COMER Y DORMIR CON ORDEN Y CONCIERTO (SEGÚN SAN IGNACIO DE LOYOLA)

San Ignacio de Loyola pensaba, con lógica de soldado, que para servir bien había que contar con buena salud. Estaba el Santo en Roma cuando escribió al padre Miguel Ochoa, un jesuita al que no dejaban vivir por su gracia para sanar a los enfermos. Le daba cuenta a san Ignacio de cómo acudían a él los dolientes "que habían dependidos no pocos dineros con los médicos", eran curados "sin pagar blanca" y era tanta "la turba que viene, que no le podría decir". Al parecer sanaba con la imposición de manos. De ello daba fe nada menos que el Padre Polanco, hombre de mucho mando y fama en la Compañía. De manera paradójica, el jesuita taumaturgo no tenía buena salud. Decidió san Ignacio velar por él y lo mandó a Tívoli para que reparase fuerzas. También le dio unas recomendaciones para conseguirlo. Son muy sensatas: comer bien, dormir lo suficiente y, sobre todo, con orden y concierto. También en esto se descubre al militar pues uno nunca deja de ser el que fue algún día. Sus consejos no pueden hacer mal a nadie. Ni en el siglo XVI ni ahora. Consistían en comer dos veces al día, "dos pastos, donde haya pan y vino y carne, o algo equivalente a ella como son huevos o pescado, si la necesidad no forzase". Si tenía devoción de ayunar los viernes, pues adelante pero que, al menos, "hiciese colación por la noche si no cenase". La colación era una comida muy ligera, permitida en vigilias, como pan tostado, chocolate, algún huevo o poco más. Le advertía que se ajustase a una "hora concertada" para comer, antes del mediodía, y si por cosas del servicio divino tuviese que hacerlo fuera eligiese lugar "donde le pareciere onesto". Supongo que se refiere a casas, mesones o posadas de buena fama, sin jugadores ni bellaquerías o en un lugar discreto y apartado. Si se retrasaba en volver a la casa o residencia, sus hermanos de Compañía lo esperarían hasta una hora antes del mediodía y, si no llegaba, estaban autorizados para sentarse a la mesa en el horario de costumbre. Al caer la tarde, antes del Avemaría, debía estar de vuelta y después, tras comprobar que todo estaba como Dios manda, se cerrarían las puertas. Le aconsejaba además que se fuese a dormir también "a hora concertada" y "esté en la cama entre seis y siete horas por lo menos". Para su buen restablecimiento, debía ser moderado en el tiempo dedicado a la oración, meditación y examen, no más de una hora "contando a la mañana y a la noche". Nunca después de comer. Creo que habría coincidido con su contemporáneo San Juan de Ávila que, por cierto, recomendaba la siesta: "y si su cabeça a menester un poco de sueño, tómelo en hora buena".

________________________

(Roma, 9 de junio de 1550, en Obras Completas de S. Ignacio de Loyola, ed. Ignacio Iparraguirre, SI, BAC 1963)


Comentarios