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LOS ESPAÑOLES Y EL BOSQUE

Hace unos años, Gonzalo Anes escribió en una tercera de ABC* que, desde la Edad Media, había testimonios de la escasez de árboles en España. Los privilegios de la Mesta y el predominio de la ganadería extensiva propiciaron la conservación de los pastos y la persecución de las roturaciones ilegales pero, por otra parte, incentivaron la tala y quema de arbolado. La destrucción de los brotes por las reses, además de los factores climatológicos, imposibilitaron aún más la recuperación del bosque.

En los siglos XVI y XVII esta situación era denunciada por las Cortes y los cabildos municipales más relevantes. Si bien había disposiciones reales para proteger la riqueza forestal, éstas no se cumplían. Así lo hacían saber, con pesar, los ministros de Felipe V en 1708 y 1716. Con todo, la legislación conservacionista y repobladora no cesaba, como lo demuestran la Real Ordenanza de Montes de 1748 y la creación de visitadores de plantíos en 1762, mencionados por Anes en su articulo. Sin embargo, poco se avanzó al respecto. Ya Jovellanos, en su correspondencia con Antonio Ponz, hacía ver la falta de arbolado en Tierra de Campos y por tanto de leña, lo que obligaba a utilizar -como combustible para cocinas y hornos- sarmientos, cardos, boñigas secas y paja. El coste del transporte de leña y carbón, desde distancias de veinte leguas o más, encarecía de manera más que notable estos productos. Hay razones para pensar que en las casas españolas se padecían unos inviernos gélidos e ingratos. Quizás de aquí proceda la vieja afición a pasar muchas horas en la calle buscando, según la estqación, sombras y solanas. En el reinado de Fernando VI, afirma asimismo Anes, era tremenda la desforestación en un radio de 30 leguas (unos 167 kilómetros) desde Madrid por las talas y quemas incontroladas. No faltaban concejos cuyos presupuestos dependían de las penas impuestas, año tras año, a los autores de estos desafueros. En alguna ocasión publicaré algunas cuentas al respecto.

La pasión por labrar tierras, no siempre de la calidad adecuada para los cultivos, constituía asimismo una fatalidad. La dehesa era considerada un espacio irresponsablemente improductivo, dedicado a aprovechamientos suntuarios como la caza y la crianza de reses bravas. No se tenían en cuenta ni su valor medioambiental -preocupación inexistente hasta hace unas décadas- ni la inutilidad de estas tierras para el cultivo de cereal, olivar o viñedo. Se conformó, de esta manera, uno de los más persistentes tópicos sobre el latifundio en España, comprensible en su momento pero carente de una base sólida.

Los procesos desamortizadores hicieron lo demás, no fue ya el arbolado sino los propios pastizales, muchos de ellos de propiedad concejil, los que se eliminaron para poner en cultivo tierras que, como indicábamos, eran de escaso rendimiento agrícola. Las cifras demuestran una reducción muy severa de superficie forestal. Baste saber que, entre 1860 y 1900, se vendieron cinco millones de hectáreas de montes públicos, más todo lo enajenado como consecuencia de la desamortización de Mendizábal. En 1860 había 32 millones de hectáreas de pastos, matorral y bosques, muy degradados de las que sólo podían considerarse arboladas doce millones y de éstas, a su vez, sólo la mitad contaba con arbolado alto en buenas condiciones. Entre 1860 y 1930 se produjo un descenso de seis millones de hectáreas de superficie forestal. El retroceso del bosque continuó hasta llegar a 1940, cuando España llegó a tener sólo 24 millones de hectáreas de superficie forestal, ocho millones menos que en 1860, probablemente la cifra más baja de toda su historia. A partir de este momento, el proceso de desforestación se frenó como consecuencia de las políticas de repoblación  combinadas con el abandono del campo y de las tierras de cultivo más improductivas**. Hoy las cosas han cambiado, a pesar de la infamia de los incendios en los montes, y España es la nación con mayor superficie forestal de Europa después de Suecia, además de doblar la de Francia y triplicar la de Alemania. Sólo entre 1990 y 2005 el bosque español aumentó en 4,4 millones de hectáreas, el 40% del total europeo. El viejo solar ibérico es, según estas cifras, más frondoso que nunca.
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*ABC, 21 de agosto de 1999.
** Los datos referidos a continuación en  Montero, G y Serrada, R., Edit., La situación de los bosques y el sector forestal en España, Sociedad Española de Ciencias Forestales, 2013,

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