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PAN Y AGUA DE LOS CABALLEROS

Don Pedro Messía Ponce de León era caballero de Santiago y venticuatro de Jaén. En 1627 participó en las pertinentes pruebas, encomendadas por su Orden, para acreditar la nobleza de don Juan de Jaúregui que pretendía un hábito. Era, el aspirante, hombre de muchas letras y caballerizo de la Reina. Como había que preguntar a testigos de diferentes lugares tuvo don Pedro que viajar por Castilla, Vizcaya y Sevilla. Comenzó su ruta el dos de marzo y acabó el viaje el 17 de mayo. Era tarea enojosa y había que preguntar a unos y a otros sobre la nobleza del que pretendía lucir venera. Habría días que acabaría fatigado don Pedro tras escuchar, una y otra vez, las calidades de los abuelos lejanos del pretendiente. Tiempo antes había intervenido en la elección de la abadesa de la Asunción de Almagro.

En 1622, don Pedro, otorgó un poder al solicitador Bartolomé Álvarez de Prado para que, ante los Reales Consejos, reclamase los 12.000 maravedíes "que me están librados en la Mesa Maestral por el mantenimiento de pan y agua". Se refería al real diario que los miembros de las Órdenes Militares tenían derecho a percibir para su sustento, conocido como "el pan y agua de los caballeros". Si bien había sido un gaje para tener muy en cuenta, pasados los años, era ya un modesto y simbólico estipendio. La mitad, o menos, de un jornal de la época. Cosa de la carestía de los tiempos. La Corona, siempre alcanzada en sus cuentas, lo pagaba con demoras y a regañadientes, hasta que al final, en 1661, cerró la bolsa y decidió emplear esta partida en gastos militares.

Pan y agua de los caballeros. Contrasta la sencillez de estas palabras con la grandeza de aquellos hidalgos envueltos en sus mantos capitulares que, algún día, serían mortaja y pastizal de gusanos.

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