cuerpo de guardia. José del Olmo, que además de los citados oficios, era ayuda de la furriela de Su Majestad y maestro del Buen Retiro y Villa de Madrid, describe el brasero: era de sesenta pies en cuadro y siete pies de alto, con una escalera de fábrica, de siete pies de anchura. Cerca del brasero clavaron unos palos para darles garrote a los reducidos que, por arrepentirse, no fueron quemados vivos.
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