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LOS ESCOPETEROS DE LAS REALES DILIGENCIAS

En la España del siglo XIX eran ásperos los caminos. Las ventas no eran como aquellas posadas de las novelas de Jane Austen o como las referidas por Dickens en sus historias sobre el Club Pickwick. Aquí todo esto era distinto. Bien lo demuestra Moratín en sus notas de viaje por Inglaterra. Viajar en España era padecer fríos y peligros, mal comer y peor dormir. Y jugarse la vida a pares y nones. Cuando no eran los barrancos, acechaban los ladrones. Y los lobos, como aquellos que atacaron a la silla correo, en tierras asturianas y camino de la Corte, un primero de febrero de 1863. Fueron dos guardias civiles, con ejemplar valor y resolución, los que rechazaron a las fieras. Hace hoy 148 años.

En el reglamento de mayorales de las Reales Diligencias, editado en 1835, se menciona la figura del escopetero. Tenía la obligación de proteger a los pasajeros y custodiar sus propiedades. Era obligado que los escopeteros fuesen unos hombres fogueados, conocedores de la vida de viaje. Las advertencias contenidas en el mencionado reglamento indican mucho con pocas palabras. De esta forma se les prohibía viajar en el interior del carruaje para evitar a los pasajeros impertinencias, confianzas y otros enojos. Tampoco se les permitía acceder a los equipajes, moverlos y trastearlos. No podían llevar por su cuenta portes y paquetes. Sí se les autorizaba a traer consigo una maleta pequeña y una prenda de abrigo, además de sus armas. Sería cosa de interés en verlos en las mañanas de helada, envueltos en el capote, monumental tagarnina encendida, y subiendo al pescante. De su carácter airado da cuenta la siguiente advertencia recogida en el reglamento: "el Mayoral reconvendrá siempre a los Escopeteros en términos que no se originen disputas", pues como eran aficionados a encampanarse podrían dar algún escándalo y vocerío ante los viajeros. En caso de diferencias mejor comunicarlo, con más calma, a la superioridad.

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