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EL VIAJE DE FELIPE IV Y LOS RECIOS TEMPORALES DE 1624

Con motivo de esta primavera lluviosa voy a recordar el viaje de Felipe IV a Andalucía en 1624. Un viaje real era empresa de mucha dificultad, trabajo y gasto. No era para iniciarlo a la ligera. Había muchos libramientos que contabilizar, numerosas partidas que barajar en una Real Hacienda quebrantada y unas arcas locales empeñadas y plagadas de trampas. Los concejos por donde pasaba la comitiva real tenían la obligación de aportar víveres, arreglar caminos y preparar aposentos. El dispendio era enorme y a todos estos gastos se unía la obligada organización de festejos y regocijos para honrar al Rey. Cada pueblo o ciudad festejaba su llegada como podía. Algunas demostraciones eran modestas e incluso ingenuas, como en Santisteban del Puerto donde, según Joaquín Mercado Egea, prepararon una iluminación con lamparillas y un cordel de cohetes "que venía uno y respondía otro". En Jaén, entre otros espectáculos y homenajes, hubo salvas artilleras desde el Castillo de Santa Catalina e "invenciones de fuegos" y luminarias, como bien recogió Rafael Ortega y Sagrista hace años.

El viaje a Andalucía no fue dispuesto por gusto o afición sino por empeño del Conde Duque. Se negaban los caballeros veinticuatro de las ciudades andaluzas con voto en Cortes a dar licencia a sus procuradores de Cortes para que autorizasen nuevas cargas tributarias. El patriciado urbano que controlaba los poderosos cabildos municipales con voto en Cortes desconfiaba de las reformas de Olivares. Desde la Corte no había manera de doblegar a los más incorregibles. Ni con la merced ni con la vara. Pensaba Olivares que la presencia del Rey movería los corazones de tan leales vasallos y que, al fin, se avendrían a autorizar lo que la Monarquía les pedía. Algo se consiguió al respecto pero no sin grandes esfuerzos y sinsabores. Salió el Rey de Madrid el 8 de febrero y volvió el 19 de abril.  El Rey viajaba en coche de seis mulas, a caballo y, a veces, en litera. Hubo días de mucho penar por las lluvias. Cuando preparaban la llegada de Don Felipe a Sevilla diluvió con furia. Los aires fueron tan rigurosos que arrancaron árboles de cuajo y derribaron - como si fuesen cartones- los andamiajes que se habían preparado para dar lucimiento a tan memorable jornada. En el Guadalquivir, según consta en lo escrito por un memorialista, el viento "trastornó muchos barcos, dos pataches junto a Borrego, y en Sanlúcar dos naos inglesas, y otros muchos daños". El temporal fue sufrido en Sevilla desde el atardecer del 15 de febrero y sorprendió a Quevedo, cuando formaba parte del séquito real, cerca de Linares. Desde Andújar, el 17 de febrero, le contaba el mal pasaje al marqués de Velada:

<<Del Condado pasamos a Linares jornada para el cielo y camino de salvación, estrecho y lleno de trabajos y miserias [...]  íbamos en el coche [... ] con diez mulas; y en ennocheciendo, en una cuesta que tienen los de Linares para cazar acémilas, nos quedamos atollados [...] determinamos dormir en el coche. Estaba la cuesta toda llena de hogueras y hachones de paja, que habían puesto fuego a los olivares del lugar. Oíanse lamentos de arrieros en pena, azotes y gritos de cocheros, maldiciones de caminante. Los de a pie sacaban la pierna donde la metieron sin media ni zapato.>>

Sería  de ver a aquellos caballeros de hábito y a los gentilhombres con sus llaves - la gloria de la nobleza de Castilla-  yertos, mojados, mal dormidos, peor comidos, las calzas perdidas de barro, entre reniegos de carreteros, caminos empantanados, juramentos de mozos de mulas y acémilas de imposible gobierno. Nunca olvidaría Quevedo lo vivido en esa primavera de 1624.

Comentarios

  1. Qué coincidencia el hablar de la época de Felipe IV y de Andalucía. También es una coincidencia meteorológica el mal tiempo de entonces y de ahora.
    Un saludo.

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