Ir al contenido principal

LA POCA PACIENCIA DEL CURA MERINO


Fernando VII, tras regresar de Francia y restaurar el absolutismo, quiso conocer al cura Merino. Fue recibido en Palacio y el Rey celebró sus hazañas. Cuando la audiencia se acababa éste le preguntó cuáles eran sus pretensiones pues estaba dispuesto a premiar sus proezas frente a los de Bonaparte. Contestó don Jerónimo Merino: "Señor, poder continuar en la gloriosa carrera de las armas para prestar a V. M. otros tantos servicios".  Fernando VII que tenía otros planes, dándole una palmada en la espalda, le dijo: "te tengo preparada una silla en la catedral de Valencia para que descanses de tus fatigas, y recuperes tu quebrantada salud". Desconfiaría el monarca de Merino, hombre indómito e independiente, y a mejor recaudo estaría en un cabildo catedralicio que al frente de la tropa. No le gustó al cura guerrillero el premio y debió de salir amostazado de Palacio. No tuvo, por lo demás, otro remedio que incorporarse a su prebenda catedralicia y allí, nostálgico de la acción, los peligros y la vida libre, se le veía desasosegado e irritado. Mejor, incluso, estaba en su pueblo, con ración de gañán y escopeta al hombro, pues era muy cazador. Entre los motivos de su descontento en Valencia, escribe Antonio Pirala, "embarazábale el aspecto humilde de sus compañeros, que no podía imitar". Menosprecio del soconusco y nostalgia de la bota de vino.Tertulia de beatas y añoranzas de la hoguera en campaña. Horas de sermones con la cabeza en otra cosa, desdenes para el sochantre y recuerdos de la jota de los campamentos.Y así pasaban los días. Acto seguido, por el trato diario, se tomaron los canónigos imprudentes confianzas no concedidas ni queridas. Comenzaron, con ellas, las hablillas y el cruel cotorreo sobre su persona. Merino lo sabía y aguantaba, bien lo sabe Dios, pero no podía ser. Los prebendados desconocían con quién se las estaban viendo. Un día, harto de melindres, cantó las cuarenta a todos los capitulares. No es aventurado suponerle un tono recio y claridad en el hablar. Incluso lanzó injurias que retumbaron como tormenta seca. Y, sigue contándonos Pirala, "como algunos le contestaron con firmeza, saca de debajo de la sotana sus pistolas, las amartilla y apunta a los canónigos, que huyen amedrentados".

No era su sitio- Dios no pide imposibles- y a cada cual le cuadra un oficio que no otros. No estaba para canonjías el que tantas partidas había mandado. El Rey, informado y quizás divertido por el espectáculo, pues le gustaban estos lances, decidió dar licencia a don Jerónimo Merino para que abandonase Valencia aunque sin perjuicio de la prebenda y la rentilla aparejada. Poco después, a no mucho tardar, volvería a los montes y a las refriegas levantando bandera por los realistas.

El suceso en: Antonio Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, 1856

Entradas populares de este blog

LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

PROTESTANTES DE EL CENTENILLO

Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…