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EL CLÉRIGO Y LOS LIBERALES

El escolapio don Felix Sardá y Sardany no era amigo de los liberales. Ya en 1875 había escrito ¡Te conozco, católico-liberal! y más adelante, ya avanzada la Restauración, publicó El liberalismo es pecado (1884). Sardá consideraba a los liberales como herejes y miembros de una secta. "El mundo de Luzbel" encubierto, decía. Para el clérigo catalán "ser liberal es más pecado que ser blasfemo, ladrón, adúltero u homicida, o cualquier otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga en su justicia infinita", es decir, "el mal sobre todo mal". Los apacibles miembros del Partido Conservador o los sagastistas del círculo más cercano debían de espantarse al ser considerados peores que los más sanguinarios bandidos o que los libertinos de más incorregible y pervertido historial.

Había en opinión de Sardá, naturalmente, distintos grados de liberales como, afirmaba, distinta gradación tiene el aguardiente despachado por el tabernero. Desde los de Cádiz de 1812, considerados mojigatos por el escolapio, a los más malvados. Los dividía, de hecho, en tres categorías: liberales fieros, liberales mansos y liberales impropiamente dichos, o solamente resabiados de liberalismo. Tachaba de  repugnantes a los liberales y de borregos a los liberal-conservadores católicos, incluidos aquéllos que frecuentaban los sacramentos, tenían hijos clérigos o rezaban el Rosario. Al parecer, en opinión de González Cuevas, era muy hostil a Alejandro Pidal y Mon -un caballero católico sin tacha- por ser compañero de viaje del liberalismo conservador canovista.

El ilustre escolapio aportaba además unas orientaciones sobre cómo tratar en la vida cotidiana a los liberales y establecía tres posibles tipos de relaciones: las necesarias, las útiles y las "de pura afición o placer". Sus consideraciones sobre las relaciones útiles denotan la presencia del vástago de familia fabril pues dictaminaba que se puede tratar con liberales por "relaciones de comercio, las de empresarios y trabajadores, las del artesano con sus parroquianos". Declaraba, para no dar lugar a dudas:"la regla fundamental es no ponerse en contacto con tales gentes más que por el lado en que sea preciso engranar con ellas para el movimiento de la máquina social". Un poco oportunista parece para hombre de tan estrecha manga, pero los negocios eran los negocios y el dinero del liberal, siempre que fuese de curso legal, no tenía nada de herético. Ahora bien, nada de confianzas ni de relaciones de amistad pues "con liberales debemos abstenernos de ellas como de verdaderos peligros para nuestra salvación". Debían ser tratados como enfermos contagiosos: "¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluto entre católicos y sectarios del Liberalismo!". Algún estudioso de su obra afirma que Sardá se apaciguó con los años. No lo parece. En su opúsculo Liberalismo casero, de 1897, calificaba al liberalismo como "pestilencial enfermedad del  género humano en nuestros días".

Por lo demás, quede claro, Sardá no tenía razón al establecer esa radical oposición entre liberalismo y catolicismo. Católica era la Escuela de Salamanca, precursora del liberalismo moderno, y católicos los liberales de 1812 que invocaron a la Santísima Trinidad en la Constitución de Cádiz.Y para cerrar esta relación, católicos y liberales fueron Cánovas, Silvela, Maura o el propio Canalejas y sinceramente católicas eran las bases sociales que militaban, apoyaban o votaban a los partidos dinásticos y liberales de aquella época.
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*Felix Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado, Librería y tipografía católica, Barcelona 1884 y Liberalismo casero, Barcelona 1897.

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