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CAZADORES DE VÍBORAS

En mayo de 1795 Jovellanos visitó el monasterio de San Millán en la Rioja. Escribió sobre su botica, bien pertrechada de redomería de barro y cristal, perfectamente surtida de hierbas, poseedora incluso de un pequeño invernadero y un estanque para las sanguijuelas. Pocas cosas escapaban a la mirada del ilustrado. Llamó su atención un corralejo, delimitado por unas tapias de una vara y media, orientado hacia el mediodía, con los muros bien lanillados. Era el viborero: "en el fondo piedra, cascotes y las hierbas que nacen allí de suyo; aquí están las víboras, aquí procrean". A pesar de todo, sigue Jovellanos en su diario, cada temporada se reemplazaban por otras nuevas "con las que vienen a vender para proveer el consumo".
No faltaron personas que se lanzaban al campo a capturar éstos y otros animales, entonces no protegidos e incluso, también antaño, considerados dañinos por agricultores y cazadores. Y no hace tanto tiempo. Ignacio Aldecoa escribió en 1954 un relato, "Los hombres del amanecer", que describe la jornada de dos cazadores de víboras. Es una historia triste, con un fondo de ríos cenagosos y pueblos míseros. Se cuenta como capturaban las serpientes con una horquilla y las guardaban en una caja aparejada con una tela metálica. Después las llevaban ocultas para evitar las impertinentes preguntas de los lugareños. En el cuento de Aldecoa las vendían a un laboratorio, a cuatro pesetas cada una, sin contar la propina. Un personaje del relato identificaba los cazaderos atendiendo a la flora y al viento que debía ser, según él, "a medias caliente, a medias fresco" pues era el propicio para que salieran las víboras de las cuevas y se quedaran entumecidas en el campo.
Conozco un caso real que bien pudo servir de fuente a dicho autor. En un número de la revista Estampa, de 1932, aparece entrevistado un personaje, ya anciano, que se dedicó durante años a capturar animales de todo tipo. Comenzó vendiendo peces de río y ranas de las charcas cercanas a Madrid. Después pasó a hacer salidas a lugares más alejados y a practicar otras capturas. Pasó aventuras y grandes aprietos, atacado por lobos, por bandadas de ratas y nubes de mosquitos voraces. Buceó por ríos verdes y turbios. Una víbora se le arrancó y le mordió en la oreja. Se curaba con vino y salía al monte, a veces acompañado por su mujer, con un cedazo, un serón y un borrico. Decía conocer personalmente a don Santiago Ramón y Cajal, entre otros hombres de ciencia a los que suministraba distintos ejemplares. Acabó por construir cerca de su casa una alberca donde tenía, a buen recaudo, todo tipo de serpientes, lagartos, gallipatos y otras especies. A su manera tenía afición por el campo y por los animales. Según el tono de sus respuestas, parecía ser un hombre independiente y vitalista, muy distinto a los personajes, antes citados, de Aldecoa.

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