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LAS MALAS VÍSPERAS NAVIDEÑAS DE JUAN II

En 1420, por san Andrés, llegaron al castillo de Montalbán el rey Juan II, don Álvaro de Luna y otros que los acompañaban. Salían medio escapados de Talavera de la Reina para desbaratar los planes del infante Don Enrique que tramaba llevarse a Don Juan a las Andalucías. Partieron diciendo que iban de caza. Según unos a cobrar, una garza, según otros a por un puerco que estaba encamado en un soto. Unos sabían a lo que iban y otros de su séquito, como el halconero mayor, no. El tiempo era muy malo, cerrado en lluvias y fríos. Las crónicas decían que "las aguas eran tantas que los arroyos eran como ríos cabdales, e los ríos no se podían pasar sino por barcas". Por aquellos años hubo inviernos terribles. Probaron a resguardarse en el castillo de Villalba, a cuatro leguas de Talavera pero, "por no ser defendedero" y estar despoblado, pasaron al de Montalbán que era de la reina Doña Leonor de Aragón. Llegaron el Rey, joven de dieciséis años, y los suyos muy baqueteados, mojados y desmayados. Estaba cerrada la plaza, con la gente dentro, alrededor de la lumbre. Tuvieron la buena fortuna de aprovechar la salida de un mozo del alcaide, que iba a dar agua a un asno, para entrar en el castillo. El del asno hizo intento, pues era su obligación, de cerrar la puerta a la maltrecha compañía mas Pero López de Ayala lo despachó con un golpe de espada, dado de llano, en la mollera. El mozo debió de quedarse traspuesto un tanto quebrantado. Los del castillo, cabe la chimenea, ni se enteraron. Una vez dentro, Juan II inspeccionó la fortaleza. Fue un recorrido dificultoso, entre grandes pasos de aire y a oscuras pues no había un mal cabo de vela para alumbrarse. Además, dicen los que allí estuvieron, "metióse el Rey un clavo por la planta del pie". Tuvo que curarlo la mujer del alcaide. Según la crónica de Juan II: "quemó luego la llaga con aceyte, é curó lo mejor que pudo hasta que los zurujanos del Rey vinieron".

La plaza era fuerte, brazos para defenderla no faltaban pero sí, en cambio, víveres. Por disimular su salida, no habían llevado las alforjas bien repletas. Sólo había en el castillo ocho panes, una fanega de harina, fanega y media de cebada y dos cántaros de vino "e asaz poca leña que segun el tiempo era menester". Triste apaño tuvieron,  mal comidos, hartos de agua, sin vino y ateridos. El cerco de Don Enrique, que llegó pronto con los suyos, impedía, que entrasen en la plaza vituallas pues no faltaban lugareños que estaban dispuestos, supongo que previo pago o fiadas, a facilitarlas. Se tuvieron, sin embargo, ciertos miramientos con el Rey pues todos los días se le mandaba una gallina, un pan y una jarrilla de plata con vino, tanto para el almuerzo como para la cena. También le llevaron al Rey una cama en la que el repostero Ruy Fernández de Olmedo introdujo, entre cobertores y colchas, unos panes. Los demás se conformaban, mal que bien, con cuatro onzas de pan por barba y con los cueros de los zapatos adobados, condumio correoso y habitual de sitiados, naúfragos y desesperados. Fue tanto el apriero que mataron algunos caballos. En esto el Rey dio ejemplo pues mandó matar primero al suyo, posiblemente uno que se llamaba Salvador. No era cosa normal comer caballo en la Europa del siglo XV, animales escasos, nobles y útiles para la guerra, además de caros. En la Crónica de Juan II se dice que, tras probarlo, el conde don Fadrique, el conde de Benavente y don Álvaro de Luna afirmaron que "era dulce carne, e muy buena de comer salvo que es mollicia". Con la piel de las cabalgaduras hicieron buenas abarcas que fueron calzadas también por el soberano. Vinieron muy bien para paliar la falta de zapatos que, como ya sabe el lector, se los habían comido días antes. Un gesto muy galano y gracioso fue el que tuvo un pastor que dijo "Rey, toma esta perdiz", y le lanzó una a Don Juan, estando éste asomado a una almena. Se reía el Rey e hizo mucha merced a tan buen vasallo.


En los veintitrés días que duró el cerco no hubo hechos de armas por respeto a la real persona. Todo se limitó a una ritualización, a unos gestos, a un ir y venir de magnates, prelados, hermandades, ballesteros, colmeneros y gente concejil. No era esto la guerra sino política, ceremonial y juego. Todo muy propio de aquellos años crepusculares del otoño medieval. Llegado el momento, los propios sitiadores se cansaron pues pasaron muchos días muchos días malviviendo en tiendas -pocas- y en chozos nada confortables. También los del Rey llegaron a consideraciones parejas. Tras veintitrés días, Juan II partió de Montalbán, volvió a Talavera, donde pasó cumplidamente y con regalo la Navidad, y los demás a sus casas.
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*Las citas corresponden a la Crónica de Juan II. 

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