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LOS TOROS Y EL BOXEO



No fue fácil la introducción del boxeo en España. En junio de 1911 se organizaron en Madrid unos combates que, según la revista Gran Vida, produjeron tal rechazo que fueron prohibidos por orden gubernativa. No ocurría lo mismo con la lucha grecorromana que contaba con muchos aficionados, como se demostró en las competiciones celebradas en la Ciudad Lineal, en julio de dicho año. 6.000 pesetas, nada menos, obtendría el campeón. Se decía que este deporte apasionaba a los españoles tanto como los toros, lo que era sin duda exagerado. No era casual la comparación pues la inicial hostilidad hacia el boxeo tenía cierta relación con la tauromaquia. Los apologistas de la fiesta nacional, desde inicios del siglo XIX, comparaban la crueldad del pugilismo, practicado en Inglaterra, con la atribuida a la lidia. Por supuesto, a su juicio, el boxeo era un impresentable ejercicio. Respecto al rechazo que inspiraba, en la citada publicación -1 de junio de 1915- se daba cuenta del escaso público asistente a unos combates celebrados en esos días, "prueba evidente de que el boxeo cuenta en Madrid con pocos partidarios, cosa natural, pues es de justicia reconocer que si el boxeo como conocimiento personal todos debíamos aprenderlo y ejercitarlo, por ser de mucha utilidad, como espectáculo es de los más salvajes e incultos que se conocen". Y seguía argumentando el autor de la noticia: "Yo no comprendo cómo hay quien se entusiasme viendo pegarse y martirizarse a dos hombres que, aunque por el hecho de medirse por kilos, no parecen seres muy racionales, siempre resultará un espectáculo bárbaro; y es inhumano aplaudir a un hombre por haber dado un fuerte golpe a un semejante suyo o haber logrado nock out". A pesar de todo, el boxeo ganará adeptos en la España de inicios del siglo XX y entre aristócratas jóvenes, anglófilos y deportistas.

En la fotografía, a la izuierda, James John Corbett conocido como Gentleman Jim (1866-1933) 

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