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LOS GUSANOS DE SEDA Y EL ORDEN DEL MUNDO


Contemplar los gusanos de seda tenía algo de estampa del Japón: “En los que crían / gusanos de la seda / hay algo antiguo”. Lo escribió uno de sus poetas hace ya muchos siglos. Sin sospecharlo ni ser aficionados por entonces a japonismos, por San José, abríamos las cajas de cartón y con ceremonia desplegábamos un trapo. Y allí estaban, milagrosamente, recién nacidos, los gusanos de seda. Después venía su callado quehacer, hasta que labraban los capullos y se enclaustraban dentro para transmutarse, resplandecientes como resucitados, en modestas mariposas. Lo siguiente, entre las tareas que Dios les había encomendado desde el origen de los tiempos, era dejar segura a su futura descendencia y así, en la oscuridad de su recogimiento, contribuían a sostener el orden del mundo. 

Comentarios

  1. El comercio de la seda cambiaría ese orden.

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    1. El de la seda sí, creo, en cambio, que no el de los gusanos.
      Muchas gracias por su comentario, señor Josia.

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  2. Cuenta una leyenda nipona que la joven hija de un panzudo comerciante de telas vino a enamorarse de una polilla de la seda tan gruesa como el padre porque su zumbido, dentro de la caja de madera donde la guardaba, era dulce como la miel, sentido como la muerte, y que las demás polillas, por también gozar de él, detenían sus alocados vivires y se prendían muy quietas de la paredes de la caja.

    Lo cierto es que no recuerdo si fue que leí esta leyenda o que la soñé de pequeño, cuando en la escuela llevábamos las cajas de gusanos por ver quien tenía más o mejores trenzadores de pálidos hilos. Sea como fuere, al cabo la moda cambiaba, y nada más morir la gusanada venía la estación de las peonzas, que a su vez, tal era el sino, moría en favor de la de cromos. Pero, como trae la nota arriba, tan oportuna en estos tiempos de tontas mudanzas, tal era el orden del mundo, y era bueno que así fuera.

    Saludos cordiales,
    José Antonio Martínez Climent

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    1. “La estación de las peonzas”. Es una maravilla.

      Mil gracias, don José Antonio.

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    2. A Vd., D. Angel, a Vd., que anima con sus notas antiguas estos tiempos tan sosos y altivos, recordándonos que donde la modernidad ve revisionismo y motivo de superación hay quizá un fondo de belleza que no cesa de manar, a poco que se lo nombre.

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