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DISCIPLINAS Y DISCIPLINANTES




Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua española o castellana (1611), definía las disciplinas como "el manojo de cordeles con abrojuelos con que los disciplinantes se açotan". Los abrojuelos o rosetas eran piezas de hierro o de plata que guarnecían los ramales de dichos artilugios. Estos remates se sustituían, a veces, por canalones metálicos o bolas de cera mezcladas con vidrio pulverizado. Algunos, más rigurosos todavía, se mortificaban con cadenillas de hierro. San Carlos Borromeo aprobaba el uso de disciplinas como medio para compartir el sufrimiento padecido por Cristo o, como decía Covarrubias en un elegante español del XVII, "en remembrança de los açotes que Christo nuestro Señor padeció por nosotros". También se recurría a estas penitencias en las rogativas para pedir el cese de sequías, temporales, terremotos, plagas y epidemias o con motivo de las enfermedades de los reyes y otras personas reales. La práctica de disciplinarse fue muy difundida por franciscanos, dominicos y jesuitas. Desde el siglo XVI proliferaron las cofradías de disciplinantes bajo la advocación de la Veracruz vinculadas, en muchos casos, a los franciscanos. En éstas se podía ingresar como cofrade de luz -para alumbrar en las procesiones- o de sangre para  someterse a las citadas mortificaciones.

El hábito de disciplinarse fue objeto de críticas y de desconfianza. La Iglesia no veía siempre con buenos ojos -dentro de lo posible para su tiempo y sin caer en el puritanismo- las extravagancias y excesos en las manifestaciones de fe. Covarrubias reconocía el mérito de los que se disciplinaban con sincera intención religiosa pero rechazaba, sin reservas, a aquéllos que lo hacían por vanidad o presunción. Proponía, además, que los prelados y la Justicia Real expulsasen de las procesiones a los farsantes y que se les castigase con severidad  "que por ser tan notorios los excesos que se hazen no los declaro aquí, y porque se me haze vergüença". La razón es que muchos se atizaban disciplinazos no por remordimientos de conciencia sino por galantería, para quedar bien ante la amada, o para dar una imagen de tipos duros. Es probable que, ya a inicios del siglo XVIII, la figura del disciplinante se asociase a los ambientes más populares, desgarrados incluso, y que la gente de cierto viso se mantuviese a distancia de tan cruentas demostraciones de devoción real o aparente.




Con todo, y a pesar de las  restricciones y censuras ilustradas, esta costumbre se mantuvo durante el siglo XIX. Así lo recoge Mesonero Romanos 1. También lo prueba el bando publicado en Madrid, por orden de Fernando VII, en la Semana Santa de 1825. En tal disposición se prohibía "andar disciplinándose, aspado, ni en habito de penitente". Los desobedientes y sus acompañantes, "con luces o sin ellas", serían condenados a severas penas: los nobles a diez años de servicio en un presidio -un acuartelamiento, plaza o fortaleza- y 500 ducados de multa para los pobres de la Cárcel Real. Los del estado general serían obligados, durante otros diez años, a trabajar como gastadores. A esto se le sumaba la propina de doscientos azotes 2. Si el pueblo llano quería penitencias ya las tenía: pico, pala y palo. No veamos, sin embargo, modernidades donde no podía haberlas. Más que los espectáculos escasamente edificantes, quizás a la policía fernandina le preocuparía la posibilidad de que circulasen -en pleno absolutismo- grupos de encapirotados, vestidos con amplios sayales -buenos para llevar discretamente papeles subversivos y armas- y campando por las calles. Los liberales, como era sabido, se podían ocultar en cualquier rincón.

El disciplinarse no era costumbre exclusiva de los españoles. Fernández de Oviedo, en tiempos de Carlos V, escribe en las Quinquagenas de la Nobleza de España, que fue una práctica introducida por los hombres de negocios genoveses, que se flagelaban los viernes de Cuaresma y los días de Semana Santa. Bien estaba, según algunos, que los negociantes soportasen unos zurriagazos en compensación por sus logros y ganancias ilícitas. Había, además, una sólida tradición flagelante en Florencia y en Nápoles. También en Alemania donde, según Covarrubias, " huvo una secta de hereges, que llamaron los Flagelantes" que "eran grandes vellacos y borrachos: y assi los condenaron por tales". La desconfianza o el notorio rechazo de las mortificaciones tenían un marcado aire erasmista. En su Manual del caballero cristiano - el Enquiridion- al que tan aficionados eran los españoles de tiempos de Carlos V- Erasmo decía: "No me impresionan ahora tus vigilias, ayunos, horas de silencio, de oración y otras prácticas por el estilo. No creeré que vives en el espíritu si no veo los frutos del espíritu". Bien se podía aplicar esta afirmación a las formas de devoción descritas. Ahora bien, censurar con demasiada energía y sin reservas, tales ejercicios ascéticos podía resultar peligroso en los siglos XVI y XVII. Marcel Bataillon, recuerda al doctor Egidio, procesado por el Santo Oficio a mediados del quinientos, por sospechoso de luteranismo. Decía que sólo Cristo quitaba el pecado y que estas penitencias no tenían otra consecuencia que lacerar los cuerpos.

Notas
1.  Julio Puyol, "Plática de disciplinantes" en Homenaje a Bonilla y San Martín" I, 1927.
2. Diario de Madrid, miércoles 30 de marzo de 1825.



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