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DE LA POLÍTICA MONETARIA DE FELIPE IV ( y 2 )

La reducción del vellón, planteada en 1628, dio lugar a unos debates muy enconados en el seno de los cabildos municipales consultados por la Corona. En estas controversias, en términos generales, se defendieron dos posiciones. Unos caballeros eran partidarios de indemnizar a los poseedores de la moneda que iba a ser depreciada y otros, en cambio, eran de la opinión contraria. A favor de la primera opción se alinearon Madrid, Toledo, Burgos, León, Salamanca, Guadalajara, Murcia, Córdoba, Valladolid, Ávila y Jaén. En contra se manifestaron Sevilla, Segovia, Soria, Toro, La Coruña, Jerez de la Frontera, el Señorío de Vizcaya y Ávila. Conozco, de manera directa por haber consultado las correspondientes actas, las deliberaciones de los  componentes del Cabildo municipal de Jaén. En el cabildo celebrado el 10 de junio de 1628, el corregidor don Andrés de Godoy Ponce de León pidió a los caballeros veinticuatro que tratasen sobre la conveniencia de la bajada del vellón. Les concedió el plazo de ocho días. Las reuniones se celebraron por las tardes "guardándose sumamente secreto". El Corregidor defendió, como era su obligación pues para eso representaba al Rey, la conveniencia de bajar el valor del vellón. La consideraba una medida sensata "sin que los pobres padezcan por sisas por ser gravosas" y "para que antes se restaure el Reino". Eran, en verdad, argumentos muy poco elaborados. El Cabildo municipal, sin embargo, no estaba tan convencido de la conveniencia de tal medida. Uno de los adversarios del vellón fue el veinticuatro Alonso de Valenzuela que, por su trayectoria personal, había demostrado tener ciertos conocimientos en cuestiones de negocios y dinero. Así, afirmó: "es grandísimo daño que la moneda de vellón hace y que es fuerça para la restauración deste Reyno consumirla". Dijo, además, que era necesario reactivar la circulación de la moneda de plata que era, a efectos prácticos, inexistente "porque no corriendo [...] fuerça es que los tratos y comercios cesen”. Nadie quería vender nada a cambio de una moneda de incierto valor. Además de todo esto, añadió Alonso de Valenzuela, el vellón había sido muy nocivo por haber propiciado la difusión de moneda "que se ha labrado y entrado de los reinos extraños". Don Jorge de Contreras Torres, un regidor adscrito al bando más olivarista dentro del Cabildo, discrepó en esta ocasión de las posiciones oficiales y manifestó su desconfianza hacia las medidas deflacionarias propuestas y su temor de que los vecinos no pudiesen pagar sus tributos. Don Pedro de Biedma dijo que no era justo que los propietarios de moneda de vellón perdiesen "sin género de satisfacción las tres partes de quatro". A su entender, las principales perjudicados serían los conventos de monjas "al tener sus caudales en censos". En esta misma línea incidió don Íñigo de Córdoba y Mendoza, futuro conde de Torralba y seguidor de la línea política más oficialista. En este caso también se mostró contrario a la baja del vellón que, lejos de conseguir "el eficaz reparo destos reynos, sería su misma destrucción especialmente de los conventos de religiosas y demás comunidades que tienen su hacienda en censos", además se "estragarían los tratos" saliendo, a fin de cuentas, perjudicada la Real Hacienda pues menos acabaría recaudando*. Justo es decir que los regidores no sólo temían por los ingresos de los conventos sino también  por sus propias rentas. ¿Con qué moneda cobrarían los réditos de los censos y juros?, ¿qué valor real tendía la moneda que atesoraban en sus arquetas y bolsas?, ¿en qué medida estos cambios repercutirían en la rentabilidad de sus arrendamientos rústicos y urbanos?, ¿bajarían los precios o ascenderían?. Estos hidalgos no eran expertos en banca o finanzas pero intuían el imprevisible efecto de tales medidas.

La primera consecuencia de la bajada del vellón fue la desconfianza. Mencionaré un ejemplo que se debió de producir en muchos lugares de España. El siete de agosto de 1628 se decidió tal medida. Cinco días después llegaba la noticia a un pueblo del interior de España. En Pozoblanco, al norte del Reino de Córdoba, un auto del Cabildo municipal del doce de agosto de 1628, declaraba "que en esta villa hai rebuluzión de que hai bajada en la moneda de bellón y a sido causa de que las personas que benden mantenimientos en esta villa de pan y vino, y carne y aceite, sal y todas las demás cosas de mantenimiento no quieren bender y los pobres y pasajeros padezen con gran nezesidad de hambre". El Concejo ordenó, bajo pena de 1.000 maravedíes, que los que "hasta oi an bendido los dichos mantenimientos los bendan como asta aora, tomando la moneda que asta oi a corrido hasta que se sepa con zertidumbre de la cabeza de partido el horden que se a de tener"**. Ningún tendero se atrevía a vender sus artículos a cambio de una moneda cuyo valor real no podía estimar. Como escribió Stefan Zweig, refiriéndose a la Viena de entreguerras, asolada por la inflación: “Pronto ya nadie sabía cuánto costaba algo.***
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*Las deliberaciones en mi libro: Reforma, decadencia y absolutismo. Jaén a inicios del reinado de Felipe IV, Jaén 1999.
** Las noticias de Pozoblanco las publiqué en `Pozoblanco en la primera mitad del siglo XVII` Premio Juan Ginés de Sepúlveda, Pozoblanco, 1993.
***El mundo de ayer (1939-1941).

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