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FRAILE QUE FUE SOLDADO

Tras las asperezas de la vida militar y aguantar las tarascadas de la guerra no faltaron soldados que, tras entregar el coselete y la pica, vistieron el sayal frailuno. Unos buscaban galardón y ventaja en las compañías del cielo o, al menos, un remiendo a sus quebrantadas conciencias. Otros aspiraban a vivir retiradamente, con un modesto pasar, tras tantas aventuras. Solían ser religiosos ejemplares, al menos así se consideraba en la época. Habían visto y vivido mucho.

De esta naturaleza fue la vida del capitán Redín que, tras muchas heroicidades, tomó los hábitos capuchinos y fue misionero. Otro ejemplo es el de Bernardino de Escalante, veterano de los ejércitos católicos, después religioso y autor de un tratado militar. Y no dejaré de mencionar a fray Gabriel de Cristo, nacido en Baeza en 1566. Fue soldado hasta 1587 cuando decidió pedir licencia y profesar como carmelita descalzo. Llegó a provincial de Andalucía de la Orden. Debió de ser de pocas y secas palabras. Muy respetado en su tiempo murió, también en Baeza, en 1645.


Tengo por cosa segura que no sería fácil olvidar la vida anterior. Imagino yo a estos frailes en las soledades de sus celdas, buscando en sus canutos de metal los antiguos memoriales, las viejas patentes y las licencias. firmadas por capitanes de aquel tiempo. Tampoco se podía dejar, así como así, el recuerdo de las antiguas jornadas, el redoblar de las cajas y el compás de los pífanos, las pagas tardías y disputadas, gastadas con premura, el paso cadencioso de los piqueros y los espantos siempre unidos a este oficio.

Hubo casos en los que la vocación castrense surgía, ya tardía, en ciertos frailes. Fueron quizás el desasogiego, las melancolías de la vida conventual o un llamamiento atávico a la vida inquieta y aventurera, tan extendido en aquellos españoles de los siglos XVI y XVII. Dios no pide imposibles. El caso es que ocurría también al contrario pues había frailes que se hacían soldados. Puedo mencionar a fray Francisco de Antequera, hijo de unos mercaderes de dicha ciudad. Tras diez años como capuchino decidió, un día, escaparse del convento y sentar plaza de soldado en Italia. Pasó por un naufragio, la galera se la tragó el mar, o casi, y salvó la vida por poco. Arrepentido volvió al convento pero le duró poco el propósito de la enmienda pues volvió a Italia. ¡Cuánto les gustaba Italia a aquellos españoles!. Después, cuando ya había visto lo suyo, recaló definitivamente en la orden capuchina. El valor le sobraba. Bien lo sabían sus compañeros de armas y de hábito. Y bien lo demostró cuando la epidemia de 1649. Murió, como un santo, en el hospital de Antequera. Allí, con los contagiados. Era cierto el refrán: fraile que fue soldado sale más acertado.

La referencia a fray Gabriel de Cristo la tomo del Diccionario Biobibliográfico del Santo Reino de Jaén (2010), obra de Manuel Caballero Venzalá y Rufino Almansa Tallante. El resto de los religiosos son citados por Antonio Domínguez Ortiz en Las clases privilegiadas del Antiguo Régimen (1973)

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