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EL VIAJE ALEMÁN DEL CONDE DE LAS ALMENAS


La vida en el balneario de Spa era elegante pero un poco monótona. Muchos aristócratas españoles pasaban allí la temporada estival. A veces, según un cronista de la época, la alameda de Sept-heures parecía El Retiro o la Casa de Campo. Transcurrían sus días entre excursiones campestres -con meriendas muy bien servidas- bailes, conciertos en el Casino y funciones de teatro. Al parecer, la prohibición de la ruleta, si bien salvó a muchos de la ruina, trajo consigo cierto decaimiento en la estación termal. Con o sin ruleta, imaginamos al conde de las Almenas un poco harto de la vida de balneario. Su carácter inquieto y curioso se ahogaba entre las aguas medicinales y las de aquel lluvioso verano de 1880. Para romper con el tedio, decidió viajar por Austria y Alemania.

En Berlín lo esperaba el conde de Benomar, embajador de España. Pocos podían introducirlo mejor entre las elites prusianas. El 18 de agosto escribía desde allí una carta a La Época* en la que Almenas manifestaba sin reservas su entusiasmo por Alemania. Es, quizás, una prueba de la incipiente germanofilia de ciertos círculos conservadores españoles. Nuestro conde quedó deslumbrado por Berlín. El oro ganado a Francia había financiado la construcción de una capital imponente, con grandes espacios urbanos y majestuosos monumentos. Sentenciaba: "quince años han bastado para que la Prusia haya realizado sus propósitos de engrandecimiento, paseando triunfante por el Continente el águila de su bandera". Alemania era un ejemplo para él por la eficiencia de su administración, por el culto a la disciplina, al orden y al mérito, también por la rectitud y sencillez de sus ciudadanos. El sentido de lo público se manifestaba en el cotidiano ejercicio de las virtudes cívicas. Admirábase Almenas ante la ausencia de recomendaciones y arreglos personales: "aquí no puede comprenderse que los destinos se tengan por favoritismo político, ni se explican las posiciones improvisadas [...] no se conoce la política de las personalidades, que todo lo mata y envenena; aquí se tiene un profundo respeto al talento y al mérito". Almenas sabía de lo que hablaba e inevitablemente comparaba tal situación con la de la España de su tiempo. Venía a decir, sin expresarlo de manera tajante, que no había enchufados ni caciques en Alemania. Este contraste se mostraba en el Ejército: "aquí no se comprende un general que entienda en política ni que se ocupe de ella. El gran Moltke, jefe del estado mayor de los ejércitos imperiales, tiene sus antesalas libres de pretendientes, que considerarían la mayor de las locuras poner en juego sus influencias para obtener un destino" y declaraba: "el mariscal no se ocupa más que de sus soldados". Con todo, el peso del Ejército era notorio: "Berlín está lleno de soldados" y "constantemente en movimiento siendo a su paso por las calles objeto de admiración y respeto". Había, sin embargo, gran actividad política en la prensa, en la vida social  y en las instituciones pero siempre buscando el bien del Estado, el interés público y con la indiscutible lealtad hacia "su respetable y anciano Emperador". El conde de las Almenas, conservador notorio, afirmaba ante los también conservadores lectores de La Época: "así se hacen los pueblos fuertes y poderosos, y sólo así son respetados y temidos". Hay en su escrito elogios a Bismarck y se sentía, además, orgulloso del respeto que inspiraba Cánovas en los altos círculos alemanes en los que se consideraba al Pártido Conservador como la única opción razonable de gobierno en España. Muy orgulloso decía: "he visto con grandísimo placer (porque soy español antes que todo) que estos hombres políticos y eminencias militares tienen de nosotros idea mucho más elevada que la que tenemos de nosotros mismos."
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La Época, 23-8-1880

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