LAS ESTATUAS DEL AUTO DE FE DE 1680
A las tres de la madrugada del 30 de junio de 1680 comenzaron a repartir corozas, hábitos y sambenitos. Escribió José del Olmo, en su relación del Auto de Fe, sobre la salida de las cárceles secretas hacia la Plaza Mayor: "Inmediatamente salieron veinte y un reos condenados a relajar, todos con la coroza y capotillos de llamas, y los pertinaces con dragones entre las llamas, y los doce de ellos con mordazas y atadas las manos." A los condenados a muerte arrepentidos los agarrotaban, a los otros, a "los pertinaces", los quemaban en el brasero. Las corozas eran capirotes de una vara de largo, más o menos. En éstas se representaba, mediante ciertos distintivos, la naturaleza de los delitos de cada uno. Los sambenitos, en forma de capotillo, podían tener un aspa o media aspa. No todos los condenados llevaban estas tristes prendas. Cincuenta y cuatro judaizantes reconciliados llevaron "sambenitos de media aspa y otros entera" con sus correspondientes velas apagadas. Once penitenciados con abjuración de levi, como los casados dos veces, supersticiosos e "hipócritas embusteros" sostenían velas amarillas apagadas. Algunos iban también encapirotados y con sogas en la garganta "y tantos nudos en ellas cuantos eran los centenares de azotes a que salían condenados." Los palos, doscientos azotes parece ser la cifra más frecuente, se los daban por las calles unos días después del Auto de Fe.
Los condenados ya muertos o fugitivos eran conducidos al Auto en forma de estatua. Estas imágenes llevaban sus nombres y delitos escritos en el pecho. Unos mozos las transportaban, de un lado a otro, sobre una pértiga como si de una siniestra mojiganga se tratase. En el cuadro de Francisco Rizzi he contado hasta veintidós estatuas aunque José del Olmo menciona treinta y cuatro. A los muertos los sacaron de bóvedas y carneros y los llevaron al Auto de Fe en unas arquillas. Algunos habían acabado sus días en las cárceles del Santo Oficio. A las estatuas les leían sus sentencias como si estuviesen allí. Después, entregaban los huesos a la Justicia y brazo seglar para que ejecutase sobre éstos la condena.

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