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NOCHE DE PERROS Y MALA JORNADA

Ahora que comienza la temporada de caza es buen momento para recordar a don José Moreno Castelló, profesor y silvelista, hombre elegante. En sus escritos sobre caza, a finales del siglo XIX, describió las penalidades pasadas en un cortijuelo, cerca del Guadiana Menor, en la provincia de Jaén.  El relato tiene mucho sentido del humor y no carece de interés etnográfico pues refiere algunos detalles sobre formas de vida del pasado y la pobreza existente en los medios rurales. Don José se desplazó allí con otro cazador, también cuquillero, con la esperanza de, al día siguiente, cazar la perdiz con reclamo. Vivían en el cortijillo, que les iba a servir de alojamiento, dos hermanos solteros y de pocas palabras. La única pieza habitable era la cocina que se hallaba a la entrada. A cada lado de la lumbre había dos poyos, para sentarse o dormir, con apenas un par de metros de longitud. El combustible para la lumbre consistía en boñigas de reses vacunas y granzones. El alumbrado se limitaba a un candil colgado de un cordel. Todo esto estaba, y lo digo sin exageración, como en los tiempos de Viriato. Lo peor es que al pie del poyo dormía "una enorme marrana", asilvestrada y amenazante. Uno de los anfitriones se despidió y se largó al pueblo más cercano. El otro, al llegar la noche, no quiso saber nada, se cubrió hasta la cabeza, con una manta o capote, y a los cinco minutos estaba dormido, sin señal de remordimiento alguno, amenizando el panorama con potentísimos ronquidos. Para más espanto estos ruidos se mezclaban con los de la res porcina que, recordaba espantado Moreno Castelló, "inconsiderada, bufaba sin descanso y desalojaba gases de su monstruoso cuerpo, que llegaban hasta nosotros y no con olor de ámbar". Horroroso cuadro. Por si fueran pocas las penalidades fueron atacados por legiones de pulgas enfurecidas, imagino que curiosas y alborozadas por la presencia de los dos cazadores provincianos. Desengañados, ante la imposibilidad de dormir por las pulgas, la marrana y los bramidos, trataron de encender el candil, no sin grandes apuros, para jugar a las brisca. La partida no debía de ser muy alegre pero había que adaptarse a lo que viniese. Cuando ya comenzaban a pasar, mal que bien, el trago se agotó el aceite del candil. Adiós a las cartas. Resignados permanecieron a oscuras y en silencio, sin más entretenimiento que esperar la amanecida, con añoranzas del bendito y modesto confort de sus casas. Después, con el cuerpo bien baqueteado y, cabe pensar, con un humor tan de perros como la noche padecida, salieron al campo pero la caza fue imposible por el viento, racheado y antipático. La cabalgadura que llevaban, muy resabiada, "un hermoso animal, sobrado de carnes y de genio y falto de trabajo" comenzó a trabear cuando se acercaban los cazadores y lanzó al suelo toda la impedimenta, debiendo cargar nuestros personajes con las jaulas, mantas, zaleas y otros engorrosos accesorios y perseguir un largo trecho al animal. Hay veces que las cosas salen mal.



José Moreno Castelló, Mi cuarto a espadas, sobre asuntos de caza. Apuntes, recuerdos y narraciones de un aficionado. Jaén 1898.

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