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LOS LOBOS DE NAVALCARDO

Por la Virgen del Pilar llegaban los rebaños de las serranías de Cuenca y de Teruel a las majadas de Navalcardo. Tengo yo un recuerdo, viejo y muy venerado, de esos días de otoño en la dehesa de nuestros padres y abuelos. También del sonido de las esquilas, de la majestad de los mastines y de la vivacidad de los careas. No he vuelto a Navalcardo desde hace más de cuarenta años aunque no he dejado de recordar cada día, por una u otra razón, los tiempos vividos allí. Cada uno -pues esto nos pasa a todos- tiene su paraíso perdido. Días pasados tuve la fortuna de descubrir una serie de entrevistas realizadas a José Ramón Marín Hortelano en las que nos habla de lobos y de pastoreo, de caza y encinares y, también, de la gente de Sierra Morena. Son vivencias centradas en Navalcardo que se remontan, las más antiguas, a mediados de los años cincuenta del pasado siglo. Otras de tiempos anteriores proceden, con rigurosa veracidad, de familiares muy queridos y nunca olvidados. Las palabras de mi primo José Ramón Marín - profesor, cazador, criador de pondencos y hombre de bien- demuestran un conocimiento de las cosas del monte que no se aprende en los libros sino en lo vivido. También prueban una singular capacidad de observación que hacen de sus evocaciones un documento muy valioso para naturalistas, ganaderos, historiadores, cazadores, antropólogos y filólogos. Es admirable su dominio de las palabras relacionadas con el monte. Son términos desconocidos para la gente, olvidados ya, e imprescindibles cuando se habla de la sierra. El lobo es el argumento central de sus recuerdos. Estaba ahí, bien lo sabíamos, muy cerca de nosotros, aunque no lo veíamos. Estaba ahí desde siempre. Antes que, muchos siglos atrás, los grandes señores de la trashumancia abrieran cañadas, veredas y cordeles. No podía faltar este testimonio en un cuaderno dedicado a la España antigua.




MEMORIAS DEL LOBO EN SIERRA MORENA (NAVALCARDO 01) from SIECE on Vimeo.

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LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

PROTESTANTES DE EL CENTENILLO

Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…