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EL ÚLTIMO TRAGO DE DON ÁLVARO DE LUNA



Pasó la noche en vela don Álvaro, acompañado de frailes, y se puso en paz con Dios. Al religioso que lo confesó "rogó con mucha aficción [...] que non le dexasse nin se partiesse del fasta el passo de la muerte"*. Hizo testamento y se arrepintió de sus malas acciones. Al clarear, en esa mañana de junio de 1453, se compuso, afeitó y lavó su cara. Oyó misa, recibió la comunión y, después, le trajeron un plato de guindas, del que tomó algunas, pan y una taza de vino puro. Después lo condujeron a la Plaza Mayor de Valladolid, frente al convento de San Francisco. Allí estaba el patíbulo. Tenía éste un suelo de tablas que, para adecentarlo, lo cubrieron con una alfombra. También compusieron allí un altar y fijaron un palo con un garabato de hierro. Llegó don Álvaro con una comitiva de frailes y gente armada, montado sobre una mula enjaezada de luto "con aquel gesto, é con aquel semblante, é con aquel sosiego que solía cabalgar los passados tiempos de su leda e risueña fortuna". Vestía de azul y sobre los hombros llevaba una capa negra. Tocó una trompeta "en doloroso é triste é desapacible son". Diego Estúñiga que, como teniente del Justicia Mayor, empuñaba una caña en cuyo extremo estaba la sentencia del Rey. Tras muchos pregones, demostraciones y pésames, subió don Álvaro de Luna al caldalso "sin empacho alguno". Se destocó con gracia y lanzó el sombrero a un paje de los que con él iban**. Ese donaire ante la muerte por fuerza debe ser admirado.

El verdugo tenía un cordel dispuesto. Le preguntó don Álvaro para qué era y le contestó: "Señor, voy a ataros las manos, o al menos los pulgares para evitar algunas bascas que hagáis por apartar el cuchillo con el espanto de la muerte". Don Álvaro, a su manera un dandi del siglo XV, comprendió y le entregó al verdugo un cordón o agujeta de seda, que llevaba en un garvier, para que lo trabasen como era debido. Después preguntó sobre el palo con el garabato de hierro. Le dijeron que era para su cabeza. En esto no hubo ni trueque ni merced. 

Tres días estuvo expuesto el degollado, aquel que tanto fue en Castilla. Después dejaron la cabeza seis días más. Pusieron al lado una escudilla de plata para costear el enterramiento del ajusticiado "y en aquel bacín fue echado asaz dinero".
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*Las citas pertenecen a la Crómica de don Álvaro de Luna, utilizó la edición de la imprenta de don Antonio de Sancha, Madrid, 1783. La referencia al bacín de plata en la obra de César Silió, ´ Don Álvaro de Luna y su tiempo´, edición de 1957.
** El paje que recibió el sombrero, lanzado con majeza por don Álvaro, se llamaba Morales.

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