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HOTELES ISABELINOS.



En la Guía oficial de los viajeros en los caminos de hierro, vapores y diligencias (Imprenta de La Iberia, Madrid, 1865) se incluyen varios anuncios de fondas y hoteles de Madrid y del extranjero. Comencemos con los de Madrid y, en particular, con el Hotel de Francia, ubicado en la calle del Carmen, 30, y a cargo de Bautista Landarreche. En el anuncio se destacaba su centrica posición, cercana a la Puerta del Sol y también que "la cocina está dirijida a la francesa y a la inglesa", con mesa redonda a las seis de la tarde y restaurant en la planta baja. La mesa redonda -de la que Josep Pla da cuenta en su Viaje en autobús- consistía en un servicio de comedor en el que los clientes comían juntos y en buena compañía sin que, en principio, tuviesen relación familiar o de amistad. El restaurante o restaurant, que es el término utilizado, era -o pretendía ser- de más empaque y los comensales se distribuían en mesas individuales. Otro establecimiento anunciado es el Gran Hotel-Restaurant de Embajadores, calle de la Victoria 1, en la casa de la célebre Fontana de Oro. Todavía
retumbaban los discursos de los más arrebatados próceres liberales pero, al margen de cuestiones políticas, en la guía nada se habla de vivas ni mueras y, en cambio, se encomiaban sus "grandes y elegantes habitaciones para familias" con vistas a la Carrera de San Jerónimo y a la Puerta del Sol. Se ofrecían, además, habitaciones para una o dos personas "adornadas con lujo" y otras interiores, supongo que más austeras, para clientela de menos caudales o, sencillamente, más ahorrativa. A las seis de la tarde había mesa redonda al elevado precio de 20 reales el cubierto. En 1865, el hotel estaba enfrascado en reformas para ponerlo a la altura de los mejores de Europa "hermanando el buen servicio con economía con la comodidad, economía y lujo". Del Hotel de las Cuatro Naciones, en la calle del Arenal, 19 y 21, se destacaba su cocina francesa, con un restaurant en la planta baja. Era propiedad de Simón y Compañía. El Hotel Villa de Madrid, calle de Juan de Andas, 12, en la Casa Grande de las Columnas, contaba con alimentos bien condimentados "con primor y aseo" y un servicio con "agrado y esmero". Era regentado, con todo celo, por su dueña, doña Carmen Galán. Lo del agrado era fundamental y lo de la pulcritud también. Nada más penoso que las impertinencias, los malos modos y la cochambre. Más modesta, al menos en apariencia, era la casa de huéspedes de doña Eusebia de Costa. Estaba en la calle de Peligros, número 3, pisos segundo y tercero. Se había fundado hacia 1835 y era un establecimiento "frecuentado por familias distinguidas de España y del estranjero". Los alojados podían asomarse alegremente, desde sus habitaciones, por cierto muy bien amuebladas, a las calles de Alcalá, Aduanas y Peligros. Esta acreditada casa de huéspedes, decía el anuncio, "cuenta con criados inteligentes", lo que siempre aliviaba pues es de todos sabido que nada hay más peligroso -ni más malo- que un necio. Bajo el techo de doña Eusebia no se toleraba la chabacanería y se destacaba que "el trato es esmerado, poniendo su dueña especial cuidado en complacer a sus favorecedores". Contaba con servicio de lavandería y repaso de la ropa, además de la consabida mesa redonda, todo a unos precios no ya razonables sino "extremadamente moderados". Si yo hubiese acudido al Madrid isabelino, a tomar posesión de un destino, a visitar al conde de las Almenas o como diputado a Cortes por Jaén, es muy posible que hubiese elegido una casa de huéspedes tan concertada y decente. La Fonda de Bossio estaba situada en la calle Duque de Zaragoza, con fachadas al Paseo de la Reina y a Alicante, se declaraba que "su elegancia y buen trato son las mejores recomendaciones de este establecimiento". Tenía mesa redonda a las diez y a las cinco. No debemos pensar que por llamarse fonda era lugar de poca categoría, comparable a una posada de trajinantes, estudiantes pobres, menestrales y arrieros.
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*Ilustración: BNE CC.







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