Ir al contenido principal

SOBRE LA RECLUSIÓN DE UN CLÉRIGO EN EL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA

 En el invierno de 1987 o quizás de 1988 -no lo recuerdo con exactitud aunque da igual-  publiqué en Ideal, un breve artículo que, entre mis papeles, he recuperado. No el recorte de prensa, que tengo por ahí perdido, sino el texto mecanografiado. Tal y como lo escribí, con toda la ingenuidad, la precipitación y el entusiasmo de los pocos años, lo reproduzco en Retablo de la Vida Antigua:


Un dato inédito sobre el Santuario de la Virgen de la Cabeza.

<<El Santuario de la Virgen de la Cabeza ha sido, a lo largo de la historia, un símbolo de la vida de Andújar y como tal ha participado de forma directa en el acontecer de la mencionada ciudad. En estas líneas no vamos a hablar de la romería ni del culto mariano, sino de un aspecto interesante y desconocido del Santuario.

El 17 de noviembre de 1661, ante el escribano público Ramos de Ulloa, un clérigo llamado Juan López de Almodóvar, presbítero y vecino de Andújar, declaró estar en la Cárcel Eclesiástica de Jaén “en razón de haberse ordenado en la Curia Romana, hasta ser sacerdote”, por lo que fue condenado a ocho años de reclusión y a pagar “cierta cantidad de marabedís”. Hasta aquí no hay nada extraordinario en un siglo en el que los hombres, pertenecientes o no a la Iglesia, siempre estaban enzarzados en pleitos, pendencias y querellas; lo más relevante del suceso es que la condena la debía cumplir el atribulado clérigo “en la Iglesia y Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, termino de la dicha ciudad de Andújar”. Es interesante la descripción del entorno de dicho templo como “parte disierta, sin población”. Es indudable que el presbítero debió de observar un sombrío panorama, y bien de forma real o imaginaria, como en el famoso personaje de Molière, “estando cumpliendo la dicha sentenzia cayó malo y por no tener quien le curare en su enfermedad […] pidió licencia a el Señor Probisor para yr a curarme a la dicha ciudad de Andújar donde tiene su casa y abiendola pedido por tres beces se la denegó”. Debieron de ser momentos críticos ya que al verse “apretado decidió abandonar, por su propia cuenta, su lugar de encierro y marcharse a su casa para efeto de curarme y estando bueno volverse a dicho Santuario.” Pero poco debió de durar la vuelta al hogar pues pronto fue capturado y enviado a la Cárcel Episcopal de Jaén, donde se encontraba, como hemos indicado, en el momento de firmar la escritura, una vez más, por aber quebrantado su reclusión”.

Sirva este modesto dato para dar a conocer un aspecto del Santuario, testigo de los siglos y de la historia, incluso en sucesos tan oscuros como éste.>>



Comentarios

Entradas populares de este blog

MARIDILLOS

En los siglos XVII y XVIII había mujeres, para soportar los fríos, se ponían bajo las faldas unos hornillos de barro con una rejuela que recibían el jocoso nombre de maridillos. En vez de ascuas llevaban, en su interior, una pieza de hierro que se calentaba previamente al fuego. Así se evitaban accidentes e incomodidades con los tizones. En realidad, con tan sencillo ingenio, guardainfantes y tontillos  y demás vestuario acampanado, hacía las funciones de la castiza mesa camilla en los fríos inviernos barrocos. Todo esto lo escribo al leer, en esta tarde de clausura -como fraile travieso castigado en cárcel episcopal- una relación de precios de 1622 en la que se indica: “maridillos ordinarios,  seys maravedis”. Se labraban en Alcorcón y se vendían en muchas partes del Reino.

EL VISITADOR GENERAL DE TINTES DEL REINO

Se llamaba don Luis Fernández. Ejerció el oficio de visitador general de tintes del Reino cuando acababa el Antiguo Régimen. Inició su tarea cuando reinaba la devota, ilustrada y cazadora majestad de Carlos III, padre de sus pueblos. Supongo que las obligaciones de este oficio, consistirían en fiscalizar y contrastar la calidad de los tintes para evitar fraudes y desengaños. Nada más dieciochesco y de mayor utilidad pública. Los tintes, antes de que los químicos alemanes democratizasen las posibilidad de vestir ropas de colores, eran caros y escasos, frecuentemente de origen exótico. Me pregunto si el colorido de majas, currutacos y chisperos goyescos debió algo al rigor y a los desvelos de nuestro visitador. Tenía que saber mucho del añil, del índigo, la grana o la cochinilla. Vivió don Luis cuatro reinados -no cuento el del Intruso-, sobrevivió a la guerra y quizás admiró secretamente los colores de coraceros, dragones y mamelucos. En aquellos días de revoluciones y reacciones, abraz

DÍAS DE EXILIO EN INGLATERRA (1842)

En nuestro siglo XIX la experiencia del exilio fue compartida por unos y otros: liberales febriles y exaltados, circunspectos progresistas, carlistas no controlables por abrazos y convenios, republicanos de distinta obediencia y moderados. Siempre imaginamos a estos últimos como aburridos administradores y burgueses de brasero y chocolate pero no, los hubo de vida arriesgada e incorregiblemente aventurera. Uno de ellos fue el general Fernando Fernández de Cordova. Dejó constancia de esta experiencia en sus memorias, publicadas en 1889. Partió al destierro durante la regencia de Espartero. Estuvo primero en Lisboa y Évora y, desde allí, acudió a la llamada del general Narváez en abril de 1842, entonces emigrado en París. Para llegar a esta ciudad, Fernández de Córdova, pasó primero por Inglaterra. Viajó en un buque llamado Britania, cuyo capitán conocía. Hizo la travesía sin grandes inconvenientes ni padecer mareos “sin duda para no desmentir mi raza, toda de marinos”. Desembarcó en So