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MAÑANAS DE AGUARDIENTE

El letuario es una confitura elaborada con cascos de naranja que, acompañada con unos tragos de aguardiente, constituía el desayuno de los españoles del siglo XVII. Es a lo que Góngora asociaba a  las mañanas de invierno. En las ciudades de alguna población ambos productos eran suministrados por vendedores ambulantes, con frecuencia de origen francés. Observe el culto lector que a los españoles siempre les ha gustado lo de desayunar en la calle, costumbre económica y saludable. Pero sigamos. El aguardiente podía ser de Alanís o de Cazalla. Después, en el siglo XVIII, se vendían más los fabricados en Cataluña,  Navarra, Aragón y Valencia.También se producía en Málaga aunque en menor cantidad. Debían de ser bebidas muy fuertes, secas a más no poder. El precio de una arroba de aguardiente refinado en la Corte era, en 1797, de unos cien reales. La Real Hacienda, consciente de que era un brebaje universalmente aceptado, trató de monopolizar su venta a través de estancos, como con el tabaco y los naipes, aplicando los correspondientes impuestos indirectos que gravaban su precio. Así su comercialización estuvo intervenida desde 1632 hasta el siglo XIX, con periodos de relativa liberalización.  Decían los inventores de esta sacaliña que, con esta fiscalización, se desterraría, o al menos se atenuaría, el feo y deplorable vicio de la embriaguez. No debemos ser, sin embargo, ingenuos puesto que el fin principal de estas disposiciones era recaudatorio. La renta del aguardiente estuvo asociada al impuesto de millones, que imponía sisas o recargos a los precios de distintos productos de consumo general. Fue burlada con pertinacia por contrabandistas, taberneros trapisondistas y arrieros poco solidarios con el fisco. En el Jaén del XVII no faltaban clérigos cosecheros que tenía despachos, más o menos clandestinos, en los que suministraban aguardiente a un precio inferior al oficial. Alegaban que lo del estanco no iba con ellos pues por pertenecer al estamento eclesiástico estaban exentos del pago de cargas fiscales. La Corona no pensaba igual y cuando procedía contra tales transacciones llovían las excomuniones contra corregidores, regidores, alguaciles y guardas de millones.

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