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VENCEJOS



Ahora que los campos de trigo y cebada están para mirarlos, y pasar las horas muertas en su contemplación, conviene recordar que los cordeles, ligaduras o ramales, a veces de esparto, que sirven para atar las mieses reciben el nombre de vencejos. Era una palabra de uso extendido todavía en los años cincuenta y así la recogieron Manuel Alvar, Gregorio Salvador y Antonio Llorente en su monumental Atlas lingüístico etnográfico de Andalucía. También García Yebra escribió muy bien al respecto. El vencejo es, además, una criatura del cielo que hace prodigiosos alardes de potencia y agilidad en su vuelo. Decía Sebastián de Covarrubias, a inicios del XVII, que es "ave peregrina, que se va a otra region los inviernos, y buelve los veranos" y la asociaba con las ataduras antes citadas "porque tiene los piezecillos cortos, pero las uñas muy largas, y lo que aprieta lo tiene fuertemente". No puedo decir si tiene o no mucho fundamento esta explicación pero es una maravilla y eso basta. Además, en el Diccionario de Autoridades (1739) se afirma que, en lenguaje de germanía, a la pretina también se le da el nombre de vencejo. Aquí, en la altura de mi observatorio, si se está callado y atento, se escucha, como un regalo, el roce de sus alas cuando pasan cerca. 

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(Miguel de Unamuno, Definición del jabalí, en La enormidad de España. La imagen: BNE, CC.)

DESPERTAR EN VENTA DE CAMINO

Comenzaba la jornada entre ladridos de perros, juramentos de arrieros y descomedidos bostezos de mozos de mulas. Por fuerza tenía que ser ruidoso el despertar de la venta. La noche, mala o regular, en estancias pequeñas o destartaladas, a las que se accedía por escaleras imposibles, con postigos de mal encaje y cuarterones desencajados, horas de mal abrigo con mantas ruanas y piojos maleados por compañeros de cuarto. Poco que ver con las acogedoras posadas de algunos relatos de Dickens. Ya entrado el siglo XIX, la implantación de las diligencias obligó a cierta mejora en los servicios de ventas y demás hospedajes. No creo, la verdad, que se cambiase mucho. Volvamos a la mañana. En un manual de diligencias de 1831, se indica que el viajero de primera, por dos reales, podía desayunar, a elegir, chocolate, café o té -con sin leche- un vaso de leche con azúcar o, para los más castizos, un par de huevos con vino. Por un real más se podía añadir, para iniciar el día y aclarar la garganta, u…

COSMÉTICA BARROCA

Uno de los patios centrales del Alcázar de Madrid estaba decorado con bustos. Los que representaban figuras o personajes femeninos tenían los hombros y las mejillas pintados de colorete. Es un reflejo de la gran difusión de los afeites en la España del siglo XVII. Causaba, ese hábito de maquillarse, gran contrariedad no sólo entre moralistas y censores sino en personajes tan conocedores del mundo como Quevedo y Lope de Vega, ya precedidos en estas posiciones por humanistas italianos como Piccolomini o Castiglione. Mariló Vigil cita a Francisco Santos, autor de Día y noche de Madrid, donde se menciona la existencia de "quitadoras de vello" a domicilio que vendían, además, "pasas aderezadas, canutillos de albalyalde, solimán labrado, habas, parchecitos para las sienes, modo de hacer lunares, teñir canas, enrubiar el pelo, mudas para los paños de la cara, aderezo para las manos..".  Ya podían clamar contra los afeites unos y otros pero todas estas mixturas, al margen d…