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EL SANTO ROSTRO Y FERNANDO VII

El Santo Rostro es, según la tradición, uno de los tres pliegues del paño que secó el rostro de Cristo en la calle de la Amargura. Se custodia en la Catedral de Jaén y fueron muchos los peregrinos que, durante generaciones, vencieron leguas, fatigas y peligros para adorarlo.  En noviembre de 1823, vencidos los liberales, Fernando VII retornaba a Madrid tras su obligada estancia en Cádiz.  Se supo del paso del monarca por La Carolina, cerca de Despeñaperros y, a instancias del obispo de Jaén, don Andrés Esteban y Gómez, y de las fuerzas vivas locales, se decidió trasladar hasta allí la reliquia para que fuese adorada por las reales personas. La decisión tenía cierto trasfondo político. Nada mejor podía simbolizar la alianza del Altar y del Trono, tan grata para los realistas. Además, durante esos días, se acusaba a Rafael de Riego de haber intentado robar la reliquia. Una fechoría, decían, no consumada por un milagro. El Santo Rostro, que había sobrevivido al pillaje de los bonapartistas y a las supuestas irreverencias liberales, se convertía en un símbolo del orden tradicional.

A pesar de los deseos del Obispo, del Cabildo catedralicio y del concejo de Jaén, no era fácil improvisar una comitiva para trasladar la reliquia**. Había, en primer lugar, que hacerlo de manera secreta, con todas las cautelas, para que el vecindario no se soliviantase ante al temor de que la Verónica abandonase su altar catedralicio para no volver nunca más. El pueblo llano había tomado cierta afición a las algaradas y no había que provocarlo ni darle motivos de inquietud. Otro obstáculo era la distancia, relativamente corta, pero que exigiría hacer noche a mitad de camino y con un tiempo de perros pues diluviaba sin apenas tregua. Una cosa era viajar con templanza y días largos, otra hacerlo con temporales, ventarrones y caminos imposibles.

Partió la comitiva al amanecer -cabe suponer que lóbrego- del uno de noviembre de 1823. Llegó a La Carolina en la mañana del día siguiente, día de Difuntos, tras hacer noche en Guarromán. En el último tramo del viaje la reliquia fue transportada en un carruaje de gala, enviado por el Rey. Éste y la Familia Real adoraron al Santo Rostro en el Palacio del Intendente Olavide. Después fue trasladado en procesión, con cruz y ciriales, a la Iglesia Parroquial. Rendían honores la tropas españolas y francesas, las calles estaban engalanadas y en los balcones se mostraban retratos de Don Fernando. Tres horas después acudió la Familia Real al templo.

Sobre este suceso dejó escrito un poema, a modo de crónica, Diego Antonio Coello de Portugal, un aristócrata giennense, realista acérrimo en 1823 aunque -cuando los tiempos eran otros- escribió encendidos escritos a favor de la Constitución*. Por supuesto, el retrato que hace de Fernando VII es tan ingenuo como apologético. Su devoción monárquica se desborda cuando describe el recibimiento de la reliquia y da cuenta de las lágrimas de amor y de ternura/ que el semblante bañaban ruboroso/ del amable Fernando.

A la mañana siguiente, tres de noviembre, se ofició una misa de campaña y se emprendió el camino de regreso a Jaén. La Santa Faz viajó en un "coche bolador". Los vecinos de los pueblos, a pesar del día cerrado en aguas, esperaban en los caminos. Era una estampa de la España barroca en pleno siglo XIX.  Hubo dos paradas antes de llegar a Jaén. Una en Bailén donde formaban los voluntarios realistas y se dispusieron honras y solemnidades, la otra en Mengíbar, ya en el último tramo del camino. El recibimiento del Santo Rostro en Jaén fue muy lucido. Se desplegaron bandas de música y tambores, desfilaron los realistas y los soldados provinciales, fueron en procesión los cabildos, el clero y las cofradías. Se erigieron, además, tres arcos triunfales, se adornaron las fachadas con colgaduras y repicaron, de manera general, las campanas de parroquias y conventos. Las calles se cubrieron con juncia. El tiempo siguió borrascoso pero, como hizo constar el citado Coello: Hasta las mismas damas muy compuestas/ súbense a los terreros/ Sin ver que están expuestas/ a sumirse en los charcos y en el lodo / por ver el Rostro Santo/ Que con ansia esperaba el pueblo todo/y se acaba el motivo de su llanto". Al final, la reliquia volvió a su altar. El 13 de noviembre, Fernando VII entraría en Madrid.

*El deseado regreso de las Personas Reales por las riberas del Betis, y los sentimientos de devoción al Santísimo Rostro de Nuestro Redentor Jesucristo que adoraron SS.MM. y AA.SS. en la Real Carolina, Imprenta de Manuel María de Doblas, Impresor de la Dignidad Espiscopal, Jaén, 1823.

** Además de la citada obra de Coello, el documentado  estudio de Isidoro Lara Martín-Portugués, Jaén (1820-1823), Jaén 1996,  aporta valiosos datos sobre la cuestión y que, en parte, incluimos en esta entrada.

Comentarios

  1. Un monarca que no tenía escrúpulos en traicionar a su pueblo y a sus propios padres, tampoco los iba a tener para aprovechar un símbolo religioso en su propio beneficio. Aprendió mucho de Escóiquiz, pero solo lo malo.
    Un saludo.

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  2. Me sorprende ver a Fernando VII el Felón tan emocionado con esta demostración de religiosidad, aunque un trono bien valía una genuflexión ante el rostro del Altísimo. De los "chaqueteros" políticos, como el autor del poema, aún tenemos muestra en nuestra España de hoy.

    Un saludo.

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  3. La relación entre la Iglesia y Fernando VII queda muy clara en este relato.La devoción del monarca era tal que esperó pacientemente en La Carolina a que llegase el Santo Rostro(aunque probablemente estaría muy preocupado por las dificultades que tendría que vencer la reliquia durante el camino)y al verlo se desbordó "en lagrimas de amor y de ternura".

    Saludos

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  4. Estamos de acuerdo, don Cayetano. Incluso sospecho que estuvo esperando la llegada de la reliquia con más fastidio que devoción.

    Saludos.

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  5. Él haría lo que hiciese falta. La devoción al Santo Rostro era muy sólida en aquellos años, en especial, cabe pensar, en el pueblo de obediencias realistas. Era un gesto religioso y político, a mi modesto entender.
    Respecto a los cambios de casaca, pues tiene usted razón. Siempre ha sido y será así.

    Saludos, Carolus Rex.

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  6. Menudo pájaro estaba hecho el Deseado. Por otra parte, la descripción que hace Coello de Portugal del Rey, sigue la imagen creada durante la Guerra de Independencia, de rey piadoso y mortificado.

    Saludos, doña Ambar.

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  7. Iglesia y monarquía, un tandem casi eterno.
    Un saludo.

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  8. ¿Que peticiones realizaría Fernando VII ante la santa reliquia? ¿La supresión de los liberales? ¿La llegada de un heredero al trono? Entonces las nubes oscuras del carlismo açun no habían surgido en el cielo.
    Un saludo

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