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EL CRÉDITO DE LA NACIÓN ESPAÑOLA

Antonio Fernández de Biedma, era un soldado viejo que no anteponía el don a su nombre. Su hidalguía no necesitaba de adornos ni tratamientos. Fue teniente de la alcaidía de la castillo de Jaén y mandaba la guarnición de cuarenta soldados que guardaban la fortaleza.  Tuvo dos hijos también soldados que sirvieron en los tiempos de Felipe III y Felipe IV. Uno fue don Gaspar de Biedma y Narváez, caballero veinticuatro de Jaén, capitán de arcabuceros, a las órdenes de don Antonio de Mendoza y Salazar, combatiente en numerosas jornadas y hechos de armas, entre los que podemos recordar la toma de La Mamora, la Jornada de la Reina de Hungría y la defensa de Cádiz, frente a los ingleses en 1625. Murió, como bueno que era, en el sitio de Casal. Su hermano, don Gabriel de Biedma y Narváez, sirvió en Flandes entre 1624 y 1632. Estuvo en la toma de Breda, de manera que bien pudo ser uno de los soldados inmortalizados por Velázquez. También se batió -y transcribo los nombres como los leí en un documento del siglo XVII- en las jornadas de Grol, Sanfila, Bol, Rosandal, Francadal y Espira. Con motivo de su muerte, en 1632, el Cabildo municipal de Jaén recordó sus hazañas y servicios:

"Y en la retirada de los Países Baxos, en el encuentro que hubo con el enemigo donde peleo con tanto balor que hiço bolber a pelear muchos de los nuestros que huian y estando de guardia sobre las fortificaciones de Mastrique, con muchos soldados que tenia consigo, embistio cincuenta caballos del enemigo y quitandoles los prisioneros que llebaban mato algunos, hiço huir a los demas y ultimamente por el invencible balor con que solo acometio una tropa de caballos del enemigo que llebaban preso a un teniente y peleando con todos se lo quito y salbo [...] y peleo solo como baron fuerte y baleroso caballero, acreditando la opinion que todos tenian de biçarro y animoso soldado hasta que con siete heridas en el rostro y cabeça le prendieron con la flaqueza de la mucha sangre que por tantas bocas habia bertido [su muerte gloriosa] sustenta  el credito de la Nacion Española y de las armas de Su Magestad resultando dello gloria a su patria madre de tan glorioso hixo que con animo intrepido  ofrecio su vida en defensa de la causa catolica y de su Rey".

Esta declaración sería escuchada con verdadera reverencia por parte de los componentes del Cabildo municipal de Jaén, formado por caballeros veinticuatro y jurados. Muchos de ellos sabían de lo que se hablaba pues tenían un probado historial militar en los ejércitos católicos. No eran escasos, además, los que contaban con abuelos, padres o hermanos que habían empuñado la pica y vestido el coselete. Habían estado en Lepanto, en la Invencible, en Italia, Berbería, Flandes e Indias. También en la peligrosa y tremenda guerra contra los moriscos, levantados en el Alpujarras. Además, sus conocimientos de la política exterior española de la época no eran escasos por sus buenos contactos en la Corte y los consejos. Junto a lo anterior quiero también destacar la referencia a la Nación Española.  Se menciona con absoluta naturalidad, sin retórica alguna, en las actas del Cabildo municipal de una ciudad con voto en Cortes. Frente a lo que tantos afirman, cuando los españoles del siglo XVII hablaban de nación no se referían sólo al lugar de nacimiento, al pueblo, ciudad o comarca de donde se procedía, sino que también utilizaban este término en el sentido más moderno: la nación española como nación-estado -tal y como era en su momento histórico naturalmente- como unidad política sin perjuicio, por supuesto, de la existencia de los distintos reinos existentes dentro de una misma monarquía y regidos por una misma dinastía. La nación moderna no fue un invento de la Revolución Francesa ni España, desde luego, una creación del siglo XIX sino que aparece en la Historia de la mano del mundo moderno, desde el final de la Edad Media, al igual que otras naciones canónicas -utilizo la denominación de Gustavo Bueno- como  Francia, Portugal o Inglaterra.

El texto del Cabildo municipal en: Ángel Aponte Marín,  Reforma, decadencia y absolutismo, Jaén a inicios del Reinado de Felipe IV, Jaén 1998, págs. 200-201.

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