Ir al contenido principal

MÁS SOBRE AFEITES


LOPE DE RUEDA EN SU entremés Medora lanza una crítica muy acerba hacia el uso de maquillajes y afeites. Menciona a una mujer que: "nunca entiende sino enxabelgarse aquel rostro, enrojarse aquellos cabellos, polirse aquellas manos, que no parece muchas veces sino disfraz de carnestolendas". Indignación inútil, queja de tipos sombríos, además de batalla perdida ,como la Historia ha demostrado. Y mejor así. Era hábito, el de mejorar la propia apariencia, que venía de tiempos remotos. Caras no expuestas a la luz solar y manos cuidadas eran signos de señorío. Aparece, además, en la obra de dicho autor un personaje que, con cierto espíritu empresarial, pide favores "para poner una tienda de azeite, carbón y solimán". Modesto negocio de curiosas mercancías.

Comentarios

  1. Me recuerda mucho ese poema de Quevedo (mira qué casualidad) donde define a una "vieja pintada" con el calificativo de "clavel almidonado de gargajo". Un poco fuerte, pero viene al cuento.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. ¿Y que sería de nosotros sin el arreglo? Ver los antiguos afeites, los polvos de arroz de hace no tanto, o los que usan en otros lares -el kohl árabe, el original- es fascinante. El rojo veneciano de pelo debía de ser algo muy especial...

    ResponderEliminar
  3. Quevedo era tremendo.Nadie escapaba a sus maldades.

    Mis saludos don Cayetano y perdone por el retraso en mi respuesta.

    ResponderEliminar
  4. Pues así es doña Aurora. Es quizás otra de las diferencias que tenemos los humanos respecto a los animales:la afición a mejorar nuestro aspecto, al adorno personal.

    Mis saludos y perdone por la tardanza de la respuesta.

    ResponderEliminar
  5. Y eso me alegra señor de La Terraza.

    Y perdone mi escasa premura en la respuesta.Servidumbres del poco tiempo.

    ResponderEliminar
  6. Entonces sería normal darse afeites, pero ahora quizás sea excesivo, aunque a todos nos gusta ofrecer buen aspecto.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  7. La verdad es que parece un poco lamentable que la industria cosmética mueva más dinero que la farmacéutica, pero yo reconozco que es un mundo fascinante. Conocerlo es quererlo: maquillajes, perfumes, aceites... con la complejidad de la química y la magia del alquimista. Con un poco de cuento, con mucha fantasía. Pero su buen uso es un arte, GdL, un arte mayor. Y viene, desde luego, de antiguo.
    Salu2 de su lectora.
    Que tenga usted un buen verano. Seguro que está guapo sin necesidad de afeites. Otras ya vamos necesitando arreglo;-)

    ResponderEliminar
  8. Lo de pintarse la cara cual si fuese pared en vez de rostro, veo que viene de lejos y era usual en hombres y mujeres, no sólo de las féminas.
    Saludos

    ResponderEliminar
  9. Es muy justa su apreciación, señor de Valverde.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  10. Y creo, doña Olga, que ese mundo es también una muestra de civilización. Ahí está el Barroco o el siglo XVIII. Estoy convencido de que Robespierre, por ejemplo, era enemigo de los maquillajes.

    Por mi parte creo, que con afeites o sin afeites, lo mío no tiene demasiado remedio.

    Mis saludos doña Olga.

    ResponderEliminar
  11. Y eso no impedía que un tipo, cargado de lazos y encajes, cubierta la cabeza con peluca empolvada, defendiese un barco con un valor admirable.

    Saludos doña Carmen.

    ResponderEliminar
  12. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

PROTESTANTES DE EL CENTENILLO

Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…