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BENDITO SIGLO XIX



Constitución de Inglaterra, de J. L. de Lolme, fue una obra que tuvo cierta influencia en los liberales de 1812. Era conocida gracias a la traducción de don Juan de la Dehesa. Al final del ensayo se habla de los partidos existentes en el Parlamento de Londres. La descripción de la práctica parlamentaria inglesa no dejaría de asombrar a los lectores españoles de su tiempo:

"En ambas Cámaras cuidan mucho los miembros, aun en el calor de los debates, de no pasar de ciertos límites en el modo de hablar unos de otros: y seguramente le reprendería la Cámara, si se excediesen en este punto.Y así como la razón ha enseñado a los hombres a abstenerse en las guerras de todas las injurias que no se dirijan a promover el objeto de sus contiendas, así también se ha introducido una especie de derecho de gentes (si puedo explicarme de este modo) entre las personas que componen el parlamento y toman parte en los debates: han llegado a conocer que pueden muy bien ser de partidos contrarios sin aborrecerse ni perseguirse unos a otros".

Las diferencias políticas no llegaban a enturbiar las relaciones personales pues

"quando salen de la cámara, después de haber sostenido por la tarde sus debates con mucho ardor, se juntan sin repugnancia  para el comercio ordinario de la vida, y suspendiendo toda hostilidad, miran como neutral cualquiera sitio fuera del parlamento".

Este hecho, entre otros, constituirá una de las grandes aportaciones del liberalismo. También en España estos hábitos, de soportar e incluso apreciar al adversario político, se hicieron corrientes con el paso del tiempo. Algo tuvo que ver el exilio español en Inglaterra, y la vivencia directa del ejercicio cotidiano de la práctica política liberal.  Así, desde la muerte de Fernando VII,  y durante todo el siglo XIX, veremos prosperar unas sinceras relaciones de amistad y admiración entre progresistas y moderados, conservadores y liberales. Incluso entre alfonsinos, republicanos y carlistas, durante la época del gran Cánovas.

Tiempos gloriosos en los que las diferencias ideológicas y de partido no impedían el ejercicio de la buena educación, en los que todos -desde los Grandes de España a los menestrales- saludaban con el sombrero y los amigos de toda la vida se hablaban de usted. Hasta los duelistas más puntillosos e incorregibles cerraban sus diferencias con un abrazo y, acto seguido, se dirigían a un restaurante de razonable calidad acompañados de los padrinos.  Después -ya se sabe- llegó el siglo XX, el espanto y  todo lo demás.

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