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LOS MAYORALES DE LAS REALES DILIGENCIAS

Hace tiempo tuve ocasión de escribir unas líneas sobre los escopeteros de las Reales Diligencias. Figuras singulares, sin duda, pues en tan largos y penosos viajes era asunto de primer orden contar con un mayoral competente y formal. Según el reglamento de las Reales Diligencias de 1835 correspondía al mayoral conducir el carruaje con las riendas en la mano, sin abandonarlas en ningún momento, y conseguir que los viajeros, sus equipajes y los efectos a él confiados llegasen, sin novedad, a su destino. Antes de iniciar el viaje debía revisar con esmero el vehículo y comunicar a la Compañía cualquier deficiencia para su debida reparación. Una vez en el camino su mantenimiento era responsabilidad exclusiva del mayoral. Obligación ineludible era untar de sebo el carruaje. Debía hacerse esta enojosa operación, al menos, una vez por la noche. Para tal cometido podía recurrir a la ayuda de postillones, mozos de posada o de otras personas dispuestas. Todo mayoral debía revisar, con celo, tornillos y ejes y no olvidar la conveniencia de refrescar, en el momento pertinente, con agua el vehículo, en especial los cubos de las ruedas pues, con el roce, podían incendiarse. Además debía reparar todas las averías, siempre que no fuesen de mucha importancia e ir bien abastecido de cordelería de cáñamo para componer las ruedas deterioradas en la ruta. Al regresar a Madrid, el maestro de coches recibiría la correspondiente información del estado del carruaje para su arreglo y puesta a punto. El mayoral lo mantendría, además, bien limpio, por dentro y por fuera, con las colgaduras en buen estado, correctamente lustrados los correajes y a buen recaudo durante la noche. Al final de cada jornada le quitaría el barro y evitaría cualquier rigor inncesario cuando fuese obligado castigar a las caballerías. En caso de viaje nocturno tendría bien dispuestas bujías, velas y hachones de viento, extremando las precauciones. Más todavía si los viajes se hacían en "los tiempos de barros".

En las paradas el mayoral tendría especial cuidado en que el enganche y desenganche se realizase con la mayor diligencia, tarea que correspondería a los postillones. Éstos, junto a los zagales, los cuarteadores  y el escopetero estaban bajo su férreo  e indiscutible mando. El mayoral debía llevar sus cuentas claras, las tarifas oficiales siempre a mano, para evitar quejas infundadas, y una hoja de tránsito en la que constaban los nombres de los viajeros. A cada uno se le daba un asiento con su correspondiente número. Prohibiría, sin excepciones, que hubiese individuos en la baca, destinada a equipajes y otras cargas. Los viajeros estaban bajo su protección y debía velar por su seguridad y  buen acomodo en las posadas, tanto en la mesa como en los dormitorios.

El mayoral debía ser  "honrado, fiel y aseado", atento y correcto en el trato al tiempo que firme para evitar desbarajustes. Los mayorales negligentes, fulleros o groseros podían ser objeto de diferentes sanciones, desde la pérdida del salario al despido con malos informes. Los pundonorosos, rectos y cumplidores  tenían un alto porvevir pues "serían empleados en los viajes de preferencia, como son los de los Señores Ministros, Serenísimos Señores Infantes y SS.MM.", cuando hubiese ocasión. Y por supuesto serían favorablemente recomendados para ocupar plaza en las Reales Caballerizas además de merecer "el aprecio de sus Gefes y de todos los Socios de la Compañía".

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