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DE LA COMUNIÓN FRECUENTE EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

En los siglos XVI y XVII no siempre se veía con buenos ojos la comunión diaria. Fue una práctica desaconsejada, entre otros, por san Juan de Ávila. Con tres o cuatro veces al año, decía, era más que suficiente para la gente corriente y advertía con claridad: "no les suelte la rienda a comulgar quantas vezes quisieran; que muchos comulgan más por liviandad que no por devoción y reverencia". También mantenían gran reserva al respecto las Constituciones Sinodales de Jaén de 1624. Recibir la comunión con demasiada asiduidad, sin ser clérigo, podía ser indicio de erasmismo, iluminismo, quietismo e incluso luteranismo. O, sencillamente, de tomarse demasiado a la ligera lo más alto.  San Ignacio de Loyola recomendaba en sus Ejercicios Espirituales la comunión frecuente - cada ocho días- aunque no sin un riguroso examen de conciencia y una estricta disciplina de los sentidos y potencias del alma. Estas prudentes recomendaciones no le evitaron cuarenta y dos días a la sombra y tres interrogatorios del Santo Oficio, durante su estancia en Alcalá de Henares, entre marzo de 1526 y junio de 1527. Y estar bajo la vigilancia de los señores inquisidores no era broma de muchachos ni asunto para tomar a risa. Constantino de la Fuente, acusado de luteranismo, también defendía la frecuencia en la comunión. Marcel Bataillon menciona, además, la inclusión en el Índice de 1559 de unos manuales de comunión frecuente. Ya a finales del XVII, Miguel de Molinos, perseguido y encarcelado por sus proposiciones quietistas, recomendaba en su Guía Espiritual la comunión diaria para alcanzar la paz interior y la perfección pues es "medicina que sana los defectos y aumenta las virtudes".

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