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FRÍOS DEL SIGLO XVIII


El viejo orden acabó entre inviernos rigurosos. Uno de los más ilustres fedatarios de ese mundo perdido, Chateubriand, recordaba los campos cubiertos de escarcha de su juventud. Observaba, tras los cristales helados del castillo de Combourg, la partida del marqués de Monlouet y del conde de Goyon-Beau –envueltos en mil pleitos con linajudos e irritantes parientes- camino de Rennes, a caballo, con pistolas en el arzón, cuchillo de monte y acompañados por un lacayo. En su Historia de los cambios climáticos (Rialp, 2011) José Luis Comellas analiza el empeoramiento del clima a partir de 1780. Unos años antes, en 1776, hubo un invierno muy duro en Francia. Mandó, entonces, María Antonieta buscar unos trineos olvidados en las cocheras palaciegas. Habían pertenecido al Delfín, padre de Luis XVI. Estaban, al parecer, un poco anticuados y ordenaron fabricar uno nuevo para la Reina. Evocaba Madame Campan en sus memorias aquellos trineos, gobernados por lo más brillante de la Corte, el sonido de las campanillas y cascabeles de los arneses y la elegancia de sus penachos blancos. Según el conde de Mercy, María Antonieta en 1774 ya paseaba en trineo por las cercanías de Versalles, el bosque de Boulogne e incluso por las calles de París. Mercy consideraba arriesgadas dichas diversiones por el suelo helado y la poca costumbre de los franceses en la correcta conducción de tales vehículos. Otros veían con hostilidad estos paseos por considerarlos una imperdonable influencia austriaca. No faltaban, según Mercy, los que criticaban el poco boato que acompañaba a la Reina en estas salidas pues la gente estaba “acostumbrada a ver a sus soberanos siempre rodeados de una pompa fastuosa”. Confesaba el Conde que, en honor a la verdad, no podían compararse, en grandeza y esplendor, con las organizadas en Viena. Emile Bouant en Les grands froids (1888) da cuenta de la dureza del invierno francés de 1783 y 1784. Las aguas arrastraron los puentes, faltaron los alimentos y los lobos devoraban a los caminantes. Luis XVI, compadecido, dispuso que se repartiesen cargas de leña y se encendiesen hogueras por las calles de París. La pobretería parisién erigió, en honor del Rey Cristianísimo, una escultura de nieve que acabaría por fundirse tras varios días. Mal presagio para la Monarquía de Francia. El invierno de 1788-1789 dejó también una ingrata memoria. Nevó de noviembre a marzo aunque hubo cierto respiro en febrero. Grandes bloques de hielo flotaban en el Canal de la Mancha. El pan, escaso y caro, parecía hecho de carámbanos y había que exponerlo al fuego para poder cortarlo. El Ebro permaneció helado quince días. Tras un viaje por los Altos de Barahona en 1787, Leandro Fernández de Moratín escribía a Juan Ceán Bermúdez desde Montpellier: “en mi vida he visto peor mes de enero, ni más nieve, ni más inmediato peligro de quedar sepultados en ella el coche y mulas y cofres y cuanto llevábamos. ¿Qué podía esperarse caminando entre Reyes y San Antón, por una tierra tan fría, tan castigada de la naturaleza y tan abandonada de los hombres?".
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 *Artículo publicado, hace ya unos años, en Neupic.

Comentarios

  1. Estremecedor solo de pensarlo y compararlo con las nevadas de hoy en día de apenas unas horas y las que preparan en las carreteras, buen día, saludos.

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    1. Era jugársela, lo de salir a los caminos en invierno.
      Saludos y gracias, don J. Eduardo.

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  2. En aquella época se estaba viviendo una segunda edad de hielo, con nevadas copiosísimas que dejaban intransitables los caminos durante días, las cosechas se operdían y el hambre campaba a sus anchas.
    Un saludo

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    1. Fueron unos años gélidos. Así es. Y qué frío debía de hacer en su Béjar natal.
      Saludos y gracias, doña Carmen.

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