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ESCOLTAR A MAURA





En el semanario Estampa, en 1935, se publicó una entrevista realizada a un personaje que había sido ayuda de cámara de don Antonio Maura. Justo Cabral, que así se llamaba, tenía un aire decidido, con cierto aspecto de tipo duro. Podría haber sido el de un banderillero de los años veinte o treinta. En aquellos días trabajaba en Madrid como mozo de café. Siempre producen desconfianza tales entrevistas. Cuesta creer que de ayuda de cámara de un estadista se pueda llegar al honrado pero modesto puesto de mozo de café. Todo puede ser. Cabral aporta datos deshilvanados, sin precisión cronológica, aunque los elogios dedicados a su señor parecen sinceros: "El hombre más grande -exclamaba- que tuvimos en España. ¡El que mejor supo llevar la levita y el uniforme de ministro en nuestra tierra". Don Antonio Maura, según su testimonio, no era un personaje fácil de proteger y no daba demasiada importancia a la prudente medida de contar con escolta policial.  Esto me lo creo. Al parecer, decía el citado Justo, tenía más confianza en "tres o cuatro adictos incondicionales, que, a costa de la suya si era preciso, defendían la vida del señor". No le faltaban acompañantes a Maura y es conocido, por lo demás, el carácter resuelto de la Juventud Maurista, aunque ésta no se constituyó antes de 1913. Un famoso escolta, según Justo, era un tal Manolito ."Ultimamente -añadía- éste no se hacía muy visible, pues iba siendo harto conocido". Imagino que Manolito debía de ser objeto de amenazas o posibles venganzas de anarquistas y radicales. De manera muy imprecisa el entrevistado afirma que cuando Maura viajó a Barcelona fue herido al entrar en un barco, sin aportar fecha ni circunstancias del suceso. Manolito, que no estaba presente en dicha ocasión, lloraba y se lamentaba: de haber estado allí -decía-  nada de eso habría ocurrido. Al margen de los detalles, Maura fue objeto de varios atentados. La violencia política comenzaba a ser, sin llegar al nivel cotidiano de los años treinta, cada vez más frecuente. Antonio Maura fue blanco de campañas violentísimas con la tolerancia complacida de un sector muy infuyente del Partido Liberal e incluso de Alfonso XIII en una operación política que, a largo plazo, tuvo consecuencias fatales para la propia Monarquía. Eran los del “Maura no”. Unos y otros dinamitaron el imperfecto pero, a fin de cuentas, necesario turnismo y, con éste, un régimen que había posibilitado para España el mayor período de estabilidad y libertad desde 1808. Las reformas y los proyectos regeneracionistas de Maura podrían haber cambiado el rumbo, trágico, de la vida de España. Después vino lo demás. Pocos estadistas españoles han sido tan irresponsablemente difamados y odiados.  Joaquín Romero Maura y José María Marco han escrito de manera muy lúcida al respecto.
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Fotografía BNE:  CC  Creative Commons



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