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TRAPEROS DE MADRID EN EL SIGLO XVIII

La Hermandad de Jesús Nazareno estaba formada, en 1789,  por unos cuarenta y cinco traperos de Madrid. Tenía su sede en la Inclusa de la Villa y Corte. Para ingresar en esta hermandad se debían acreditar determinadas calidades, pagar 30 reales de vellón por la matrícula y cuatro maravedíes diarios. Los recién llegados al arte de la trapería, debían demostrar su condición de cristianos viejos. Todavía a finales del XVIII, incluso en sociedades de modestísima condición, se mantenían estos requisitos criticados, con toda razón, por los ilustrados. Se exigían, además, a los aspirantes garantías de no haber sido procesados por robo, hurto o estafa. Los hermanos tenían como norma, dentro de su código gremial, devolver a sus propietarios cualquier alhaja u objeto de valor tirado a la calle de manera accidental. Se tenían por gente honorable a carta cabal. Las condiciones de ingreso en la Hermandad eran siempre menos severas para los hijos de traperos integrados en la Hermandad. Era un ejemplo más de los numerosos gremios, cofradías, hermandades, órdenes e instituciones del Antiguo Régimen. Restrictivos, semicerrados y siempre celosos de sus privilegios. Había otros traperos que iban por libre pero eran tenidos como gente de rango inferior. No eran lo mismo, según ellos.

La tarea de los traperos era buscar "trapo viejo por las calles". También papel, metal y vidrio que los vecinos arrojaban a la vía pública, basureros particulares y muladares públicos. Después vendían estos materiales a talleres y fábricas. Nada demasiado diferente a lo que actualmente llamamos reciclaje.

Trabajaban sobre todo en el centro de Madrid pues en los barrios pobres no se tiraba nada y, si tenían papel viejo, sus vecinos los vendían a las fábricas de este producto.También estaban obligados a sacar al campo las caballerías muertas que los vecinos abandonaban en las calles o que estaban en establos y cuadras. No podían cobrar ni un maravedí por esta tarea pero, una vez en despoblado, los traperos podían desollar las reses, aprovechar la piel, el cuero y las herraduras. Tenían prohibido, de manera terminante, vender la carne salvo para pasto de perros. No faltarían, sin embargo, compradores para hacer un ruin estofado con las tajadas de un mulo viejo. También debían tener limpias las calles de Madrid de otros animales muertos, sobre todo perros y gatos.

La Hermandad velaba, con sus modestos medios, por los compañeros. Bien pensado, muy pocos estaban solos en el Antiguo Régimen. Ni en la vida ni en la muerte. La Hermandad compraba, puntualmente, una bula de la Santa Cruzada para cada uno de los hermanos y cuando se producía algún fallecimiento se adquiría una bula de difuntos. Se colocaba sobre el cadáver que también al otro mundo había que ir con los correspondientes papeles. Siempre quedaría bien descubrirse ante san Pedro y decirle: "Dispense Vuestra Merced, que yo soy trapero de Madrid, de los matriculados en la famosa Hermandad de Jesús Nazareno y aquí tiene la bula para que disponga lo que haya menester". Y con un poco de suerte, zafarse de 7.000 días de purgatorio.

 Seis hermanos, con hachas encendidas, acompañaban al Viático a las casas de los que padeciesen enfermedad grave. Dos hermanos velaban, cuidaban y consolaban cada noche a los que estaban en trance de muerte. En caso de fallecimiento, la Hermandad contribuía a los gastos del entierro. También se ayudaba a costear las exequias de las mujeres e hijos menores de los cofrades. Tenían especial devoción a la Virgen del Carmen a la que dedicaban actos de culto y fiestas religiosas.


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