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CÁNOVAS Y LOS ÁRBOLES

Eugenio Noel en su tremendista Pan y toros (1913) describe una España en la que los mozos, desaforados y bárbaros, destrozaban los árboles para alardear de su fuerza. El supuesto odio de los labradores y pastores al árbol fue uno de los muchos tópicos difundidos por regeneracionistas y noventayochistas. No negaremos que podía existir un fondo real, todo lo exagerado que se quiera por escritores y publicistas, en esta actitud. El bosque se ha considerado, durante siglos, improductivo y los bajos rendimientos de la tierra se trataban de compensar con un aumento de las roturaciones en perjuicio de la riqueza forestal. También pesaba la tradición ganadera, trashumante y extensiva, poco amiga entonces de los bosques cerrados. Sin embargo, el paisaje de finales del XIX, por fuerza tenía que mostrar los efectos de una desforestación que, si bien venía de antiguo, se acrecentó con unos procesos desamortizadores  prolongados hasta la década de 1890. Entre 1860 y 1890 se subastaron más de cinco millones de hectáreas de montes públicos destinados, en gran medida a labranzas y pastos. Posiblemente nunca tuvo España, a lo largo de su Historia, tan pocos árboles como en esos años. Cánovas en su discurso De cómo he venido yo a ser doctrinalmente proteccionista (1891) atribuía la pobreza de nuestro arbolado no a una presunta antipatía ancestral del español -en concreto de los labradores castellanos o extremeños- hacia los bosques sino a una serie de factores naturales. Decía: "¿Cómo les basta -a los manchegos y extremeños- que un poco de cieno líquido, a manera de culebra vil, se deslice por el campo de Montiel, de quijotesca memoria, para criar por junto a Argamasilla de Alba sotos de olmos y otros árboles capaces de dar envidia al regio Aranjuez?. Por qué en todo el Tomelloso, pueblo tan vecino, no se encuentra, en cambio, sino tal cual acacia tísica frente a la iglesia?". Por el contrario  comparaba la aridez mesetaria con las provincias vascas, Galicia y las huertas de Valencia y Murcia, donde el agua es abundante. En esas regiones, decía, "ni detestan los labradores los árboles, ni está el campo despoblado, ni las tierras se dejan de cultivar años y años". Consideraba indiscutibles estos hechos y denunciaba que "ningún difamador de nuestros campesinos responde a este sencillo dato experimental". Afirmaba, además, que el camino para cambiar "ese desolador aspecto de la mayor parte de nuestros campos, que sin razón se achaca a sus moradores" pasaba por la construcción de obras hidráulicas por parte del Estado, defendida tanto y aplicada por regeneracionistas de derechas y de izquierdas. Sin embargo, Cánovas, realista siempre, se lamentaba de la falta de capitales para afrontar tales proyectos pues la Hacienda Pública, de la que prefería no hablar, carecía de caudales y poco cabía esperar de las inversiones de capital foráneo, castigado y escarmentado por el trato recibido por parte de distintos gobiernos españoles.

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