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SALAS DE ARMAS

Las salas de armas contaron con una gran aceptación entre nobles y hombres de clase media, de aficiones aristocráticas, en el siglo XIX. Algunas se mantuvieron hasta el primer tercio del XX para desaparecer después de la Guerra Civil. En cierta medida debían de tener mucho de club y de sociedad deportiva y eran una consecuencia de la reivindicación romántica de los valores caballerescos. También de los numerosos duelos que se producían entre militares, políticos y periodistas. Antonio Díaz Cañabate recordó la sala de armas a la que era asiduo en su juventud, regentada por don Ángel Lancho. Frecuentaba dicho lugar Carlos Arniches pues tenía afición a ver, serio y tétrico, como sus tres hijos practicaban con el florete, la espada o el sable. En una de sus obras, amarga y regeneracionista, La Señorita de Trevelez, aparece un personaje, don Gonzalo, que era instructor de esgrima. Escribió Díaz Cañabate: "Una sala de armas era en la ciudad moderna la puerta de escape al pasado. Al entrar en ella salíamos hacia el ideal, hacia lo inexistente. Nos dejábamos en la calle al hombre de hoy y nos transformábamos en el hombre que fue", y añade, "dadle a un rufián un guante y una espada y veréis como se ennoblece".
             Para conocer algunos detalles sobre lo que eran las salas de armas podemos recurrir a la obra de Antonio Álvarez García, oficial de Infantería y profesor de esgrima del Regimiento de Infantería de Córdoba, número 10, y del Regimiento de Infantería de la Reina. En 1887 publicó un libro titulado: Manual de Esgrima de espada y de Palo-Bastón, editado en Granada por la Imprenta de don Paulino V. Sabatel, calle Mesones 52. En el tratado se da cuenta de los efectos con los que debía contar una sala de armas en condiciones, a saber: 18 floretes, 18 sables de madera con guarnición de acero, una docena de sables de combate, otra de sables de vara de acebuche, olivo o fresno de un dedo de grueso, más o menos, con guarnición de baqueta, y sigue enumerando, seis espadas de taza con botón, seis dagas de taza también con botón, seis espadas "modernas" con botón, cuatro palos bastones de un grueso regular, cuatro petos "para dar lección" y otros cuatro "para tirar asaltos", guantes, manoplas y  zapatillas en abundancia. Recomendaba el autor disponer en el testero de la sala, en medio de un trofeo, mazas, ballestas, dagas de gavilanes, arcos y flechas, espadines y, entre otras armas, sables de infantería y caballería, para crear un ambiente marcial y medievalizante.
          

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