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UN DIPLOMÁTICO ESPAÑOL EN PEKÍN (1868)




“Paréceme que estoy viendo á. V.M. al lado de su augusto esposo y acaso rodeado de toda su Real Familia, leyendo estos garrapatos de su leal Quevedo, escritos a tantos millares de leguas de distancia y con tantas regiones y mares intermedios”. Así comenzaba la carta, enviada a Isabel II, de don Heriberto García de Quevedo, ministro residente del Reino de España en China, con representación además en Japón y Cochinchina. Escribía a inicios de junio de 1868 y lamentaba la muerte del general Narváez. Hombre de convicciones moderadas y monárquicas, alababa desmedidamente a González Bravo entonces nombrado presidente del Consejo de Ministros: “este hombre público reúne a una grande iniciativa, una de las mayores inteligencias de nuestra patria”. Aunque don Heriberto pensaba que “estar en China es poco menos que estar en el limbo”, no carecía de información veraz sobre los malos tiempos que se avecinaban para el Trono.  Proclamaba ante la Reina que “si bien conozco mi pequeñez e insuficiencia; pero en las convulsiones que pueden sobrevenir, un súbdito leal y decidido nunca está de más y sobre todo mi corazón me arrastra hacia allí y jamás me consolaré de no haber estado cerca de V.M. si su Real Persona o la Dinastía corren algún peligro”. A Doña Isabel debieron de parecerle estas palabras tan agoreras como, pasado el tiempo, clarividentes pues tres meses más tarde partía camino del destierro. Sin embargo, continuaba don Heriberto, bien valía la pena la lejanía si se podían prestar servicios en China, Japón y la Cochinchina, útiles para la presencia española en Filipinas “y a otros muchos de los dominios de V. en ambos mundos”. Aquí comenzaba el diplomático, a narrar los problemas de la representación española en Extremo Oriente. No deja de producir cierto asombro que se padeciesen estas carencias cuando España contaba con intereses de primer orden en la zona, debido a sus posesiones en Filipinas y en el Pacífico. Conviene tener todo esto muy en cuenta para explicar la modesta política exterior española del siglo XIX. Los achaques padecidos eran “del tipo y modelo que los franceses llaman intenables, lea V.M. insostenibles”. El primero era la falta de una residencia en propiedad para la legación española en Pekín. Era imperdonable, afirmaba,  que se tuviese que habitar una casa de alquiler, en comparación las legaciones de Francia, Inglaterra, Prusia y Rusia que contaban con magníficas sedes. Bien podría comprarse una “aunque sea muy modesta”, decía, pues “China toda persona decente vive en casa propia y redunda en desprestigio de la Representación de V.M el vivir en casa alquilada”. Además, pronto habría que ceder el inmueble, por razones que no precisa en la carta, ante la inminente llegada de los representantes de Estados Unidos, sin que hubiese en Pekín otra medianamente aceptable para alquilar. Otro obstáculo que produce asombro era el desconocimiento del idioma por parte de la representación española. García de Quevedo recordaba con cierto pesar lo padecido  en una visita del Príncipe Kong, nada menos que Presidente del Consejo de la Familia Imperial y del Consejo de Ministros, dignatario de gran poder en la política del Imperio, acompañado por dos miembros de su gabinete. El Príncipe, como era de esperar, no sabía una sola palabra de español y don Heriberto estaba en igual situación respecto al chino ya que reconocía: “yo ignoro completamente este idioma”. Por la fotografía que se adjunta se podría decir que el Príncipe Kong no debía de ser hombre de muchas bromas ni especialmente llano en el trato. Obtenga el lector sus propias conclusiones.

Tuvieron que recurrir a un intérprete. Sólo Dios sabe de dónde saldría y qué traduciría. Tampoco sabía chino, justo es decirlo, el predecesor de García de Quevedo, llamado don Sinibaldo de Mas y a pesar de sus numerosos años de servicio en el Imperio del Centro. García de Quevedo era tajante al denunciar esta situación: “aquí no hay ni en la Legación ni en los consulados un solo español que entienda debidamente esta difícil lengua”. Menciona a un señor llamado Aguilar, cónsul general en Macao que “apenas puede chapurrearlo” y al que desenmascara sin piedad pues “causa en verdad maravilla que por tanto tiempo haya traído engañado al Gobierno con sus pretendidos conocimientos del idioma chino. A mi me consta que aun tienen al señor Aguilar en el Ministerio por eminente sinólogo y es positivo que ni siquiera puede leer el chino” y citaba a don Francisco de Quevedo “si quieres saber el griego, di que lo sabes y es probado”.



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 *La carta se conserva en el Archivo de la Real Academia de la Historia, está fechada a seis de junio de 1868.

Comentarios

  1. Ya se venían firmando tratados con China durante este siglo de acuerdos comerciales con Las Filipinas y de inmigración para que obreros chinos trabajaran en los territorios españoles de América, por ejemplo en Cuba fueron unos cuantos miles los que fueron a trabajar en las lineas férreas y luego quedarían allí, notándose aún hoy su descendencia, recordemos que la primera línea férrea española se hizo en Cuba, no en la península. Un abrazo.

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  2. Es verdad, don J, Eduardo. Cuba: no deja de ser llamativo que la supuesta colonia tuviese un nivel de desarrollo, en cierta medida, superior al de la supuesta metrópoli. Sería cuestión de matizar lo del carácter colonial, en sentido estricto, de la Isla con la que tantos vínculos históricos y familiares hemos tenido los españoles.
    Mil gracias por sus comentarios que tanto valoro.
    Ángel Aponte.

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