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PATAS DE PALO

Chateaubriand en su Memorias de ultratumba recuerda, en los días previos a la Revolución, al reaccionario marqués de Trémargat, bretón y oficial de Marina, que con su pata de palo y sus insolencias "ganaba a muchos adversarios para su partido". Otro suceso, recogido en la misma obra, describe la visita del zar Alejandro al Hospital de los Inválidos en el París de 1814, donde pudo ver a muchos de sus antiguos vencedores en Austerlitz "silenciosos y sombríos", serios y solemnes pues "no se oía más que el ruido de la pata de palo en sus patios desiertos y en la iglesia desnuda". Cuenta Chateaubriand que el Zar "se emocionó ante el ruido que hacían estos valientes". Si recurrimos a ejemplos españoles, todos más viejos que los anteriores, podemos mencionar a un soldado que sirvió en la guerra de Granada, la de la rebelión de los moriscos, apellidado Vilches y al que llamaban Pie de palo. Era, según Diego Hurtado de Mendoza, "buen hombre de campo, plático de la tierra". Este campo que se menciona no es el de las labranzas sino el de la guerra y Pie de palo mandaba, como si fuese cosa fácil, cuatro compañías, con ochocientos soldados, y atajaba barrancos entre Lanjarón y Órgiva sin mayor inconveniente. En El sitio de Breda de Calderón aparece el marqués de Barlanzón con su pata de palo, tras haber perdido, en la jornada, la pierna de "una bolada" sin darle, además, demasiada importancia al suceso pues todavía le quedaban los brazos para menear las armas. Así es como debe ser un soldado, sin lloriqueos ni complejos. Barlanzón, además, tenía muy mala opinión de los luteranos. Otro ilustre usuario de la prótesis heroica fue el marino de guerra don Blas de Lezo, llamado por sus hombres, como es sabido, Mediohombre, pues era además manco y cojo. Fueron muchos los malos ratos que dio a los ingleses.

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